viernes, 21 de noviembre de 2014

El reino de Oz / Juan Villoro

21 Nov. 2014

Tom Disch, visionario de la ciencia ficción, afirmó que la publicidad es el cuento de hadas de la sociedad moderna. En la compra de un yogur te prometen un palacio. Un territorio fantástico donde los beneficios no provienen del esfuerzo sino de la milagrosa acción de una marca.

En América Latina el incon- sciente colectivo está cada vez más determinado por los anuncios y las telenovelas. Millones de personas orientan su comportamiento a partir de fórmulas televisivas. Lo peculiar es que esta subordinación psicológica también atañe a quienes pretenden guiar una nación. Enrique Peña Nieto surgió como el perfecto telecandidato mexicano. Un hombre atractivo, de peinado imperturbable, que aun al improvisar parece leer un teleprompter. Casado con una conocida actriz, no tuvo que acercarse a la gente para ganar las elecciones. En la sociedad del espectáculo, triunfó como quien desempeña un papel.

¿Qué clase de mentalidad respalda sus decisiones? A fines de 2011, Jacobo García, periodista de El Mundo, le pidió que mencionara tres libros que lo hubieran marcado. Peña Nieto fue incapaz de hacerlo. A la distancia, lo más grave no parece ser su incultura ni la falta de reflejos políticos para disponer de una respuesta preparada por sus asesores, sino la estructura misma de su mente. Con toda probabilidad podría haber mencionado veinte telenovelas o cincuenta películas. La cultura de masas es la nueva memoria impersonal. ¿Cómo afecta esto a quien guía los destinos ciudadanos? Estamos ante un caso fronterizo que merece detenido análisis.

No se le puede pedir a un mandatario que lea mucho. Su cargo es refractario a la capacidad de dudar y aceptar contradicciones, efectos básicos de la lectura. En su espléndida novela Una lectora nada común, Alan Bennett plantea lo que sucedería si la Reina de Inglaterra se volviera adicta a los libros. En efecto, abdicaría.

Lo que está en juego en el caso de Peña Nieto no es su nivel cultural, sino su peculiar acercamiento al mundo. Después de hacer campaña en aviones privados y hablar en asambleas tan controladas como una película, planeó reformas en los apartados salones del poder. Al ofrecer su primera declaración patrimonial, tanto él como varios miembros de su gabinete revelaron tener propiedades por donación. Los ciudadanos deben comprar o heredar una casa. Los políticos pertenecen a otra lógica, la economía de la dádiva donde los inmuebles se regalan. ¡Bienvenidos al nuevo reino de Oz, donde se cumplen las promesas de la publicidad y los cuentos de hadas!

Mucho se ha hablado en los últimos días de la Casa Blanca, la mansión de unos siete millones de dólares propiedad de la primera dama, Angélica Rivera. Ese predio pertenece a la constructora Grupo Higa, compañía a la que Peña Nieto favoreció desde sus tiempos de secretario de Administración en el Estado de México y que se expandió notablemente durante su gubernatura. Curiosamente, la licitación del tren rápido a Querétaro fue a dar a esa empresa la misma que prestó a Peña Nieto aviones privados durante su campaña a la Presidencia. Aunque el Presidente no sea el dueño directo de la Casa Blanca, no es difícil suponer una relación de tráfico de influencias sobre todo tomando en cuenta que la donación es un recurso de apropiación aceptado por su gobierno. En una declaración en YouTube, dicha en el tono de falsa intensidad de las telenovelas, Rivera asegura que compró la propiedad con el dinero que le dio Televisa, empresa en la que trabajó 25 años y con la que dejó de colaborar en 2010. Para quienes no vivimos dentro de un anuncio de televisión, resulta poco creíble que una actriz reciba una liquidación tan espectacular. En caso de que hubiese sido así, seguramente le ayudó estar casada con el mandatario que ajustó la reforma de telecomunicaciones a los íntimos deseos de Televisa.

La insensibilidad del Presidente de ir a China en un momento de crisis nacional y la respuesta de Rivera, en la que se muestra ofendida y habla como quien se digna a dar explicaciones que, según ella, no tendría por qué ofrecer, pertenecen a la lógica de quienes viven en una evanescente irrealidad. La promesa de vender la casa equivale a la de cambiar de set. Todo se arregla alterando el guión o la escenografía.







Peña Nieto es el primer telepresidente de México. Sus reformas ofrecieron una nueva telenovela nacional, pero demasiado pronto se le atravesó la realidad. Para sobrevivir tendrá que salir de la pantalla y enfrentar lo que está afuera de ella: un país dolorosamente verdadero.

martes, 28 de octubre de 2014

La Reina Roja / Sergio Ramírez

He entrado en Palenque con la reverencia que impone la majestad de estos templos milenarios en medio de la selva que parece pronta a abatirse sobre ellos y envolverlos en su abrazo devastador al menor parpadeo. Niños y ancianos disfrazados de chamanes con collares y túnicas blancas ofrecen baratijas y botellas de agua. El agua resulta ser una mercancía de primera necesidad, porque el calor húmedo pronto te empapa la ropa, y te abrasa.

El guía, que va delante de nuestros pasos con premura, porque en dos horas pretende mostrarnos todo lo que está permitido visitar, empieza sus explicaciones en la plazoleta frente al templo de la Reina Roja, que se levanta al lado del templo de las Inscripciones. Sobre la hierba verde se han sentado en ­círculo, en posición de loto, unos turistas japoneses que oran siguiendo la voz acompasada de un maestro de yoga que recita un mantra.

Siempre desconfío de los guías pues suelen ser demasiado imaginativos, pero este, además, es evangélico convencido de la Iglesia del Verbo, y no desperdiciará ocasión de entremeter versículos de la Biblia en sus explicaciones, con impertinencia que acaba por ser divertida, porque también las adorna de ribetes esotéricos. Y su obsesión, como terminará siendo la mía, es la Reina Roja, a quien llama la Poderosa Maga.

En 1994, la joven arqueóloga Fanny López descubrió una puerta oculta al lado de la escalinata principal del entonces llamado templo XIII. A través de un dédalo de pasillos y habitaciones clausuradas adrede se llegaba al aposento mortuorio donde yacía la reina Tzakbu Ajaw, esposa del rey Pakal el Grande, sepultada en 672 después de Cristo.

El hecho de que una mujer mereciera un sarcófago resulta extraño a los cánones de la cultura maya, pero eso explica más bien el gran poder que tuvo. Los esposos gobernaron juntos porque Pakal le cedió parte sustancial de sus atributos de mando. Ambos eran temidos por sus súbditos, sobre todo ella, por sus artes de hechicera. Quién temía a quién entre ambos, eso aún no se sabe. Pakal la sobrevivió, y está enterrado en el templo de las Inscripciones, al otro lado de la plazoleta.

Cuando levantaron la lápida del féretro de piedra de la Reina Roja, que no contaba con inscripción alguna para hacer más denso el secreto del destino de su cuerpo, los arqueólogos se encontraron con una osamenta teñida de rojo por causa del cinabrio con que el cadáver había sido cubierto para preservarlo de la corrupción. Del color de esta sustancia mineral altamente venenosa, compuesta de azufre y mercurio, provino el nombre que le dieron. El guía, con aire vindicativo, nos cuenta que los vapores letales del cinabrio harían, además, que quienes se atrevieran a profanar la tumba pagaran con sus vidas.

Encima del rostro tenía una máscara compuesta de más de un centenar de piezas de malaquita, con dos placas de obsidiana que simulan las pupilas, cuatro trozos de jadeíta que simulan los iris, dos conchas marinas a manera de orejeras, y encima una segunda máscara de jade; en la cabeza conservaba una diadema, símbolo de su poder, y múltiples collares en el cuello y pulseras en los brazos. En la tibia izquierda se había quedado prendido el capullo de una larva de avispa, tan milenaria como el propio cadáver.

En la cámara mortuoria había otros dos esqueletos. Hacia el poniente, el de un niño de entre ocho y 11 años, que habían sido decapitado, y hacia el oriente el de una mujer de entre 25 y 35 años, a la que habían sacado el corazón, parte ambos del cortejo que debía acompañarla en su viaje al reino de los muertos de Xibalbá.

Identificarla no fue fácil, porque el cinabrio había borrado toda huella de ADN de sus huesos, y los genetistas, antropólogos forenses, paleoarquélogos y bioarquéologos de México, Estados Unidos, Canadá y Europa que se ocuparon de ella por años, tuvieron que recurrir a la pulpa de sus piezas molares donde al fin hallaron señales de ADN mitocondrial, y así supieron por fin quién había sido.

Y hasta la FBI intervino: Karen Taylor, la más notable artista forense de las filas policiales del mundo, logró hacer una reconstrucción facial que mostró el asombroso parecido con el rostro de la Reina Roja tal como aparece en los frescos del templo de las Inscripciones donde se halla sepultado su esposo Pakal.

La Reina Roja tenía una estatura de 1.58 metros y pasaba los sesenta años al morir. La mandíbula del esqueleto muestra un acentuado prognatismo, que nos aparta de la idea de que hubiera sido bella, y ya sabemos que poder, magia y belleza no siempre van juntos. Padecía de sinusitis crónica, y de artritis degenerativa y osteoporosis en grado avanzado, de modo que estos males habrán contribuido a volverla contrahecha. La dentadura mostraba también que su patrón dietético despreciaba las carnes.

Por qué tanto poder, ensayo a preguntarle al guía, que abandona entonces su prédica evangélica solapada y me responde lo que antes ya ha insinuado: la magia. Ella no sólo fue reina, sino suma sacerdotisa, cuyos maleficios todos temían. Palenque era la ciudad de la serpiente, que representa la fuerza femenina, y ella hizo que la corte de Pakal se rigiera por la hechicería. La serpiente de 18 anillos que se enrosca representa la energía cósmica, en su eterno regreso a la tierra mística de donde salió. Ella encarnaba esa serpiente.

Un siglo después de la muerte de la Reina Roja, tras un periodo de guerras sangrientas por la sucesión del trono, sequías y hambrunas, Palenque fue abandonado, y entonces el abrazo cálido y feroz de la selva sepultó a la ciudad en el olvido. Y milenios después, si no es porque aquella joven arqueóloga dio con la puerta secreta de su tumba clausurada, nadie sabría hoy de la Reina Roja, de su sed de poder, de sus artes mágicas ni de sus ambiciones.

Nueva York, octubre de 2014.

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viernes, 24 de octubre de 2014

Matar maestros / Juan Villoro

24 Oct. 2014

La carretera Acapulco-Zihuatanejo bordea un litoral de embrujo. En 1959, en ese lugar idílico aparecieron los cadáveres de dos campesinos que iniciaban un movimiento social, Isabel Durán y Roberto Bello Serna. Fueron asesinados por órdenes de un cacique emparentado con el gobernador Raúl Caballero Aburto. No se detuvo a los homicidas.

Ese mismo año, la Reseña Mundial de Cine se celebró por primera vez en Acapulco. Mientras las cámaras disparaban para retratar a James Stewart, agricultores rebeldes eran acribillados no lejos de ahí. Desde hace más de medio siglo el estado de Guerrero ha ofrecido los placeres del jardín del Edén y los ultrajes discrecionales del infierno. No es casual que una de las peores matanzas de la región haya ocurrido en un pueblo que parece imaginado por Dante: El Paraíso.

Los asesinatos de Isabel Durán y Roberto Bello Serna pertenecen a una extensa trama documentada en los imprescindibles libros de Laura Castellanos México armado y Luis Hernández Navarro Hermanos en armas. Durante décadas, el gobierno local ha ejercido la represión y apoyado a los caciques, los crímenes han quedado impunes y los narcotraficantes han ganado ascendencia hasta desafiar la soberanía. Pero lo más significativo es que la inseguridad y la injusticia han sido impugnadas por organizaciones populares. Guerrero ha sido la tierra del oprobio, pero también de la resistencia.

En 1960 Excélsior publicó un desplegado en el que varias organizaciones exigían la destitución del gobernador Raúl Caballero Aburto. Ahí figuraban los alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, liderados por Lucio Cabañas. Desde entonces, los normalistas no han dejado de luchar. Dos maestros, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, buscaron un cauce legal para el descontento, fundaron asociaciones civiles, enfrentaron la intransigencia gubernamental y escogieron la lucha armada como última salida ante una realidad donde las demandas han sido contestadas con masacres Iguala en 1962, Atoyac en 1967, Aguas Blancas en 1995, Ayotzinapa en 2014.

En los años sesenta del siglo pasado el analfabetismo alcanzaba en Guerrero el 62.1%. En esa década, Vázquez y Cabañas descubrieron que no podían enseñar a leer a alumnos que no podían vivir. Del aula pasaron a la sierra. Sus luchas armadas fueron relevadas por otras y recibieron la salvaje respuesta de la guerra sucia. Aunque los tizones de esa hoguera no han dejado de arder, el gobierno procuró ignorarlos: El PRI creyó que podía administrar el infierno, ha dicho el poeta Javier Sicilia.

El pasado 26 de septiembre el fuego de siempre se convirtió en incendio. El asesinato de un grupo de jóvenes suscitó las protestas de los estudiantes normalistas. 43 de ellos fueron secuestrados. De nuevo, Ayotzinapa fue el epicentro. A veces la barbarie requiere de demorada preparación: medio siglo de tensiones, incrementadas por la presencia del crimen organizado, desembocaron en una nueva edición del horror. Los cárteles han cambiado de nombre La Familia, Nueva Generación, Guerreros Unidos y la gubernatura pasó del PRI al PRD. La impunidad es la misma.

En 1996 Ángel Aguirre se convirtió en gobernador interino al sustituir a Rubén Figueroa, responsable de la matanza de Aguas Blancas. Estuvo cerca de tres años en el cargo, bajo la bandera del PRI y en 2011 ganó la gubernatura con el PRD, que le otorgó vergonzoso respaldo en los días posteriores a la tragedia de Ayotzinapa.

Aunque Aguirre apenas gobernó un estado donde el narco pone y quita presidentes municipales, fue el representante de lo que llamamos legalidad. Su inoperancia para prevenir el crimen resultó tan lesiva como sus represiones. La saga de sangre del gobernador Aguirre comenzó con el violento desalojo de jóvenes normalistas de Ayotzinapa, el 12 de diciembre de 2011, escribe Hernández Navarro.

Sería gravísimo que en Guerrero se reactivara el expediente de criminalizar a las víctimas, famosamente utilizado por el presidente Felipe Calderón en 2010 cuando declaró que los 17 jóvenes acribillados en Chihuahua en una fiesta eran pandilleros.

Entre los muertos del 26 de septiembre se encontraban unos futbolistas. Fueron asesinados por el delito de ser jóvenes; es decir, posibles estudiantes; es decir, disidentes.

Horas después, los 43 normalistas pagaron el precio de protestar contra la violencia. Si la indignación rebelde no encuentra acomodo en la vida civil, una vez más lo encontrará en las armas.

Matar maestros significa matar el futuro. Guerrero es el paraíso envenenado donde la esperanza brota para ser aniquilada.

jueves, 23 de octubre de 2014

26 días sin los normalistas

Dejemos de llamarnos democracia, propongo. En una democracia no hay desapariciones forzadas de estudiantes, ejecuciones extrajudiciales, tortura y un sinfín de violaciones graves a los derechos humanos.

 Dejemos de decir que vivimos en una democracia incipiente, en crecimiento y en fortalecimiento. Más que una aspiración parece una letanía que no tiene sentido. Y no, no es el vaso medio vacío al ver la realidad, es más bien el arte de vivir en un país con problemas tan profundos y evidentes que está sostenido por un hábil sistema político que saca a cuenta gotas la dosis de bienestar social. 

Hemos rebajado la democracia a gastar millones de pesos en partidos políticos y en sufragios, pero eso no es democracia. La desigualdad social es evidente, la corrupción parte de nuestra vida institucional (y de nuestra cultura, según Peña Nieto), la impunidad el sostén de nuestro sistema de justicia, las violaciones graves a derechos humanos por parte del Estado son sistemáticas. Éstos son solamente algunos elementos que tiran por la borda la visión positiva de que estamos construyendo un país democrático. No es cierto. 

Estamos manteniendo vivo un sistema que sobrevivió al régimen soviético o a cualquier otro sistema político de cualquier país. Un sistema económico que vive del dinero del narco y uno político que deja que gobierne la delincuencia mientras los políticos medran. Es un sistema hecho para las élites y que avienta pequeños bocados, sólo los necesarios, para sostener un desencanto social, pero nada más. Es una receta nacional de apariencia, simulación, mentira con un dejo de optimismo. 

Tenemos un sistema que encubre los problemas para preocuparse más por la apariencia. Eso, somos un país de cosméticos que todo compone con el arte de la ilusión. Han pasado 26 días y no hay información precisa y clara sobre el paradero de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El sistema político se mantiene intacto, más allá de declaraciones vacías entre partidos políticos, su juego es la política y no es encontrar a los normalistas, y mucho menos castigar a los responsables y reparar integralmente el daño. 
Es inverosímil pero ¡¡¡todo sigue igual!!! El acuerdo partidista es de impunidad. Hoy le perdonamos al PRD, porque ayer le perdonamos al PRI y mañana dejaremos pasar lo del PAN.

 Es evidente que más allá del auto asombro de hasta dónde han llegado, a los partidos políticos no les interesa resolver lo de Ayotzinapa. Por eso sigue en funciones un gobernador que mantiene al estado de Guerrero en una absoluta ingobernabilidad. La poca cara que le queda al PRD se está perdiendo con cada hora que su politburó sostiene a Aguirre como gobernador. 

Sin legitimidad ni ética de la función pública, el gobernador todavía busca aparentar que está en control de su estado y el PRD se preocupa porque ve cada vez más cerca que perderá el estado en las próximas elecciones. Como bien decía León Krauze, “aquí en México nadie renuncia”, no importa el desastre que haya hecho, la renuncia pública parece estar fuera del catálogo de nuestra clase política. Y es obvio, no tiene vergüenza. 
Cada día que pasa sin resultados, sin información veraz y oportuna por parte de la PGR, me inclino a pensar que estamos frente a otra gran puesta en escena. Si el Estado mexicano es incapaz de encontrar a 43 estudiantes secuestrados por la policía municipal y entregados al crimen organizado, entonces el Estado como está debe de cambiar. Es decir, nuestro Estado no sirve. No es una falla, es una incapacidad estructural inaceptable por la cual el Estado debe de transformarse profundamente. 
De no ser así, ayer fueron las fosas de 72 migrantes en Tamaulipas y la negligencia en Sonora del caso del incendio de la guardería ABC, hoy es Ayotzinapa… ¿mañana qué será? Porque, créanme, habrá un mañana muy cercano si seguimos así. Mientras escribía estas líneas Jesús Murillo Karam daba conferencia de prensa. Su gran aportación fue: “había una clara conexión entre las autoridades de Iguala y el grupo delincuencial”. 
El Procurador no describía Iguala, sino el sistema político mexicano. En vez de decir lo obvio, la información que precisa la sociedad durante esta profunda crisis es aquella que dé certeza que no estamos a la deriva. Por ejemplo, conocer por parte de la PGR que ya se sabe la identidad de aquellos restos humanos que se encontraron en las fosas de Iguala (que según afirmaron no eran los normalistas) y que forman parte de los más de 25 mil personas desaparecidas. 
En otras palabras, sí importa de quién son esos restos, aunque las autoridades nos han intentado convencer de lo contrario. O también, qué se ha sacado de la detención de los 22 policías municipales que secuestraron a los estudiantes. El poder político estoy seguro optará por el olvido de la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa. 
Estoy seguro que, como en otros casos, buscarán que los medios de comunicación den vuelta a la página y el alud informativo de la nueva desgracia haga que la sociedad deje de buscar justicia. Al parecer, lo que no previeron fue la respuesta social, que lejos de desvanecerse rápido va tomando fuerza. Ante lo único que tiembla el sistema cosmético en el que vivimos, es a la ira social, al reclamo, a la exigencia. Es a ese momento en el que la sociedad dice basta. 

Sírvase Ayotzinapa para quitarle el maquillaje a la realidad que vivimos y buscar un nuevo camino como nación. De no ser así, seguiremos de crisis en crisis pensando que construimos un mejor futuro. El avasallamiento de casos de violaciones graves es claro, mientras no salimos de Tlatlaya ya estamos en Ayotzinapa. Surgen casos por doquier de manera sistemática y todos quedan impunes. Apuestan a que nunca habrá un cambio de sistema, por eso a todos nos incumbe que no llegue el día 27 sin que los normalistas sean entregados a sus familiares.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/23-10-2014/28372

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Crónica: 43 veces justicia por Ayotzinapa


Otra vez el Zócalo fue el epicentro del dolor... Hasta Ahí los 43 madres y padres de los jóvenes de la Normal Rural Isidro Burgos encabezaron la multitudinaria marcha.(Cuartoscuro)


Si hay 43 formas o más de clamar por un desaparecido, todas se gritaron sobrePaseo de la Reforma, Avenida Juárez, 5 de Mayo y el Zócalo capitalino.

"1... 2... 3... 4... 5... ...41... 42... 43... ¡Justicia!"; "¡Fue el Estado!"; "¡vivos los queremos!"; "¡Ayotzi vive, la lucha sigue!"... Gritos de ayuda acompañados de luces que se extinguían y volvían a encender en veladoras y antorchas.

Otra vez el Zócalo fue el epicentro del dolor... Hasta Ahí los 43 madres y padres de los jóvenes de la Normal Rural Isidro Burgos encabezaron la multitudinaria marcha, se apostaron en un templete y hablaron:

"¡Tienen dos días para entregárnoslos o tomaremos medidas más violentas!", amenazó uno de los papas con el dolor apoderándose de su garganta y la rabia explotando en lágrimas a través de sus ojos.

Los padres miran a la multitud, tienen ojeras porque durante 26 noches no han dormido, explica un normalista.

"Tienen ganas de cerrar los ojos y abrirlos en un país donde estén sus hijos", agrega.

Otra vez Bernabé, el papá de Adán dejó su parcela donde siembra maíz y frijol en Ayotzinapa y vino al DF a contar su historia.

"Yo le dije a mi'jo: Vas a estudiar la Normal, porque somos pobres", dijo Bernabé... Luego volvió a su lugar y se aferró a la fotografía en la que su hijo sale tan serio. Es ese pedazo de plástico con la fisonomía de Adán impresa lo más cercano que lo puede tener ahora.

"Mi hijo lo es todo... y no lo puedo encontrar", gritó otro padre cuando el nudo en su garganta le dio tregua. "Les voy a dejar mi teléfono... 754 100 10 14... Llámenme"... Y pasó el micrófono a otro padre.

"Tenemos la esperanza de que mi hijo Carlos regresará a la casa" pronunció un adolorido hombre de gorra y chamarra de mezclilla.

Esta vez Lorenzo Francisco, papá de Luis Ángel prefirió no hablar, se quedó sentado en su asiento mirando los ríos de gente que tres horas después de iniciada la marcha seguían llegando al Zócalo. Quizá entre los que llegan está su hijo.

El clamor de ayuda y el dolor se mezclaron con la rabia. Cada padre que tomaba el micrófono remataba su participación con una exigencia: que el presidente Enrique Peña Nieto, que el gobernador Ángel Aguirre, que el presidente municipal de Iguala, Luis Abarca, paguen por haberles arrebatado a sus hijos.

Los miles de asistentes los arroparon con sus gritos. Con los "no están solos" con "los queremos vivos".

De dolor también se calla

En Paseo de la Reforma se escuchó "uno, dos, tres, cuatro, cinco...", no era el conteo del mambo ni la cuenta de protección de un boxeador, el conteo llega a 43 y termina con un grito exigente de justicia para los normalistas de Ayotzinapa levantados y desaparecidos el 26 de septiembre en Iguala.

'Presentación', 'presentación' era el tercer apellido que acompañaba el nombre de los normalistas en mientras se recorría la emblemática avenida de la Ciudad de México.

Una luz para Ayotzinapa se encendió en el corazón del país.

Normalistas de Morelos y Oaxaca marcharon con disciplina, en línea, sin perder la fila y la organización, viajaron kilómetros y exigen la presentación con vida de sus 'camaradas' de Ayotzinapa.

"Gobierno corrupto, por tu cumpla estoy de luto", y "A las normales rurales, las quieren desaparecer, nosotras con sangre, las vamos a defender", gritaban y caminaban luciendo una playera blanca, en las manos veladoras y fotos de los ausentes.

La rabia de los manifestantes era mucha pero tenía número: presentación con vida para los 43 normalistas desaparecidos y justicia para los 3 estudiantes de Ayotzinapa que perdieron la vida por un ataque de la policía municipal.

Estudiantes de la UNAM, IPN, UAM y diversas instituciones demandaban esclarecer los hechos de Iguala.

La noche comenzó a caer, las veladoras fueron prendidas y eran abrazadas por los carteles con los rostros de los desaparecidos, algunos encendieron antorchas o aerosoles, todos para llevar una luz solidaria a padres de familia y compañeros de los normalistas de Ayotzinapa.

Jóvenes anarquistas corrían con mazos y tubos entre los contingentes, en avenida 5 de mayo calculaban, se desplazaban y rompían cristales para emprender la huida y mezclarse entre los manifestantes.

La expresión de dolor alcanzó varios metros, desde el Ángel de la Independencia, y porque de dolor también se calla, el silencio se mantenía pero al llegar a la torre del Caballito despertaba el grito "Ayotzi, aguanta el pueblo se levanta".

Las autoridades estimaron 60 mil asistentes a la movilización... Pero en las estimaciones aun faltan 43.

Violencia / José Woldenberg

23 Oct. 2014

Como una ola expansiva, la violencia se ha instalado entre nosotros y está sacudiendo los cimientos de la contrahecha o precaria convivencia. Casi nadie la debería festejar ni convertir en elemento de apuestas cortoplacistas porque no existe disolvente más efectivo de las relaciones sociales que la violencia. Su presencia y multiplicación inyecta dosis crecientes de muertos, desaparecidos, mutilados, destrucción de patrimonios y por supuesto de angustia, resentimiento, ganas de venganza. Un círculo destructivo que todo lo corroe.

A Leo: Javier Edén Martínez García, de 27 años de edad, fue detenido porque presuntamente mató a su hijastra de 8 años de edad, porque no dejaba de llorar Reforma, 19-10-14.

B Tres personas fueron asesinadas ayer en el municipio de Teloloapan, Guerrero, por presuntos miembros del crimen organizado Ibid.

C Todo parece indicar que en Tlatlaya 15 civiles fueron asesinados por integrantes del Ejército. No en un enfrentamiento -como al inicio se dijo- sino ejecutados después del enfrentamiento.

D Los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos fueron secuestrados por policías y al parecer entregados a una banda delincuencial.

E El 13 de octubre el Palacio de Gobierno de Guerrero fue incendiado por manifestantes en respuesta al secuestro de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.

Hay de violencia a violencia diría Perogrullo... y en efecto. No toda tiene las mismas derivaciones.

Las fórmulas violentas para resolver problemas interpersonales caso A se hallan más que arraigadas pero da la impresión que se encuentran a la alza en medio de la espiral criminal que azota al país. El número de reportes que aparecen en la prensa sobre ajustes de cuentas por motivos baladíes sería espeluznante si no estuviéramos relativamente acostumbrados. Es la forma más primitiva de solventar los conflictos o tensiones. Sea en sus cinco sentidos o fuera de sí, el criminal o el violento cree ejercer justicia por su propia mano y lo único que produce es desolación y desgracia. Es, sin embargo, una violencia acotada al mundo privado.

El llamado crimen organizado ha desatado la violencia como nunca antes B. Empoderado, controla zonas del país, impone su ley, chantajea y cumple con sus amenazas. Sea en su confrontación mutua, con efectivos del Estado o contra particulares, las bandas han llegado a tales grados de sevicia que cuesta trabajo entender -en ocasiones- su lógica. Es la violencia que se encuentra en el ADN de la delincuencia. Es la violencia criminal inaceptable y contra ella existe un consenso amplio.

En su combate a las bandas criminales, las agencias del Estado no siempre cumplen con la obligación de actuar conforme a la ley y sus excesos C, violatorios de derechos humanos, siembran terror y alimentan la violencia. Ésa no puede equipararse a las anteriores, resulta más preocupante, no solo porque se supone que los agentes estatales no deben mimetizarse a los usos y costumbres de los maleantes, sino porque acaba por degradar a las propias instituciones. Porque una cosa es utilizar la fuerza legítima del Estado y otra, muy distinta, la violencia sin ley.

La connivencia, en algunos casos, de autoridades y criminales D, sobra decir, no solo desvirtúa de manera radical la función de las primeras, sino que convierte a los guardianes del orden en una banda delincuencial más, con lo que la espiral de violencia, miedo e incertidumbre se multiplica de manera delirante. Es la violencia más temible y destructiva. No solo la confianza vuela por los aires, sino que la parálisis y el miedo se apoderan del indefenso mundo civil.

Las manifestaciones violentas de organizaciones y movimientos sociales los adultera, los aísla y tiene efectos políticos contraproducentes, pero además los convierte también en delincuenciales E, alimentando la falsa sensación de que todo se vale. En este terreno -el más pantanoso porque no faltan voces que los toleran e incluso exaltan como una respuesta a C y D- más valdría la pena deslindar entre la explicación y la justificación. Porque así como en A, a lo mejor la biografía, la situación o la neurosis del asesino puede explicar su conducta pero nunca justificarla, de igual manera la condición precaria de los estudiantes o las afrentas de las que han sido víctimas pueden quizá explicar su conducta pero de ninguna manera justificarla.

Hay demasiada violencia sobre el terreno. Los presagios son siniestros. La situación demanda responsabilidad a todos.

Articulo Enviado por: arturo a las 2014-10-23 05:18:11

El papá de Malala

"Yo soy Malala" cuenta la historia de esta niña que sobrevivió a las balas del Talibán y que a los 17 años es Premio Nobel de la Paz 2014. Pero también es retrato de quien le da alas: Ziauddin Yousafzai.

El 12 de julio de 1997 su esposa dio a luz a una niña en Mingora, en el hermoso Valle del Swat, Pakistán. No sonaron los rifles en son de fiesta con los que se acostumbra celebrar el nacimiento de un varón. Pero Ziauddin Yousafzai, el padre de 28 años, lejos de esconderla detrás de la cortina donde cumpliría el deber de dedicar su vida a preparar comida y tener hijos, pidió a todos que arrojaran frutos secos, dulces y monedas dentro de la cuna, igual que con los niños, y en el árbol genealógico familiar, cuya única línea es masculina, escribió con orgullo: Malala.

Ziauddin siempre fue diferente. Tartamudo de joven, heredó de su padre el amor a la poesía y ante la incredulidad de su familia, ganó un concurso de oratoria. La pobreza no lo detuvo, estudió y soñaba con fundar una escuela. Sus hermanas nunca fueron a clases y su esposa dejó de asistir a los 6 años de edad, lo que lamentaría después, cuando su novio le escribía poemas que ella no podía leer.

Él pensaba que todos los problemas de su país se debían a la falta de educación. La ignorancia era un arma de los políticos para engañar a la gente y de los corruptos, para reelegirse. Convencido de que todos, ricos y pobres, niños y niñas, tenían derecho a la escuela, pensaba abrir una donde hubiera pupitres, biblioteca, carteles luminosos… y, sobre todo, baños. Quería estimular el pensamiento independiente y repudiaba que las escuelas premiaran la obediencia por encima del desarrollo intelectual y la creatividad.

Cuando abrió la Khushal School hace 20 años, tenía tres alumnos, hoy son más de mil, en tres edificios. Al nacer Malala, eran 100. Ahí mismo, en uno de los cuartos, vivía la familia de tres, que luego aumentó con la llegada de dos hijos más. Él era director, maestro, administrador, barría y limpiaba los baños. Ese era el mundo de su hija, donde creció, se enamoró de los libros y jugaba a ser maestra. Hasta que el 9/11 lo cambió todo.

“Malala es libre como un pájaro”, repetía Ziauddin. Con la llegada de los talibanes al Valle de Swat, le prometió: “Yo protegeré tu libertad. Sigue adelante con tus sueños”. A los 11 años, la niña descubre el poder de las palabras y encabeza una campaña en defensa de la educación de las mujeres. Ni ella ni su padre, que son profundamente religiosos, se rinden ante las amenazas o se someten a la prohibición de que las niñas asistan a la escuela, mientras que su madre da desayuno y albergue a los niños más necesitados. Si el Talibán encierra a las mujeres, Ziauddin les dice a sus alumnas: “Ustedes tienen tanto derecho a gozar del campo, las cascadas y el paisaje como los niños”.

Yo soy Malala cuenta la historia de esta niña fuera de serie que sobrevivió a las balas del Talibán; que insiste: “Un niño, un maestro, un libro y una pluma pueden cambiar el mundo”, y que a los 17 años es Premio Nobel de la Paz 2014. Pero el libro también es retrato de quien le da alas: “En mi parte del mundo la mayoría de la gente es conocida por sus hijos. Yo soy uno de los pocos padres afortunados conocido por su hija”. Gente como Ziauddin, también puede cambiarlo todo.

adriana.neneka@gmail.com