viernes, 22 de septiembre de 2017

Cardiografía social del sismo


Cardiografía social del sismo


22/09/2017 03:47 AM


México

Recuerdo del 85:

En el principio es el desbordamiento de la solidaridad, la emoción incomparable de miles de ciudadanos echados a las calles por su propia cuenta para ayudar a otros, para aliviar la tragedia de otros, para insertarse en una marea anónima, admirable, de unidad ante el sufrimiento.

La cara de la solidaridad colectiva ante la desgracia desata una épica mediática, un reconocimiento universal, y confirma el orgullo de pertenecer a esta movilización autónoma, genuinamente espontánea, admirablemente generosa, irrefutable. Aparecen pronto las grandes historias de éxito y rescate, momentos de heroísmo anónimo que serán imborrables.

Luego vienen los primeros choques de la colectividad solidaria con su propio ímpetu y con las restricciones que la lenta realidad y los limitados gobiernos van imponiendo al torrente. Empiezan a aparecer las frustraciones, las quejas, las derrotas ante los escombros.

Crecen los desencuentros de la marea solidaria con las autoridades, el rumor y la desinformación. Se propagan grandes mentiras que acabarán siendo verdades de piedra. Empieza a ser irritante la descoordinación del gobierno con el gobierno, y de todas las formas de gobierno con la sociedad sobreexcitada en las calles y en los medios.

Pasan al primer plano la ineficacia y estupidez, las mentiras que tratan de ocultar el daño, la riña de la opinión pública con sus autoridades y con sus informadores.

Se pasa poco a poco de la solidaridad a la queja, de la ayuda a la exigencia, de la emoción de comunidad sin fisuras al amargo sucedáneo de las fisuras de la sociedad consigo misma y con su gobierno.

Poco a poco la tragedia busca responsables. Los damnificados voltean a la autoridad pidiendo auxilio. La autoridad está rebasada por el tamaño de los daños y por sus propias debilidades.

La marea de la opinión pública cambia entonces. Pasa de la solidaridad espontánea a la búsqueda de responsables.

Las autoridades aparecen poco a poco como responsables y luego como culpables. Primero, de su ineficacia para responder a la tragedia. Luego, de la tragedia misma.

Las consecuencias políticas de esta cardiografía social del sismo apenas pueden exagerarse. Son el verdadero sismo secreto. La elección de 2018 está desde ahora cruzada por sus grietas.

hector.aguilarcamin@milenio.com

jueves, 21 de septiembre de 2017

Después del sismo

Alrededor de los derribos se congregaban miles de personas dispuestas a ayudar, a traer una pala, una sierra, un pico. Los solidarios son tantos que de pronto entorpecen la circulación en las colonias Condesa y Roma.

21/09/2017 01:44 AM

México

Gil Gamés abandonó el mullido sillón y salió a caminar por las calles donde el temblor dejó edificios caídos, desolación y muerte. El miércoles amaneció soleado y triste, un día ansioso y una tarde lluviosa. Largas filas de jóvenes, hombres y mujeres, avanzaban por las calles. Llevaban casco y pala, agua, víveres. A la una y media, 24 horas después del terremoto, algunas zonas de la ciudad habían sido tomadas por una multitud de jóvenes dispuesta a ayudar, a mover piedra sobre piedra. En las colonias Condesa y Roma, los centros de acopio se volvieron auténticos centros de solidaridad. Sobraban manos y la ayuda a todas luces resultaba un gran apoyo que desbordaba a los damnificados. La cantidad impresionante de donativos debería salir a otros lugares del país donde se necesitan con urgencia.

Alrededor de los derribos se congregaban miles de personas dispuestas a ayudar, a traer una pala, una sierra, un pico. Los solidarios son tantos que de pronto entorpecen la circulación en esa parte de la ciudad. Gil cavila. Algo ha ocurrido en medio de la debacle: de la sociedad civil a la multitud de jóvenes. Ciertamente el Ejército y Protección Civil hacen su trabajo, pero los jóvenes imponen su ley numerosa de entusiasmos sin freno. Gilga nunca había visto las calles suspendidas por los impulsos genuinos de la ayuda a los demás a cambio de nada, o bueno, a cambio de una tarde y una noche de autorreconocimento (a veces Gilga redacta como Monsiváis y se le entiende poco).

Aprender

La revista Proceso publicó en su sitio un artículo de Juan Carlos Ortega Pardo. “Diez veces más débil que el del 85”. En estas letras, Ortega pardo afirma, y con razón, que “la escala de Richter es logarítmica, y no lineal. Esto significa que un terremoto de 8.1 grados tiene una magnitud diez veces mayor que uno de 7.1 (y no sólo es 10% 0 15% más fuerte, como podría pensarse). Dicho de otro modo: ayer, un sismo diez veces menor que el de 85 derribó 40 edificios y mató a casi 100 personas en la Ciudad de México”.

Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: de acuerdo con los logaritmos, pero ¿quién podrá explicarle a Gilga por qué edificios que soportaron el terremoto del 85 cayeron en 2017? Gamés los ha visto, ahí estaban, no fueron reconstruidos ni mucho menos, simplemente no soportaron, con todo y logaritmo, el sismo de 7.1. Misterio: un terremoto de 8 no destruye una edificación y uno de 7 sí, explíquenle eso a Gamés.

Ortega Pardo escribe en Proceso: “en 32 años no aprendimos un carajo. Una escuela y un taller textil se nos derrumbaron; se siguieron dando permisos de papel; se permitió que gente viviera en edificios viejos y dañados (y gente decidió vivir en edificios viejos y dañados); Protección Civil no hizo las revisiones suficientes, nuestra conciencia y capacidad de exigir tampoco avanzaron y a nadie le interesó explicarnos la diferencia entre intensidad y magnitud”. Así que descubrimos que no estábamos en manos de la planeación y la prevención sino de la suerte (…) el Estado falló. Su principal función es la de garantizar la seguridad y volvió a fallar”.

Gil ya entendió: el culpable del sismo es Peña Nieto. O no solo él, sino los jefes de Gobierno de la ciudad, muy principalmente Cárdenas y Liópez. Con la pena, pero Gamés sostiene que se han hecho avances notables en materia de prevención. Y que un terremoto siempre tendrá, como en todas partes del mundo, resultados impredecibles. Tal vez Ortega Pardo viva en un mundo paralelo, o quizá no salió a la calle: el exterior cura de las ensoñaciones.

Repetir

Ahora mal sin bien: en México incluso la mano del destino juega con el absurdo. ¿O alguien podría explicarle a Gil por qué 32 años después de un terremoto ocurre un sismo gigante ¡el mismo día!? ¿Entonces los 19 de septiembre tendremos que esperar algo terrible? ¿Saben una cosa? Gamés va a retirarse a sus habitaciones y si viene una réplica saldrá como diablo que lleva el alma, o como se diga.

Caracho, todo es muy raro, Ítalo Calvino: Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

De pie- Jorge F. Hernández


De pie


México está en pie por todos los mexicanos que se desviven hoy, hace una semana y hace 32 años, para que todos nos pongamos de pie en su honor


21/09/2017 12:21 AM


México

Hace 32 años eran novias las hoy esposas que buscan a sus hijos en las redes que llaman sociales, o en los escombros que parecían no volver a repetirse; ¿cuántos brigadistas o damnificados de hoy fueron los bebés milagrosamente rescatados hace 32 años? Se observa incluso de lejos una mayor proporción de topos preparados y una colectividad instantánea, en tanto llegan a la pantalla misma de los teléfonos las imágenes de la destrucción o el alivio de las caras queridas, cuando hace 32 años dependíamos de la fragilidad de los radios y las noticias y respiración de boca en boca, y la Ciudad de México bocabajo más no vencida en una silente conversación donde muchos empezamos a utilizar el término “sociedad civil” y la palabra “solidaridad” (que luego se volvería plan de gobierno).

Efectivamente, solo lo fugitivo permanece y hoy, al día después, a la semana de los otros terremotos, a los 32 años de la tragedia que llevamos tatuada en el recuerdo de costureras y perros suizos, aviones militares de un imperio que se llamaba Unión Soviética codo con codo con los marines estadunidenses, y cajas, muchas cajas de medicinas y cobijas (que se anunciaban como mantas) que llegaron de España con mensajes anónimos rayados sobre el cartón donde intentaban darle ánimos a una ciudad que ya desde entonces tenía el tamaño de país. Hace 32 años se hacían cadenas de radioaficionados de onda corta para relevar los nombres y apellidos de miles de personas que eran pensadas desde todos los puntos del planeta, y hoy son las bendiciones del guasap y las virtudes del feis las que nos permiten respirar un poco más tranquilos en la distancia con solo recibir recados de tanta gente buena viva, o llorar en horarios diametralmente diferentes las ausencias tan dolorosas de conocidos y desconocidos… o rabiar por la inevitable presencia del vandalismo y tanta rata que aprovecha los escombros para robar.

El privilegio de atreverse a utilizar este espacio —cuando quizá sería más útil para publicar listas de sobrevivientes o nóminas dolorosas— se asume con gratitud y con la intención de animar a quienes no han descansado ni un solo instante desde las 13:14 de ayer, o las 7:19 de hace 32 años. Hablo de los millones de mexicanos que siguen en pie en medio de una ciudad con inmensas sombras y no pocos parches urbanos que huelen a gas; en pie los rescatistas que entran en los huecos de los edificios en busca de una respiración o un murmullo, y en pie los niños de miles de escuelas que acababan de realizar el simulacro que quizá les salvó la vida en el ordenado ensayo de no empujar, no correr y no gritar, y en pie los millones de justos de todo México y el mundo que lloramos la desgracia de más de una veintena de niños que quedaron sepultados junto con algunas de sus maestras en el pesado horror en que quedó su escuelita derrumbada. De pie los médicos y enfermeras, los paramédicos que cruzaron la ciudad sobre motocicletas con alas improvisadas, los miles de albañiles verdaderos e improvisados que trazan cadenas de brazos para mover toneladas de cascajo, kilo por kilo, miligramo a miligramo. De pie la inquietud de quienes resguardan con temor sus casas abiertas, sus heridas abiertas, su cerrada soledad.

De pie los millones de mexicanos que no merecen vivir en el constante temor de la violencia, el abuso fiduciario, la corrupción ilimitada, la mentira constante, la imbecilidad burocrática, la desidia administrativa, la improvisación ejecutiva, la hipocresía altiva y el racismo no tan velado de tantas contradicciones nefastas que nada tienen que ver con la mujer que está de pie preparando comida para los hambrientos, el hombre que lleva quién sabe cuántos viajes con bidones de agua potable para la sed que se transpira en la media centena o en el centenario de escenarios donde sigue en pie la vida misma en medio de tanta muerte y destrucción. Están de pie las mejores versiones del alma de México, los millones de voluntarios y donadores de sangre, los anónimos donativos que cruzan los dedos para que el dinero sirva de alivio, los cronistas y periodistas que salen a informar sin alarma e intentar el relato que abunde en comillas porque se citen las historias que nos dan vida, las que registran el doloroso golpe de la muerte, los vacíos de los damnificados de hace unas horas, de la semana pasada, de los fantasmas de hace 32 años.

México está de pie con una dignidad de siglos y una belleza que florece cada día en las caras de sus habitantes y en las páginas de su historia, los versos uno a uno de sus mejores poetas, los párrafos de su infinita literatura, las partituras de su música, y los lienzos o murales de todos los colores de sus frutas y sus aves, sus flores moradas y anaranjadas que hoy se prenden como velas en los cementerios improvisados. México está de pie en la honesta voluntad colectiva de una sociedad civil que hoy mismo hace acopio del mejor coraje y convierte en rescate el hartazgo que parecía inmarcesible, y México está en pie a los ojos del mundo, al que siempre ha extendido sus brazos abiertos, y México está en pie en la grandeza incólume de una voluntad común y convencida de cosas que quizá no están escritas en las columnas oscilantes del poder o doradas sobre los pliegos de viejos pergaminos, sino tatuadas en la piel del que ayuda, en la mirada de las niñas, en las arrugas de los ancianos, en los bíceps entrelazados que levantan media tonelada de loza para que respire un arcángel que sigue atrapado entre las arenas movedizas de lo que fue su hogar o su lugar de trabajo o el aula donde intentaba conocerlo todo. México está en pie en el silencio que se pasa de boca en boca para escuchar el mínimo rasguño de un enterrado o la callada alerta de una mascota atrapada. México está en pie entre todos los mexicanos que se desviven hoy, hace una semana y hace 32 años para que todos, por admiración, apoyo, pésame y ánimo, nos pongamos de pie en su honor.

jorgefe62@gmail.com

¿Se va a caer? Se va a caer. ¡Se va a caer! - Carlos Puig

21/09/2017 01:04 AM


México

Fue un acto de desafío a la naturaleza.

Después del 85, cuando la Roma y la Condesa sufrieron en serio los efectos del sismo, los chilangos, para el gusto de los desarrolladores inmobiliarios, la convirtieron en los barrios del “momento”, como los llamó The New York Times hace unos años. Restaurantes, bares, tiendas, edificios, más edificios, viejas casonas hermosas rehabilitadas.

Uno no era nadie si no vivía en esos barrios. Ahí donde se camina, se anda en bici, se disfrutan los parques y los amplios camellones, se pasea a los perros, se conoce al vecino. Otra ciudad, pues, una deseable. A la sombra del nuevo Paseo de la Reforma con sus enormes y nuevos rascacielos. Cerca de todo, con acceso a transporte público, el precio del metro cuadrado para rentar o comprar se volvió estratosférico.

Sí, es cierto, la Condesa comenzaba a inundarse con demasiada regularidad, pero seguía valiendo la pena y el gobierno comenzó a cambiar el drenaje. Sí, es cierto, el ruido, me dicen los que ahí viven se estaba volviendo insoportable, pero era el precio de vivir donde hay que vivir. En los últimos años, las colonias aledañas comenzaron a competir. Que si la San Miguel Chapultepec, que si la Juárez, hay quien imaginó que hasta la Doctores habría de rehabilitarse.

Ayer recorrí por horas la Condesa y la Roma. ¿Se va a caer? Se va a caer. ¡Se va a caer! Fueron las palabras que más escuché frente a edificios deshabitados a la espera de que alguien les respondiera. En un lapso de tres horas me tocaron dos emergencias callejeras porque los brigadistas pensaban que algún edificio colapsaba en ese momento. Vi a cientos de personas, familias que contaban cómo no veían la manera de volver a habitar esos edificios.

En la colonia Del Valle, en Taxqueña, en Xochimilco la situación es similar. Todos conocemos a alguien que no ha dormido estas noches en su casa y que no sabe cuándo podrá hacerlo.

Es una primera impresión, pero pareciera que tenemos muchos edificios dañados.

Hoy es el momento de los paramédicos y los rescatistas, y el agua y las medicinas. Y como siempre en esta ciudad solidaria y amorosa, hay de sobra. Muy pronto será el de los ingenieros y los constructores.

Y de repensar cómo se reconstruyen los barrios que habían derrotado al temblor del 85.

Twitter: @puigcarlos

El sismo secreto - Héctor Aguilar Camín

21/09/2017 01:13 AM


México

Los terremotos de Ciudad de México han marcado a fuego mi memoria, como la de todos los habitantes de ella.

Lo fundamental de mi memoria del sismo de 1957 es el estilete de la indefensión de la infancia, eso inexplicable y terrible de lo que los padres no pueden protegernos. Tenía yo 9 años.

El estilete que dejó en mi memoria el sismo del 85 fue el de la indefensión a secas ante la catástrofe, eso ante lo cual no puede protegernos nada: ni nuestros padres ni el gobierno ni Dios ni la ingeniería. Tenía 39 años.

El sismo de antier ha dejado en mí un estilete más secreto. Es el primer sismo de la ciudad que le arrebata a mis hijos cosas que tenían, una casa y un departamento en la colonia Condesa donde apenas este año habían empezado a vivir, y donde no pueden dormir hoy ni podrán dormir por mucho tiempo.

He acudido a la zona donde vivían, la misma donde vivieron sus abuelas y yo, y empezaban a vivir ellos, como en una especie de serena naturalidad de cambios y continuidades generacionales.

Pasé la mañana de ayer caminando esas calles, familiares de tres generaciones, y me asombró el tamaño secreto de su destrucción.

Había en la zona de seis cuadras por seis cuadras de que hablo un edificio derrumbado, en Amsterdam y Laredo, pero 10 o 12 edificios marcados ya por protección civil de la ciudad como inhabitables. Había otro tanto, quizá el doble, simplemente abandonados por sus inquilinos, temerosos de una réplica.

Estaban esas calles de Amsterdam, Sonora, Michoacán y avenida México, rebosantes de rescatistas admirables, miembros de la policía, marinos y soldados, pero abrumadoramente vacías de vecinos.

Me temo que en esa ausencia de vecinos está insinuada la verdadera dimensión del sismo que golpeó nuestra ciudad en estos días.

Los daños visibles de los edificios caídos son solamente una pequeña muestra de las construcciones heridas de muerte que han expulsado de sus entrañas la vida y que esperan solo una réplica para acabar de caer.

Comparto con Carlos Puig esta impresión: la parte de la ciudad destruida por el sismo es mucho mayor de la que ha caído hasta ahora a sus pies.

hector.aguilarcamin@milenio.com

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Tragedia y desconsuelo

20/09/2017 01:35 AM


El destino juega a los dados con nuestras vidas. Después de un simulacro en el aniversario número 32 del sismo de 1985, un terremoto cimbró a la Ciudad de México y a los estados de Puebla y Morelos. Si entendí bien, la magnitud fue de 7.2. En mi memoria, este sismo fue más violento que el del 85. Hasta donde pude ver, la destrucción fue menor, pero las escenas desesperadas, trágicas, inauditas recuerdan aquel día infausto de septiembre. Mientras desalojaba la casa con miedo y desesperación, un estruendo de derrumbes ensordecía a los vecinos. Y luego, la certeza de quienes sabemos medir en nuestro pecho la intensidad de un temblor: dificultad para salir de la oficina, gritos, miedo. Por cierto, cayó la madre del Monumento a la Madre.

Caminé por las calles de las colonias Condesa y Roma, como lo hice hace 30 años. Entonces me afectaban menos las catástrofes naturales, en la caminata me revienta el alma el derrumbe, la desesperación, el olor a gas, el polvo. No creo exagerar si digo que nunca había visto tan afectada la colonia de mi vida. En la esquina de la calle de Laredo y Amsterdam, un edificio ha caído. He pasado mil veces por esta esquina y ahora no sé cuantos pisos tenía este edificio. ¿Seis, siete? Después del temblor se ha reducido a la nada. Y entre los derribos hay personas atrapadas. La primera lección cívica de esta tarde ocurre frente a este derrumbe: una larga fila de hombres y mujeres retiran derribos en carritos del súper. Alguien pide silencio a la multitud: queremos oír si alguien pide ayuda entre los escombros. Me perturba pensar que he visto a los vecinos de ese edifico en mis paseos por la colonia, en las tiendas, en los bares.

Camino, me cruzo por las calles que huelen a gas con rostros de vecinos como el mío, rostros un poco de fantasma, otro poco de seres caminando por las calles oscuras de la tragedia. La cantidad de edificios afectados que he visto es impresionante...

Grandes y caudalosos ríos de gente a la mitad de las calles fundan civilizaciones de miedo en las orillas de estos cauces. Fachadas derruidas, muros abiertos en canal, ventanas descuadradas y sin vidrios. Nunca vi nada igual en mi colonia. Esos bastimentos tendrán que ser derruidos sin duda. No sé de esto, pero si digo 20 edificaciones no exagero. En Amsterdam y Cacahuamilpa otro edifico se ha venido abajo. El Ejército ha llegado e impone un orden excesivo que destruye la cadena civil que a mí me admira y me llena de orgullo. Nadie puede pasar. Váyanse a sus casas. No salgan. No asomen la nariz.

Paso la frontera de la colonia Condesa y el espectáculo es aún peor en la Roma. En Querétaro y San Luis Potosí, un derrumbe. Derribo quiere decir personas entre los escombros. Los edificios caen en posturas estrafalarias: de lado, acostados, completos, en partes. Desde luego no soy de los que piensan que el gobierno es el culpable del sismo. Al contrario, me parece que hemos avanzado mucho en prevención civil. Colonia Roma: hombres y mujeres cierran sus departamentos y huyen del lugar de los hechos. Me pregunto si tengo miedo; sí, mucho. El Ejército ayuda, pero le da a la situación trágica un toque aún más oscuro. Las noticias no pueden ser peores: tres escuelas colapsaron con sus maestros y sus alumnos dentro, incendios de centros comerciales.

La solidaridad es una forma de conectarse con el sufrimiento de los otros, sin esa conexión no existe el apoyo: Slim abrió el internet, lo mismo que AT&T. No deja de llamarme la atención que Soriana, Walmart, Superama, no movieron un dedo. Esperan para vender mercancías y hacer negocio. Las tiendas cierran sus puertas, incapaces de generosidad alguna. ¿Qué les pasa?

Las catástrofes muestran la cara de una sociedad. Hasta ayer, a propósito de los feminicidios, yo estaba decepcionado de mí y de la gente. He cambiado de opinión: los buenos son más. He visto personas con palas y picos y marros, personas con agua, medicinas, una hora después del sismo, personas que levantaban piedras, personas ayudando a otras personas. No compartiré la idea de que los gobiernos local y federal son culpables de algo. Pero sé que lo leeré reproducido por los diarios y traído por los partidos de la oposición en un acto de mezquindad sin límites.

Regresé a las calles de mi infancia sin aliento y cansado, impresionado y triste oyendo un radio de transistores que daba noticias de muchos lugares de la ciudad donde ocurrió una desgracia: Lindavista, Ecatepec, Centro, Narvarte, Del Valle, Condesa, Roma. Todo esto ocurrió el día del simulacro del sismo de 1985. Oigo una noticia: 20 niños muertos y 30 siguen debajo de los escombros. La muerte siempre llega a tiempo. La tragedia, el desconsuelo.



rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

Cuando duele México


COLUMNA

Cuando duele México

Quizá los sismos de la semana pasada fueron aviso de lo porvenir y metáfora de las desgracias a sumarse hoy mismo


Cientos de personas ofrecen su apoyo para rescatar personas con vida de los edificios colapsados en Ciudad de México. JORGE DAN LÓPEZ (EFE) ATLAS
JORGE F. HERNÁNDEZ
Madrid 20 SEP 2017 - 09:34 CEST


De lejos, las desgracias pesan más o por lo menos, de otra manera: no es la inmediatez de los gritos ni el mareo oscilante que convierte a los minutos en siglos; es la lejanía dolorosa, la imposibilidad de abrazar y el eco de los llantos. El agua del azar dictó que en el aniversario del gran terremoto del 85 la Ciudad de México amaneciera con un simulacro que quizá resultó más que premonitorio, precautorio y quizá preparó los reflejos ante la nueva tragedia. De hecho, quizá los sismos de la semana pasada fueron aviso de lo porvenir y metáfora de las desgracias a sumarse hoy mismo: allí donde ayer se alcanzó la imperdonable cifra (más que número, vida) de la víctima número cien mil en la enloquecida pesadilla de la narcoviolencia, hoy se van sumando los edificios caídos, los muertos con sus nombres y apellidos, las calles del cascajo, los círculos concéntricos de un horror que parece haberse tallado en piedra hace siglos.

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El azote impredecible de los terremotos, la ferocidad real de los huracanes, la punzada de la tragedia no se percibe de veras hasta que hinca su dolor en la piel y contrasta con la inexplicable sincronía de las fechas que coinciden, pero es precisamente por la memoria viva de los muertos que quienes sobrevivieron en solidaridad imbatible los sismos de 1985 recuerdan hoy intacta una renovada versión del valor, de la cooperación instantánea más allá de los uniformes y de los cascos, de las ansias ordenadas o más o menos ordenadas por no estorbar y al mismo tiempo ayudar, por eludir tanta falsa noticia que intenta inflar la tragedia o insuflarle sentidos que nada tienen que ver lo que realmente duele: los heridos y los muertos, los que aún están enterrados en escombros y la angustia intraducible de los niños y los ancianos.

Dice Juan Villoro que los mexicanos llevamos un sismógrafo bajo la piel y además, con la lucidez acostumbrada, que los sismos son los verdaderos jueces de la honestidad o desfachatez de los ingenieros y arquitectos. En tragedias como la de hoy se miden los abusos y mentiras de quienes han apuntalado estructuras que se derrumban a la primera sacudida, pero también la oleada de millones de mexicanos que alzan la mejor cara de México, la honesta transpiración sin horarios que echa la mano sin fijarse en apellido o color de piel, el alivio incansable para quien llora o tiene sed, la serena mirada vidriosa que contagia a todos para seguir adelante y crecerse mucho más allá de los discursos y corbatas.

Cuando duele México por desastres sus heridas y su llanto hacen ecos diferentes en todo el mundo, en los lugares apartados donde jamás han sentido en vivo el oleaje de un terremoto o la sacudida de un huracán, la prolongación insólita de la lluvia durante semanas o la sequía que pinta a sus desiertos con la calavera de la desolación. Cuando duele México por tanta mala tinta roja que se vuelve titular en todos los idiomas por el morbo criminal de los capos, por la corrupción increíble de los políticos, por la desidia abusiva de los empresarios exageradamente opulentos en medio de tanta miseria, pero cuando duele México por tragedias y cuando todo ese dolor llega de lejos quiero que se sepa que no hay sombra que no parezca hablar en colores, que todo sabor incluso amargo sabe a Jamaica y cilantro, aguamiel y melancolía; cuando duele México quiero que se sepa que en Madrid hay tanta gente que llora y piensa en las calles e imagina el mapa de todo el país no por GPS sino por afectos, por los amigos y familiares que son buscados también en las colonias que poco a poco han poblado con tan inmenso ejemplo los barrios de Chicago, la manzana de Manhattan, la inmensa mancha urbana de Los Ángeles… cuando duele México duele la prosa de muchos de los mejores escritores que ha dado la literatura de este planeta y tanta música maravillosa se filtra en los árboles lejanos y sopla como viento en los paisajes de la madrugada en La Mancha…. Y quiero que sepan que cuando duele México duele el aire que la evoca en todo el mundo que ha respirado inspiración en paisajes de todos los verdes y litorales de todos los azules y caras que sonríen incluso cuando duermen y párpados somnolientos y el ladrido de los perros callejeros que intentan anunciar lo que quizá no alcanza a advertir la alarma sísmica y los miles de desheredados, sin nombre y sin cuenta bancaria que ven volar los techos de lámina en los vendavales y los cimientos de sus sueños en esta tragedia que en realidad afecta a todos y duele a todos.

Cuando duele México como dolemos hoy por cada piedra y cada persona, lo único que se alza en callada esperanza es la seguridad de que la mejor savia de millones de mexicanos levanta siempre la definición más clara de la entereza, la promesa más creíble de que todo esto se volverá memoria viva, así pasen otros treinta y dos años del pasado terremoto que parece clonarse hoy y en cada supuesto naufragio donde México entero vive incluso con sus muertos, vive con todos sus siglos encima con todos sus mejores rostros dando de frente la cara y tendiendo la mano que cruza cualquier mapa… pero de lejos, hay un silencio en los horarios más alejados y un inquieto desvelo en cada sombra que se parece mucho al reflejo que permite los abrazos, al jalón con el que se salva a un damnificado entre escombros y al luto de gritos callados con el que nos despedimos de las víctimas. De lejos, hay maneras de llevar a México en el corazón y quizá sea inversamente proporcional a la posibilidad de ahora mismo todo México perciba la preocupación desvelada, la tristeza infinita y la esperanza apretada de millones de personas que lloran, callan, evocan o preguntan, desean e incluso rezan para aliviar todo lo que se siente cuando duele México.