miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mi ciudad


Mi ciudad


20/09/2017 01:49 AM


Hace 32 años, a las 7:19 de la mañana, camino a la universidad con mi buen amigo Vicente sentimos el latigazo.

Hay una generación que aquel día nos marcó para siempre. Entendimos la ciudad de otra manera, y ese día nos hizo chilangos de verdad. En los días siguientes recorriendo las calles vimos lo que nunca habíamos visto: la muerte, la destrucción, la inacción gubernamental, pero también aprendimos de la solidaridad y del amor. En las calles. En las ruinas con olor a cal. En los miles de voluntarios echando una mano al de al lado nos formamos muchos.

Sabemos, los que aquí nos hemos quedado, que de alguna manera vivimos donde no debemos. Que hay una especie de pecado original en este lugar que escogieron nuestros antepasados: la ciudad sobre el lago al que desaparecimos, en una zona sísmica, tan cerca de volcanes.

Treinta y dos años después hay, por ahí, algunos edificios que sobreviven abandonados, algunos terrenos donde se derrumbaron otros, sin que sepamos aún qué hacer con ellos.

Temerarios, reconstruimos algunas de las zonas más afectadas y las convertimos en las zonas de moda de la ciudad para vivir, para entretenernos. Y construimos torres cada vez más altas y sacamos más agua del subsuelo. Y nos compramos una alarma que nos avisa unos segundos antes de que venga el nuevo latigazo.

Como ayer. Treinta y dos años después. Unas horas después de que se hicieran las remembranzas de rigor y la alarma sonara a las 11 de la mañana, no para avisar de lo que venía, sino para recordarnos que estamos en peligro.

Y poco después de la una de la tarde llegó la alarma y llegó el temblor.

Los chilangos inundamos las calles y volteamos a ver a nuestros vecinos y nos dio miedo, mucho miedo. Recorrí a pie la San Miguel Chapultepec y la Condesa y la Roma y la Juárez camino a MILENIO y vi caos y destrucción.

La extensión de los daños parece, a primera vista, mayor. Zonas donde los temblores no se sentían tiene edificios colapsados. Muchos que no se cayeron parecen a punto de quebrarse. Amigos, muchos, que no quieren o no pueden dormir en sus casas.

¿Qué se necesita para que el mismo día con 32 años de diferencia suceda lo mismo?

Ayer, una hora después del sismo, mi hijo tomó la bicicleta y se fue a ayudar en lo que pudiera, con quien pudiera. Como lo hicieron su padre y su madre hace 32 años.

La ciudad lo hará suyo. Y vivirá siempre con miedo, pero con identidad.

Twitter: @puigcarlos

lunes, 4 de septiembre de 2017

Sigo viviendo en un país jodido… Y mis hijos vivirán en un país igual o más jodido?

CD. DE MÉXICO

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Lo redacté en este espacio hace poco más de dos años (“Pobreza de ingresos: siete presidentes fracasados”, 27/7/2015):
“El combate a la ‘pobreza de ingresos’ ha sido un acto fallido desde los 80. O una suma de estrategias fallidas”.
Tecleaba yo entonces:
“Primero revisemos el concepto oficial de pobreza de ingresos: ‘La población cuyos ingresos se encuentran por debajo de las líneas de bienestar y de bienestar mínimo’. Gente que no tiene dinero para lo básico”. Y para lo mínimo indispensable.
Enseguida citaba cifras de una gráfica elaborada por la Sedesol. Recupero los datos:
—Al concluir el gobierno de José López Portillo, en 1982, 55 por ciento de la población yacía en pobreza de ingresos.
—Al terminar el gobierno de Miguel de la Madrid, en 1988, 53.5 por ciento de la gente estaba en esa situación.
—Al final del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, en 1994, el porcentaje era de 52.4 por ciento.
—Al cerrar el sexenio de Ernesto Zedillo, en 2000, la cifra fue de 53.6 por ciento.
—Al culminar el sexenio de Vicente Fox, en 2006, fue de 42.9 por ciento.
—Al acabar el sexenio de Felipe Calderón, en 2012, fue de 51.6 por ciento.
Redactaba después:
“Salvo el periodo de Fox, durante el cual la pobreza supuestamente descendió 10 puntos porcentuales (vaya usted a saber cómo medía los datos ese hombre, porque de inmediato las cifras rebotaron) (…) llevamos más de 30 años en que las políticas públicas no han sido eficientes para reducir este rubro de la pobreza”.
Las cifras del Coneval correspondientes a 2016 (las que fueron dadas a conocer el miércoles pasado) muestran que 50.6 por ciento de los mexicanos sobrevive en pobreza “con ingreso inferior a la línea de bienestar” y de “bienestar mínimo”.
En 2012, la cifra era de 51.6 por ciento, así que en lo que va del sexenio la diminución ha sido… de un punto. Sí, un punto. Fracaso. Fracaso sexenal, pero con eso no me refiero nada más a Enrique Peña Nieto y su gobierno, porque, los gobernadores, ¿qué demonios hacen por el desarrollo de sus ciudades y sus municipios? Exacto: nada.
Y como advierte el Coneval, la cosa se puede poner peor, porque la inflación elevada de este 2017 podría nulificar la disminución que hubo entre 2014 (53.4%) y 2016 (50.6%).
El caso es que, en 34 años, el Estado mexicano no ha conseguido que la pobreza de ingresos baje de la mitad, de 50 por ciento. Casi tres décadas y media después del desastre de López Portillo, cinco de cada diez mexicanos subsisten con magros y paupérrimos recursos.
Toda mi vida adulta he vivido en un país así de jodido. Y nada cambia. Qué triste, la verdad…
jpbecerra.acosta@milenio.com
Twitter: @jpbecerraacosta

miércoles, 9 de agosto de 2017

Trifulcas caseras- Rafael Peréz Gay

CD. DE MÉXICO

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Trifulcas caseras

Se podría hacer una historia familiar con el recuerdo de los presidentes del PRI. Cuando mi padre tuvo una hija fuera de su matrimonio, Alfonso Martínez Domínguez era el presidente del PRI y Enrique Olivares Santana el secretario general. Corrían hacia ninguna parte los últimos años de los sesenta y los primeros dos de la nueva década. Por lo mismo asocio esos nombres con la sorpresa y el escándalo. Los nombres de los políticos, solo había priistas, seducían a mi padre y le habría gustado que su hijos, hombres y mujeres, se dedicaran a la política activa. Poder y dinero nunca podrán separarse, aunque digan lo contrario. 
En la casa de mi infancia se hablaba una y otra vez de Carlos Madrazo, presidente del PRI en 1964. Según mi papá y mi mamá, Madrazo habría sido asesinado en un accidente de aviación. En casa no iba bien la vida, todo se nos atravesaba y nos derrumbaba. Yo creo que mi papá estaba deprimido porque su hijo mayor estaba a punto de irse al fin del mundo, a Alemania, y además él quería abandonar la casa.
A veces viene a mi mente el nombre de Manuel Sánchez Vite, presidente del PRI en 1970, años de trifulcas caseras. Mi padre y el senador José Castillo Hernández, su amigo de toda la vida, armaban tremendos zafarranchos de trago y perdición. Yo tenía trece y mi papá cincuenta y tres. El senador Castillo quería ser gobernador de Guanajuato. Planeaban aquella gubernatura en la cantina desde la una de la tarde y luego, dicen las malas lenguas, se hacían acompañar por algunas suripantas. “Pérez”, le decía el senador a mi padre, “el alcohol lo conserva todo menos el trabajo”. Mentía. A Castillo nunca le faltó trabajo y la vida le concedió una muerte feliz durante el sueño. En cambio mi papá iba y venía bajo la tormenta del más absoluto desorden de su alma y su corazón enloquecido. Pinche Sánchez Vite.
Me fui de casa durante mi primera juventud y mi primer salario. Nunca me sentí más libre y más feliz. Echeverría y los suyos habían destruido al país y López Portillo iniciaba su propia demolición. Hice pareja y me fue bien. Por eso el nombre de Pedro Ojeda Paullada, presidente del PRI en 1982, me trae buenos recuerdos.
Termino: no espero nada bueno del PRI, no creo que pueda cambiar su fibra última de oscuridad y desarreglo originario. Algo más: nunca voté PRI, ni votaré.
rafael.perezgay@milenio.com
Twitter: @RPerezGay

martes, 1 de agosto de 2017

La perfección de Dunkirk y la grandeza de Christopher Nolan





La perfección de Dunkirk y la grandeza de Christopher Nolan



Dunkirk es la confirmación de que Christopher Nolan es lo mejor que le ha pasado a Hollywood en este siglo.


Por Arturo Aguilar / Fotografía Cortesía Warner Bros. Pictures

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Nadie ha hecho tanto por el cine de Hollywood durante lo que llevamos de este siglo como Christopher Nolan.

Su personalidad es la combinación perfecta para la meca del cine comercial: un tipo muy inteligente, con una mente curiosa que gusta de pensar en ideas interesantes alrededor de conceptos como el tiempo y los más diversos comportamientos de la mente humana; profundo conocedor de la historia del cine así como de su lenguaje y herramientas a detalle; pero además un amante y partidario total de la grandilocuencia del cine hollywoodense y de los blockbusters.

Es el director que mejor une dos mundos del cine usualmente vistos como contrarios: el artístico y el comercial.


Dunkirk es ejemplo de su particular proceso creativo y el funcionamiento de su mente prodigiosa. Como película, Dunkirk es una experiencia. Un envolvente tour de force de poco más de 100 minutos de duración donde todo está enfocado en incrementar una sensación inmersiva y un ejercicio plenamente novedoso para el espectador. Esto no nació con palabras en una página en blanco, si no como una serie de diagramas y de fórmulas y principios matemáticos que Nolan usó para concebir la estructura narrativa que le permitiera contar en una hiperdinámica y visceral historia, tres líneas de tiempo correspondientes a tres tramas del filme: una nos muestra una hora en el aire, otra un día en el mar y la tercera una semana en la playa.



Si las películas son conversaciones propuestas por sus directores, con temas, conceptos o ideas –algunos más evidentes que otros– puestos sobre la mesa para la discusión o reflexión colectiva, Nolan es sin duda uno de los directores de Hollywood más interesantes a escuchar. Un realizador, guionista y productor cuya conversación va hacia los terrenos de conceptos filosóficos, sociológicos y éticos.

A lo largo de su filmografía, Nolan ha dejado claro su interés por profundas y complejas introspecciones humanas a partir de historias sobre la memoria, los recuerdos y la venganza (Memento); los sueños, el insomnio, las obsesiones y las culpas (Insomnia e Inception); las fronteras entre lo real y lo fantástico, la competencia y la revancha (The Prestige); el sacrificio, el tiempo, la ciencia cuántica y la metafísica (Interstellar); sin olvidar esa mezcla de temas que se esconden detrás de su trilogía de El Caballero de la Noche (culpa, obsesiones, responsabilidad, sacrificio). Es innegable que se trata de un director muy cerebral e intelectual y no es casualidad que su compañía productora lleve como nombre Syncope, término médico referente a la pérdida de conciencia.

Además, cada nueva película suya es un salto importante hacia algo original, hacia un nuevo reto y experiencia, conceptual y cinematográfica. Nolan se aproxima al concepto y estructuras de sus películas como el ingeniero que diseña trucos de magia en The Prestige.



Sus experimentos con el uso del tiempo como una eficaz herramienta narrativa se remontan a sus inicios. Memento ponía al espectador en el lugar del protagonista gracias a la idea de contar la historia en una serie de secuencias presentadas en reversa, donde no conocemos lo sucedido, el contexto o la razón por la que estamos ahí… del mismo modo que lo vive el protagonista, un hombre con la incapacidad de crear memorias o recuerdos nuevos y quien debe armar ese rompecabezas de información –lo mismo que vive el espectador– para vengar la muerte de su esposa.

En The Prestige, Nolan también manipula la presentación de la información, que nunca es por completo cronológica. Inception va más allá y juega con los conceptos de la relatividad temporal a partir de los diferentes estados de sueño o conciencia en el que estamos. Esto lo retoma en Interstellar y con lujo de explicación científica real pone en primer plano la teoría de la relatividad y cómo los astronautas cercanos a un hoyo negro experimentan el paso del tiempo de manera distinta a aquellos en la Tierra.

Y así llegó a la creación del blockbuster atípico y perfecto: Dunkirk.

Esta película toma todos esos experimentos y los convierte en su versión más lograda, prolija y estilizada.



Dunkirk cuenta la historia del rescate real de casi 400 mil soldados ingleses (entre ellos un buen número de soldados franceses) arrinconados por la artillería y fuerza aérea nazi en una pequeña playa del norte de Francia en 1940. El punto de inflexión más importante desde la óptica británica durante la Segunda Guerra Mundial. De no haber sido rescatadas estas tropas (Churchill creía que con suerte recuperarían a 40 mil soldados), el curso de la Segunda Guerra Mundial seguramente habría sido otro e Inglaterra no hubiera tenido oportunidad de volver a pelear.

¿Por qué un blockbuster atípico? Porque Nolan es capaz de lograr lo aparentemente imposible en Hollywood. En este caso, hacer una película de guerra de proporciones épicas (como él necesitaba que fuera esta experiencia) sobre una batalla poco conocida, donde Estados Unidos no participa ni es protagonista, donde no se narra una victoria y además donde ni siquiera salen los antagonistas (los alemanes).

¿Por qué un blockbuster perfecto? Si entendemos al blockbuster de millonarios presupuestos como una oferta que debe ser sobre todo atractiva, cautivante, que emocione al espectador y explote las posibilidades y diferencias de una sala de cine frente a lo que ofrece un televisor o una computadora, en su búsqueda de esta experiencia grandilocuente y novedosa, Nolan se ha deshecho de cualquier elemento que no aporte directamente a lograr ese objetivo. En ese sentido, nada va a distraer al espectador de las tres intensas experiencias a través de las cuales muestra la complejidad humana y emocional y la igual de variada diversidad de reacciones y respuestas en una situación tan caótica, violenta y gigantesca. Ninguna reunión de militares y autoridades decidiendo estrategias en un cuarto de guerra, ningún drama familiar de padres, madres o novias preocupados por aquellos atrapados en una playa francesa o acercándose a la misma. No hay necesidad en explicar los antes y después, el por qué o cómo llegaron hasta ahí, el de dónde vienen o quiénes son. La única intención de la película es ponernos en el lugar de quienes viven esa experiencia en carne propia por minutos, horas o días.


Fotografía: Melinda Sue Gordon

Toda la atención del filme está puesta en replicar la experiencia de esos tres escenarios: el aire, el mar y la playa. Nunca dejamos de estar como espectadores en uno de esos tres escenarios. Nada hay en la historia que le quite ritmo y momentum. Que no esté pensado y puesto en pantalla para incrementar una sensación de suspenso en constante in crescendo. Las historias avanzan en ese sentido paralelamente, casi alimentándose en tensión, acción y ansiedad (de la mano de un diseño sonoro y un score musical que manipula nuestras sensaciones y ansiedades con maestría). Sin embargo, las tres historias tienen líneas de tiempo independientes, claramente señaladas al inicio del filme (una hora en el aire acompañando a un piloto de guerra; un día en altamar acompañando un bote que va al rescate de soldados en Dunkirk; y una semana en la playa acompañando a los soldados que buscan sobrevivir el asedio nazi y regresar a casa).

Y ahí el gran acto de magia cinematográfica: En la experiencia intensa y avasalladora que es la película es completamente invisible el truco con el que entrelaza estas tres historias, las hace avanzar constantemente y trabajar en conjunto a pesar de ser 3 tiempos y duraciones distintas, que en momentos clave se cruzan.

Christopher Nolan le da razón de ser a la máxima de que las películas se deben ver en el cine.


Fotografía: Melinda Sue Gordon.

En la era del streaming y de los amplios catálogos virtuales de cine y televisión al alcance de un clic, Nolan le da verdaderos argumentos y razones a su público para que sus películas sean vistas en el ritual de la sala de cine. No se trata solamente de evocar la experiencia colectiva y social de asistir al cine, de la sala oscura y la imponente pantalla que domina por completo la atención del espectador.

Nolan está interesado en que sus películas sean experiencias únicas y novedosas que aprovechan el formato de la sala de cine para darle algo nuevo al espectador. Está interesado en reinventar el uso de las diferentes herramientas a su disposición y de lenguaje que se usa para contar historias en cine, para llevar al público (y al cine) a nuevos terrenos. Y lo está logrando.

A la par, Nolan sigue su curiosidad artística. Una que le permite no repetirse sino seguir buscando algo distinto, algo nuevo que proponer, que contar… y a la vez dar rienda suelta a sus curiosidades, a sus preguntas, a lo que viene hilvanando, como es evidente, a lo largo de su filmografía.


Fotografía: Melinda Sue Gordon.

David Bordwell, el notable académico de cine, publicó en 2013 un libro sobre esta idea, Christopher Nolan, a Labyrinth of Linkages, en el cual analiza a profundidad y a detalle la forma en que los filmes de Nolan se alimentan y hablan entre sí, temática o narrativamente, además de explorar su avanzado entendimiento del montaje-edición, su preferencia por los efectos prácticos sobre los efectos de computadora al hablar de efectos especiales y de la innovación tecnológica inherente a sus proyectos.

Esta combinación de propuesta artística y total dominio técnico del aparato industrial y del lenguaje cinematográfico permiten ver a Nolan compartir características y seguir de cierta manera los pasos de otro grande de la historia del cine. Uno de los más grandes de todos los tiempos: Stanley Kubrick.

Al igual que Kubrick, Nolan ha demostrado ser capaz de moverse eficiente y exitosamente entre géneros. Del suspenso a la ciencia ficción pasando por el cine de superhéroes (un vital género para la industria hollywoodense actual) y llegando al cine épico y al cine de guerra. También es un apasionado y obsesivo de la parte técnica del cine, no solo hablando de su predilección del celuloide sobre digital para filmar, sino su entendimiento y uso de lentes y cámaras (lo que está haciendo con cámaras IMAX asemeja a los logros técnicos de Kubrick con los lentes usados para filmar Barry Lyndono el uso de la retroproyección en proyectos como 2001: A Space Odissey). También como Kubrick, Nolan lleva total control de la mercadotecnia y publicidad de sus filmes, y suele estar muy involucrado con cómo debe “venderse” una película al público, qué le debe decir u ofrecer el estudio para llevarlo al cine y hacerlo pagar un boleto.


Fotografía: Melinda Sue Gordon.

Nolan le saca provecho de manera integral a los diferentes elementos del lenguaje cinematográfico: de lo visual a lo sonoro, todo lleva una atención detallista y perfeccionista.

Entre más conozcan a profundidad diferentes aspectos de la realización cinematográfica (del diseño sonoro al montaje preciso y estudiado cual fórmula matemática pasando por estructuras narrativas con múltiples líneas de tiempo totalmente bajo control y un lenguaje visual que se deshace de cualquier lastre en forma de diálogo o de explicaciones) más sorprendidos estarán con lo que ha logrado.

Su conocimiento de la historia y evolución del medio con el que trabaja es tal que en lo visual y narrativo, dos conceptos con los que Nolan trabaja a detalle, sus influencias para esta nueva película pasan por la eficacia del cine mudo de inicios del siglo pasado, el nivel de suspenso es de una maestría al nivel de Hitchcock (hay claras referencias a Foreign Correspondent y Lifeboat) y el retrato de la guerra y de soldados tan brutal y compleja como The Wages of Fear de Henri-Georges Clouzot.

Christopher Nolan está en un muy particular e interesantísimo camino de auto-superación e innovación fílmica tras la idea de reinventar la experiencia de una película en una sala de cine.

Un camino que parece ir tras los pasos de grandes como Kubrick o Hitchcock cuando en cada nuevo filme (en géneros distintos y con intenciones diferentes en cada ocasión, como Kubrick) busca algo totalmente nuevo: satisfacer una necesidad profundamente personal de empujar las fronteras de cómo se cuentan historias en este medio y cómo se concibe y vive una película.

Si quieres saber más sobre la batalla de Dunkerque, descarga gratis el primer capítulo de Dunkerque: la historia que inspiró la película.

El amor a los animales

01/08/2017 12:01 AM


A Timothy Treadwell, el de Grizzly Man, le costó ser devorado por osos hambrientos que no, siempre no fueron sus amigos. Pero Tim no era un hombre cuerdo. La verdad es que ni la brillante Jane Goodall fue inmune al virus. Nadie sabe más sobre los chimpancés que ella, la más famosa de las primatólogas (os). Así y todo, le tomó tiempo darse cuenta de la verdad: que los chimpancés, lejos de constituir una comunidad idílica, hecha toda de amor y solidaridad, eran también seres violentos, capaces de emprender campañas de exterminio contra especies más débiles, o de prolongar durante años una guerra dentro de la misma especie de la que no quedaban exentos ni en canibalismo ni en linchamiento.

El virus es el de filia delirante por los animales, el amor desmedido. Hierven las redes sociales de videos con gente que le rasca la pancita a un toro de lidia o se besa con un león. De lo que se trata es de demostrarnos que son seres tiernos, amorosos, dulces. Ajenos a la violencia. ¿Neta? ¿De veras es necesario ñoñizar así a la naturaleza, convertirla en una fábula edulcorada, reinventarla como un mundo pacífico e indoloro, para convencernos de que debemos respetarla, convivir decentemente con ella? Vivimos un extendido empobrecimiento de nuestra cosmovisión, de nuestra lectura de un mundo que, da pena recodarlo, en realidad es complejo, contrastante. No se trata de entrar en retóricas darwinianas simplonas. Tampoco, de convertir toda la vida salvaje en una historia de unicornios rosas.

Si nuestra mirada del mundo no domesticado es así de ramplona, ni hablar de los llamados animales de compañía. Cada uno con sus certezas. Eres libre de creer que tu perro lee tus emociones como nadie, es bueno como un santo y puede leer a Dostoyevski —y no poca razón tendrás. El problema es que como consecuencia no sólo tratamos a las mascotas como niños: las tratamos como niños malcriados, esos a los que dejas olvidados por horas para luego contrapesar culposamente el abandono con una tolerancia ridícula a sus impulsos. La epidemia de ladridos, mierda en las calles, restaurantes en los que no puedes estar porque a alguien le parece muy normal que su perro esté jodiendo en tu mesa, para no hablar de los ataques reiterados de los “peludos” (de veras, ojalá ya no los llamaran así), es en buena parte consecuencia de esa lectura del mundo.

Goodall es tan famosa por lo que sabe de los primates como por lo que entendió de los humanos a través de ellos. Los animales son fascinantes por lo que dicen de nosotros. Lo que dicen es de pena ajena.

lunes, 24 de julio de 2017

Un niño de 10 años muere por sobredosis de Fentanilo en Miami


CONSUMO DE DROGAS

Un niño de 10 años muere por sobredosis de Fentanilo en Miami

Las autoridades confirman que el menor es una las víctimas más jóvenes de la crisis de los opiáceos en Estados Unidos

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SANDRO POZZI

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Nueva York 19 JUL 2017 - 03:24 CDT
La fiscal Katherine Fernandez Rundle en rueda de prensa MARIO HOUBEN AP


Alton Banks murió el pasado 23 de junio en su casa en Miami. Tenía 10 años. Ahora las autoridades en Florida confirman que estaba intoxicado con el potente calmante Fentanilo. Eso le convierte en una de las víctimas más jóvenes de la crisis por el abuso de opiáceos en los Estados Unidos. Los expertos en toxicología advierten de que la droga tiene tal poder que puede ser fatal con solo respirarla o por el contacto con la piel.

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El niño empezó a vomitar al llegar a casa tras ir a la piscina en el barrio de Overtown, uno de los más castigados por la epidemia de los opiáceos. Los padres lo encontraron inconsciente en su habitación. Los servicios de emergencia lo llevaron al hospital, pero fue demasiado tarde. Los investigadores llevan tres semanas tratando de recomponer las piezas de lo que pasó ese día fatal. Sí descartan que tuviera contacto con la droga en su casa.

La fiscal Katherine Fernández Rundle habló esté martes en público, buscando algún tipo de pista que permita determinar cuándo Alton Banks estuvo expuesto a la droga. “Estaba jugando en la calle, como querríamos que hiciera cualquier niño”, comentó, “esperamos con ansia que alguien de un paso al frente y nos ayude a resolver esta terrible muerte”. El caso, añadió, es inusual por su naturaleza.

El equipo que dirige Rundle cree que el niño estuvo expuesto a la droga en la piscina o volviendo a casa. El año pasado se registraron cerca de 300 muertes en Miami por sobredosis vinculadas al Fentanilo. El opiáceo es tan potente, que los departamentos de policía alertan a los agentes sobre el riesgo de entrar en contacto directo con la droga y hay casos de perros policía que enfermaron tras olerla en redadas.

“Pudo ser por tocarla simplemente. Podía haber estado en la toalla de la piscina. Simplemente no lo sabemos”, admitió resignada la fiscal. La familia de Alton Banks fue informada sobre las causas de la muerte hace unos días, cuando las pruebas de toxicológica confirmaron la presencia del Fentanilo en la sangre del niño. La madre del menor contó esta semana al Miami Herald que quería ser ingeniero.

La piscina de la comunidad está a solo tres manzanas andando de sus casa. Pete Gómez, del departamento de bomberos de Miami, señala por su parte que el barrio de Overtown está viviendo una espiral en los casos de sobredosis. Es un vecindario pobre y con alto índice de criminalidad. Los vecinos pensaron al principio que enfermó porque tragó agua. Ahora no pueden creer que muriera de esta manera.

El calmante Fentanilo es un opiáceo que se usa desde hace décadas en los tratamientos de pacientes de cáncer y para los dolores severos. Es hasta 100 veces más potente que la morfina. Esta droga sintética es la antesala a la heroína y los traficantes incluso la mezclan, en un cóctel letal. Es la misma plaga que mató al cantante Prince y al actor Philip Seymour Hoffman, las dos caras más visibles de esta pesadilla.

jueves, 13 de julio de 2017

Relatos Salvajes: ‘Los Zetas’ creyeron que estaba muerta; ella hoy cuenta su pesadilla



‘Los Zetas’ creyeron que estaba muerta; ella hoy cuenta su pesadilla


Todo comenzó en Nuevo Laredo, Tamaulipas, a finales de 2011. Norma no olvida la fecha. Y con los detalles le escurren las lágrimas.




Julio 12, 2017 10:42 pm

Por Melva Frutos


Cuando Norma Mendoza López fue detenida y trasladada al penal de Nuevo Laredo, Tamaulipas, pensó positivamente: todo saldrá bien, las cosas se aclararán y no tardará en salir libre. Pero no. Todo se convirtió en una pesadilla extendida. Y duele. Los recuerdos duelen.


Dentro de la camioneta que recorría las calles de Nuevo Laredo, el militar que iba junto a ella le ordenó que se agachara; justificó que le podrían dar un balazo si se enteraban Los Zetas de su traslado. Ella sólo se recargó en la puerta. Molesto, el militar le ordenó que se acostara boca abajo, ella cree que para poder verle las nalgas.


Al llegar a la zona de ingreso del penal, seguía confiando en que todo se trataba de un mal entendido. Pensó que sería liberada inmediatamente.


Pasaron los minutos. La ansiada liberación no llegaba. Sentada sobre una camilla del área de enfermería, no pudo contener las lágrimas que le brotaban y se escurrían por sus mejillas.


Cuando esperaba que el médico terminara de revisar a sus amigos, escuchó una voz tras una puerta: “Ya llegaron unos nuevos”. Entonces comenzó a llenarse el espacio y al poco tiempo ya había más de diez personas en la habitación.


Los recuerdos de Norma siguen brotando: “Llegó con ellos una que le dicen Mireya ‘Tongolele’. Nunca se me va a olvidar, porque me agarró de los pelos y me llevó a donde estaba el consultorio del doctor y me empezó a cachetear y me dijo ‘eres de Reynosa, eres una mugrosa’. Yo estaba espantada”.


Sobre su cabeza sintió la pesada mano de un hombre al que describe como alto y gordo, con toda la dentadura cubierta con… ¿oro?.


Él la tomó del pelo y la sacó a un corredor donde hay una malla ciclónica que dirige a la zona de carpintería.


La cara de Norma fue oprimida a la protección metálica durante todo el trayecto en el lugar donde durante los siguientes ocho días, sería lo más parecido a una sala de tortura.


En ese lugar ya estaba Manuel. Alrededor de siete internos lo golpeaban hasta el cansancio.


A sus 32 años, Norma, de piel aperlada y ojos color café, conserva un aire jovial. Ya pasaron siete años de su “pesadilla”, pero sigue esperando justicia por todo lo que vivió a manos de miembros del crimen organizado, en complicidad con las propias autoridades estatales y federales.


Y, pese a todo, parece no haber perdido el júbilo con el que vivía en 2011, cuando conoció a Manuel en Reynosa.


Él la invitó a pasar dos días con él en Nuevo Laredo. Aunque su madre le pidió que no fuera, ella creyó que le venía bien divertirse un poco.


En 2011, Norma trabajaba toda la semana como secretaria en un despacho de abogados y después de que su marido la dejó -tras nueve años de matrimonio y con cuatro hijos pequeños que mantener-, quería una nueva oportunidad en el amor. Le hizo caso a su pretendiente pese a los consejos de su madre.


Se hospedó con Manuel en un hotel y cuando pasó junto a la alberca, un grupo de hombres le gritaron que se bañara con ellos. Los ignoró y siguió su camino hacia una tienda Walmart.


Regresó un par de horas después, pero en la habitación no sólo la esperaban Manuel y su amigo Ricardo: también había cuatro hombres vestidos de militares.


“Ya tenía mis credenciales y tarjetas del banco. Me dicen ‘ya la estábamos esperando’”.


“Me senté, estuve como media hora. Llegaron dos más vestidos de civil con pantalón azul, suéter negro y encapuchados; con computadoras. Me empezaron a hacer preguntas y yo contestaba”.


Uno le soltó a otro: “ella está limpia”. Pero los elementos militares se llevaron a los tres.


Los había conocido apenas un mes atrás y ese sábado, 12 de noviembre 2011, quedó grabado en su mente hasta ahora.


En la Séptima Agencia del Ministerio Público estuvieron detenidos por dos días.


Ahí reconoció a uno de los mandos como parte del grupo de hombres que la invitaron a “convivir” con ellos en la alberca, cuando le dijo que si se iba con él quince días, la dejaba libre.


Brotan más recuerdos:


-Yo no tengo por qué irme con usted, si yo no he hecho nada. Yo de aquí salgo porque no hice nada. No tiene por qué detenerme si no trae ninguna orden de aprehensión y me están sacando de un hotel-, puntualizó ella.

-Pues entonces aquí te vas a quedar detenida por apretada. Ayer que pasaste por la alberca te estuvimos hablando y no nos hiciste caso.


En su declaración frente a su abogado de oficio, no pusieron nada de lo que Norma dijo. Al contrario, querían que firmara que ella había declarado que fue detenida como halcona -un término usado en México para los que hacen el ‘trabajo’ de vigilantes del narco- y porque supuestamente portaba aparatos de comunicación, así como 3 mil 200 de pesos. Norma se negó a firmar rotundamente.


“Ésta te salió fierita”, comentó la que redactaba en el MP al abogado, quien estaba parado frente a ella sin decir nada.


“Le dije ‘¿y usted quién es?’, y ella dijo: ‘es tú abogado’, no pues le dije que él estaba ahí para defenderme, no para acusarme, y si va a estar así, mejor ni hable”.


En el expediente 178-2011 de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tamaulipas se describe a la Secretaría de la Defensa Nacional como el denunciante, por el delito de “atentados contra la seguridad de la comunidad. Probable Responsable (s): Juan Manuel Ibarra y Otros”.






A Norma no la dejaron hacer llamadas y le advirtieron que no tenía derecho a nada.


El lunes 14 de noviembre por la mañana le dijeron que ya ‘se iba’. Y ella pensó que se referían a que por fin podría volver a casa.


Pero le pusieron de nuevo las esposas, la subieron a una camioneta custodiada por militares y la llevaron al Centro de Ejecución de Sanciones (Cedes).


Cuando era golpeado por los internos, miembros de Los Zetas, en el taller de carpintería, Manuel trataba de desligarla de todo.


Les decía que ella no tenía nada que ver, que era inocente. Incluso, la insultaba, para que sus verdugos no creyeran que era una persona importante para él y la dejaran al margen de la situación.


Al ver la tortura a la que lo sometían, Norma cayó en cuenta que a su entonces pretendiente lo acusaban de pertenecer al Cártel del Golfo.


“A mí me temblaban las piernas y cuando preguntaron quién era yo, Manuel empezó a decir cosas feas mías, dijo: ‘esa es una que nos trajimos de Reynosa, es una cualquiera, pero ella no tiene nada que ver en esto, déjenla’”.


Norma traga saliva con los recuerdos que siguen fluyendo. Contiene las lágrimas y se le quiebra la voz al ver a su madre escuchándola.


“Tú deberías de salirte de aquí”, le recomienda durante la entrevista con esta reportera. Era de uno de esos consejos de hija a madre, en busca de que ésta no tenga un mayor sufrimiento. Porque la herida no sana. Y duele. Hasta el recuerdo duele.


La madre de Norma ha sido fuerte desde el primer día en que no supo dónde estaba su hija; sin embargo no conocía ciertos detalles del suceso.


Norma había preferido mantenerla al margen de los detalles crueles.


Pero los recuerdos siguen fluyendo:


Dos sujetos la tomaron de los hombros. Uno de cada uno. Le bajaron los pantalones, la ropa interior y otro le propinó los primeros quince tablazos en las nalgas, piernas y espalda.


Pese al dolor y el miedo, ella seguía de pie.


“Me decía el muchacho, ‘tírate al piso’. Yo no me tiraba, le dije: ‘¿para qué, para que me levantes de otro golpe?’”.


Querían que confesara ser parte del Cártel del Golfo. Fueron turnos de 15 tablazos durante horas. Horas, no minutos. Cuando al fin soltaron la tabla, se dedicaron a abusar sexualmente de ella. El final de la tortura y el abuso lo recuerda ya de madrugada. Cree que eran las 2 o 3 de la mañana del día siguiente.


“Hay algo que recuerdo bien. Cuando estaba parada y ya traía el pelo suelto, estaba con la cabeza agachada, eso fue ya en la noche, yo creo que ya estaban pensando en violarme y le dice uno al otro ‘dile que te la chupe güey’.


“El muchacho estaba sentado y nomás me le quedé viendo, bien enojada, y le dijo ‘no, ya viste cómo me está viendo. Si se la meto me la arranca’. Yo no le quitaba la mirada de encima”.


Ya de madrugada fueron dos mujeres por ella. Eran Rubí y Damaris, quienes decían ser las “encargadas” del área femenil.


Para entonces, Norma sangraba de los glúteos, la espalda y las piernas, pero ellas no se compadecieron y la seguían golpeando. La desnudaron y le robaron su ropa. Y la aventaron en una celda inmunda, donde la llegaban a alarmar después con los típicos baldes de agua fría.


Recuerda que le arrancaron las uñas y le quemaron el cuerpo con cigarros. No podía caminar, y a rastras la hacían que fuera a limpiarles su celda.





“Tenía como cinco días sin comer y me preguntaron que si tenía hambre y para mi mala suerte iba pasando una cucaracha. Me hicieron que la masticara, se me salían las lágrimas del coraje”.


Una noche se la llevaron a un salón donde tenían computadoras; ahí estaba Manuel, aún más herido que ella.


Le mostraron fotos de rostros de hombres. Le preguntaron si los conocía, ella lo negó, entonces le apuntaron con un arma, cortaron cartucho.


Entonces pensó que estaba viviendo su último minuto de vida. Pero no lo fue.


“Pensé ‘Dios cuida a mis hijos’”, dice ahora entre lágrimas.


En aquel momento a través de radios avisaron de la entrada de los “negros” (policías estatales). Y la devolvieron a su celda para continuar el martirio al que las reclusas la sometían diariamente.


*****


El 21 de noviembre de 2011, una convicta alta y corpulenta la levantó del catre en el que yacía, la tiró al piso y agarrándose de dos barrotes, tomó vuelo hacia arriba y se dejó caer sobre su frágil cuerpo.


Fueron diez veces las que cayó encima de su estómago, hasta que se rindió y la dejó mal herida. Los siguientes minutos Norma vomitó sangre hasta que llegó una custodia a ver si estaba viva.


Después de perder el conocimiento, despertó cinco días después en la Clínica La Fe, de Nuevo Laredo.


La información médica es contundente: le quitaron una cuarta parte del hígado, le extirparon la vesícula, la atendieron de múltiples fracturas, incluyendo de costillas; tenía hemorragia interna e inflamación cerebral.


Tiempo después se enteró de la gravedad: la habían dado por muerta desde que la sacaron del penal.


Dos celadores la llevaban a la morgue. En el traslado uno de ellos escuchó un leve quejido y le dijo al otro: “Ésta no va muerta”.


En la clínica La Fe los médicos trabajaron durante horas con un solo fin: salvarle la vida a Norma.


El 4 de diciembre de 2011, fue sometida a una cirugía en la que le retiraron la piel muerta que tenía en la espalda, glúteos y piernas.


Desde entonces ha sido intervenida 14 veces, dos con tratamientos de células madre y algunas cirugías plásticas para la reconstrucción de su cuerpo.


Su familia se enteró que la habían arrestado porque llamaron a su padre para informarle, cuando ya había pasado más una semana.


Su madre y su hermana vivieron un viacrucis tratando de ubicarla en el penal y en los hospitales, hasta que después de quince días, por fin los directivos admitieron que estaba internada.


Por orden de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, se inició el trámite para que le fuera declarado el Protocolo de Estambul.


Dicho sistema es una guía que contiene las líneas básicas, con estándares internacionales en derechos humanos, para la valoración médica y psicológica de una persona que se presuma o haya sido víctima de tortura o algún mal trato.


Para ser declarado, Norma fue sometida a una minuciosa valoración médica y psicológica, durante seis horas diarias en un lapso de ocho días.


“El psicólogo me pidió que le contara todo. Me agarré llorando. Recuero que cerré los ojos y le dije todo. Para cuando terminé de contar y abrí los ojos, estaba en el rincón del cuarto tirada en posición fetal y él sentado a un lado mío. Me levantó y me dio un abrazo fuerte. Me dijo: no necesito ver más”.


Semanas después fue certificada como la primera mujer mexicana viva y torturada en 2011, a quien se le entregó el Protocolo de Estambul.


El 14 de enero de 2015, luego de más de tres años de la querella legal, fue absuelta y puesta en libertad.


Hoy está de nuevo junto con sus hijos y sus padres. Y encontró una nueva oportunidad en el amor.


Aunque aún necesita más intervenciones quirúrgicas -que podrían ocupar todo su tiempo y mente-, Norma no deja de buscar la justicia. Por ahora tiene planeado demandar a la Sedena.


Manuel murió en el penal de Nuevo Laredo, oficialmente de un “paro cardiaco”. Ricardo aún está recluido pero se desconoce en qué condiciones.


*Edición: Gustavo Sánchez/AN