miércoles, 4 de abril de 2018

Coahuila, víctimas, candidatos




Eduardo R. Huchim

04 Abr. 2018


Para Robert H. Cobean, caballero y arqueólogo, en sus 70.

Mientras la extraviada clase política se sumerge en una campaña electoral que, disfrazada, comenzó hace meses, México vive una historia de violencia exacerbada que a fuer de repetirse parece haberse convertido en cotidianidad que aterroriza a una parte de la población, mientras otra gran parte vive en la ajenidad, y ahí seguirá, bajo el riesgo de que un día la dura realidad la envuelva con su cauda de atrocidades.

Pero es necesario no acostumbrarse. La normalidad no es, no puede ser la cuenta diaria de ejecuciones, secuestros, desapariciones. La normalidad no es, no puede ser la barbarie que aquí cabalga a galope tendido. La normalidad no es, no puede ser la violencia que aterra a varios estados del país donde señorea la muerte violenta.

Entre esos estados dolientes está Coahuila, que ha vivido dos episodios terribles: el de Allende y el del penal de Piedras Negras. En Allende y pueblos cercanos, la brutalidad de sicarios del narcotráfico victimó a familias enteras que fueron blanco de la venganza de los Zetas. Y el otro caso milita en lo inverosímil: el dominio total que entre 2009 y 2012 tuvo el grupo Zetas en el penal de Piedras Negras, convertido en su centro de operaciones.

Dice El Yugo Zeta, documento de trabajo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México:

La prisión de Piedras Negras "era clave para la organización Zeta porque, a) era un refugio seguro para los jefes Zeta que deseaban esconderse de los federales fuera de la nómina criminal; b) les servía para obtener ingresos vendiendo drogas, refrescos y chicharrones, cobrando cuotas por el uso de las celdas y rentando los cuartos utilizados para la visita conyugal; c) les proporcionaba un lugar discreto y seguro para instalar los compartimentos secretos en los automóviles que llevarían drogas a Estados Unidos; d) servía de base para reclutar sicarios; y, e) era un centro para confinar temporalmente a los secuestrados y para torturar, ejecutar y desaparecer cadáveres".

En el "Foro Coahuila. Reflexiones y desafíos", celebrado el 22 de marzo en Torreón y organizado por seis agrupaciones de la sociedad civil, Jacobo Dayán, coautor con el incansable Sergio Aguayo del mencionado documento, describió al penal de Piedras Negras como "un campo de exterminio subsidiado por el Estado". Muchas veces se asesinaba a las víctimas fuera de la prisión y luego las llevaban ahí para quemarlas en un tanque de diesel, y en otras ocasiones llegaban vivas y en el penal las asesinaban de un martillazo en la cabeza o un tiro en la nuca.

Y todo ello -que cesó cuando los más de 100 Zetas se fugaron del penal- sucedía con conocimiento de las autoridades estatales y difícilmente podía ser ignorado por las federales.

Lo aquí narrado es un ejemplo, pero las atrocidades en el contexto de una irracional guerra antinarco se cometen en demasiadas partes del país. Ahí la conversación, sea en campus universitarios o en cenas familiares o reuniones de café, invariablemente llega a ese tema. Siempre habrá alguien que recuerde a un hermano, un sobrino, un hijo o un amigo que fueron levantados y nunca aparecieron. Sobrecoge el ánimo ver -o escuchar- a los familiares de desaparecidos que, pala en mano, recorren hectáreas y hectáreas en busca de fragmentos humanos. Recuerdan a Sabines: Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.

Las campañas han empezado y ninguno de los candidatos presidenciales debiera abstraerse de la tragedia humanitaria que está ocurriendo en México. Por ello, por la sangre derramada, por el dolor de los familiares, por la memoria de las víctimas, no pueden, no deben los cuatro candidatos presidenciales ignorar el llamado de Viernes Santo del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, para asistir a un encuentro público con las víctimas.

¿Tendrán los cuatro candidatos capacidad para deponer transitoriamente sus diferencias y acudir a un llamamiento formulado desde el dolor y el horror? Por lo pronto, un buen indicio es que uno de ellos, Ricardo Anaya, ha aceptado la invitación.

Y por supuesto, si ese encuentro se materializara, cabría esperar que los cuatro renunciaran a todo intento de proselitismo y propaganda. Lo contrario sería ofender y aumentar el dolor de las víctimas.


@EduardoRHuchim

martes, 3 de abril de 2018

La crisis política en EU es real... y empeorará

El daño que está haciendo la presidencia de Trump al interior de su propio país difícilmente puede ser más dramático; el diálogo entre los que lo apoyan y sus opositores es inexistente, y el odio entre los principales grupos políticos es palpable.

03/04/2018 01:03 AM

México

Hay dos cosas que a menudo nos decimos para evitar el pánico y tratar de afirmar una sensación de normalidad: las instituciones en Estados Unidos son lo suficientemente fuertes para aguantar a un presidente con tendencias antidemocráticas, y la relación bilateral entre México y Estados Unidos no está tan mal. Desafortunadamente las dos afirmaciones son falsas.

Estados Unidos vive una crisis política jamás antes vista en la historia moderna del país y las consecuencias de la presidencia de Donald Trump tendrán un efecto negativo que impactará en la capacidad de EU de ejercer liderazgo a escala global.
Esto en sí mismo es una mala noticia para México, su vecino.

El daño que está haciendo la presidencia de Trump al interior de su propio país difícilmente puede ser más dramático. El diálogo entre los que apoyan a Trump y sus opositores es inexistente, y el odio entre los principales grupos políticos es palpable.

La más reciente controversia tiene que ver con los planes para llevar a cabo el censo nacional, una herramienta sumamente útil tanto para el sector público como privado. Pues resulta que Wilbur Ross, el secretario de Comercio, anunció que el censo de 2020 incluirá una pregunta sobre la ciudadanía del encuestado, algo que puede alterar las cifras del censo, dado que los indocumentados muy probablemente opten por no contestar por miedo a ser deportados.

Doce estados han declarado su intención de demandar al gobierno federal por violar la Constitución, la cual obliga a contar a todos los residentes, independientemente de su situación legal.

El propósito del censo es tener un conteo fidedigno de la población, el cual sirve para definir el número de representantes a escala estatal para el Congreso.

El censo sirve también para determinar la asignación de fondos federales a los estados. “Esta es una iniciativa ilegal de la administración Trump que subestimará a la población y pondrá en riesgo los fondos federales para nuestros estados y ciudades”, afirmó Maura Healey, procuradora general de Massachusetts.

Por otra parte, la tensión racial en Estados Unidos va de mal en peor. Hace 15 días la policía de Sacramento mató a sangre fría a Stephon Clark, un hombre afroamericano de 22 años de edad que se encontraba en el jardín de su abuela y que no iba armado; la autopsia muestra que recibió ocho impactos de bala, la mayoría en la espalda. Trump no es directamente responsable de esta tragedia, pero su respuesta poco sensible ante estos incidentes que azotan con frecuencia a la comunidad afroamericana en nada ayuda.

Su insistencia en cuestionar el patriotismo de los jugadores de la NFL que se hincan durante el himno nacional en protesta a la violencia policiaca ha aumentado la tensión a niveles que no se veían desde la lucha por los derechos civiles en los años 60.

El 4 de abril se conmemorará el 50 aniversario del asesinato de Martin Luther King Jr., un día mucho más sombrío que la celebración de su nacimiento que se lleva a cabo cada enero, y que desgraciadamente en el contexto actual es de suma relevancia.

En cuanto a política exterior, estamos presenciando un verdadero desmoronamiento del Departamento de Estado, no solamente por las políticas de Trump, sino también por la insistencia del Partido Republicano de que hay que disminuir drásticamente el tamaño del gobierno federal.

Según esta lógica, la relación con el mundo debería limitarse a pocos temas y en los términos que establece Estados Unidos bajo la lógica de “América Primero”.

El ahora ex secretario de Estado, Rex Tillerson, servilmente implementó esta política —para luego recibir una patada en el trasero por parte del propio Trump— y en muy poco tiempo logró minar a la institución, generando un éxodo masivo de los talentos diplomáticos más importantes del país.

Respecto a la relación con México, la falta de respeto que ha mostrado el presidente Trump hacia el pueblo mexicano no es un asunto menor.

El miedo que ha generado entre la comunidad de mexicanos que viven en Estados Unidos es imperdonable, y la insistencia en construir un muro en la frontera sur del país es un insulto; si los estadunidenses quieren malgastar el dinero del erario público es asunto de ellos, pero lo que no podemos permitir es que EU insista en que México pague por el muro.

Según el Pew Research Center, los mexicanos entienden esto muy bien: 65% tienen una mala opinión de EU, el doble que hace dos años, y 94% rechaza el muro.

Ha transcurrido poco más de un año desde que Trump llegó al poder, y ya ha hecho un daño enorme a la reputación de su país y a sus instituciones.

Lejos de suavizar su estilo, tras varios despidos y denuncias, Trump ahora se encuentra rodeado de gente aún más radical, como es el caso del nuevo secretario de Estado, John Bolton.

Observar el caos en Washington, DC ofrece una lección importante respecto a lo frágil que es la democracia.

En el corto plazo la única esperanza es que el partido del presidente Trump pierda la mayoría en el Congreso en las elecciones en noviembre, y así tratar de contener a la Casa Blanca.
Sin embargo, los próximos siete meses estarán plagados de minas en los ámbitos doméstico e internacional. Sin duda, se avecinan meses difíciles.

*CEO México Speyside Corporate Relations.

PARADA DE POSTAS La libertad del diablo por Gabriela Warketin



En un México en el que arrancan las campañas electorales, me gustaría escuchar de los candidatos un nosotros


GABRIELA WARKENTIN DE LA MORA
2 ABR 2018 - 23:52 CEST


¿También los niños suplican? “No, ellos no, ellos no saben, nomás se hincan y dicen qué está pasando, qué está pasando. Y ahí es cuando mueren”. Habla un hombre joven, tal vez no mucho mayor a aquellos niños a los que ha asesinado. ¿Qué cambió en ti la primera vez que mataste a un niño?, pregunta una voz de fondo. “Lo primero que cambió fue mi cara, se me llenó de remordimiento”. Y una no sabe si creerle. Aunque tampoco importa.


Cuando caen los créditos respiramos un poco, nos acomodamos. Me observo en la recuperación de mis pedazos anímicos, en la revisión discreta de mi tensión. Y hasta entonces te atreves a mirar al de junto. Poco a poco. Está cabrón, ¿no? Sí, está cabrón.

Everardo González sabe hacer de la realidad su lienzo. Le he visto otros y también extraordinarios documentales, pero La libertad del diablo (estrenada hace unos días en México) es además un golpe seco al estómago. Y a la vez es una narrativa compasiva, un duelo visual y con silencios. En planos muy cercanos discurren frente a nosotros hombres, mujeres, niñas, niños; víctimas, sicarios, militares, policías; todos.

Víctimas y victimarios, víctimas y victimarios, víctimas y victimarios.

Cubiertos con una máscara similar a la que usan los pacientes que se recuperan de quemaduras (aunque fabricadas con un material poroso porque González quería que se filtraran lágrimas, mocos y salivas), las personas miran a la cámara para narrar sus desventuras. O solo para mirar. Ahí están las jovencitas que vieron cómo se llevaban a su madre que se entregaba para salvarlas. Está otra madre que llora a través de su máscara mientras se despedaza frente a la cámara por el viacrucis de buscar a sus hijos entre el maltrato de las autoridades. Aparece el muchacho quebrado que cuenta cómo se mete a delinquir para llegar con los jefes que le puedan decir dónde están sus hermanos. O el otro que narra cómo es torturado, violado por hombres y mujeres policías. Están el militar y el policía, y otros hombres oficialmente armados: cada uno desde su miedo repite atrocidades cometidas, cuerpos enterrados y remarca con un “estás aquí para cumplir una orden, una orden, una orden”. Y luego los sicarios, esos muy jovencitos que platican cómo se inician en lo de matar. Uno de ellos, vestido con suéter y camisa de adolescente escolar, cuenta el momento de abatir a un hombre en un balcón de la capitalina colonia Roma: ¡pam, pam, pam!, parece que está jugando. El otro de los sicarios se detiene unos segundos para contestar. ¿También los niños suplican? “No, ellos no, ellos no saben, nomás se hincan”.

Un cine físico, una máscara que los iguala, un plano en donde esas víctimas y esos victimarios terminan no siendo tan diferentes en su tragedia, una sucesión de mexicanos desechables, un nosotros. ¡Vaya atrevimiento de Everardo González!

Cuando en agosto de 2010 se encontraron en Tamaulipas, al norte de México, los cuerpos de 72 migrantes indocumentados asesinados, escribí que como mexicanos deberíamos sentir una enorme vergüenza por lo sucedido. Las reacciones fueron iracundas: “¡No aplica el nosotros!, ¡yo no maté a nadie!”. Fracasé entonces porque no logré explicar que hablar desde un nosotros, distinguiendo acción de compasión, permite el reconocimiento contextual de sucesos estructurales: reconocer para reconstruir. Y convoca la anhelada empatía. Hoy que salgo de ver la extraordinaria película de Everardo González y que estoy en un México en el que arrancan las campañas electorales, me gustaría escuchar de los candidatos un nosotros, una necesaria implicación empática para encontrar mejores y más creativas maneras de humanizar la reconstrucción anímica del país. No minimicemos los tiempos azarosos que vivimos, decía el jurista Jorge Carpizo. Y sí, no los minimicemos.

¿Qué le harías a los que te hicieron daño?, le preguntan a una jovencita que mira firme tras su máscara. “Yo creo que ni perdón ni olvido”, dice, “yo les haría sentir miedo, hacerles saber que soy dueña de sus vidas, de sus miedos, de sus sentimientos”. Y mientras eso veo, me pregunto si todavía estaremos a tiempo de acotar la libertad del diablo.

No lo sé.

@warkentin

La violencia sin rostro de ‘La libertad del diablo’

El documental de Everardo González abre en Guadalajara una discusión sobre los límites del género

Otros3
Conéctate
Enviar por correoImprimir
LUIS PABLO BEAUREGARD
Guadalajara (México) 15 MAR 2017 - 13:47 CST

Fragmento de 'La libertad del diablo', de Everardo González. ANIMAL DE LUZ FILMS


Un asesino a sueldo que comenzó a matar a los 14 años observa fijamente a la cámara en el documental mexicano La libertad del diablo. El sicario explica lo fácil y rutinario que se convierte el trabajo de quitar vidas. El homicida también afirma que su reputación en el bajo mundo ganaba renombre cada vez que alargaba la lista de sus víctimas. Sin despegar la mirada del lente del director Everardo González, el matón pide perdón por el daño que ha hecho.


El espectador de La libertad del diablo no sabe la identidad del verdugo que acaba de confesar su remordimiento. El asesino tiene puesta una máscara, al igual que el resto de personajes que dieron su testimonio en el documental. La tela de la máscara no es muy gruesa. Son notorias las manchas que dejan las lágrimas cuando algunas de las víctimas reviven sus tragedias provocadas por la guerra contra el narcotráfico en México, una batalla entre el Estado y los cárteles que ha dejado más de 100.000 muertos y 30.000 desaparecidos en una década.

El documental, presentado este fin de semana en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, ha dado mucho de que hablar porque ha brindado frescura a un tema que se ha desgastado ante la opinión pública. Al haber enmascarado a víctimas y victimarios, el cineasta ofrece una nueva mirada a la violencia en México. Al eliminar los rostros y los gestos, el cineasta obliga a los espectadores a conectar la mirada con sus personajes y a escuchar sus relatos. Sus facciones son desconocidas, pero las palabras nos dejan pistas de los horrores que vivieron. Los acentos, las pausas y, sobre todo sus silencios.

“Quise hacer un ejercicio sobre las posibilidades de verdad que puede ofrecer un documental”, explica González en Guadalajara. El director llevó más allá la idea de anonimato que brinda la máscara. En las entrevistas, los personajes estaban sentados ante un espejo. Frente a ellos observaban una mezcla de su imagen con la del director, que conducía la entrevista detrás del objeto reflejante. “Generaba una catarsis muy peculiar. Hizo que estuvieran en un soliloquio, en una autoconfesión y les generaba cosas muy raras porque estaban hablando con una figura que no reconocen pero que son ellos mismos”.

Everardo González ha sido un polemista del documental. Durante varios años ha discutido los límites del género y ha criticado públicamente a quien le parece que manipula en las obras. En La libertad del diablo él mismo empuja esta frontera ética. “El documental sigue siendo una construcción, una interpretación. Sé que puede ser cuestionado, pero respeté mis cuestionamientos éticos”. El cineasta afirma que sus dudas se evaporaron una vez que las víctimas avalaron utilizar las máscaras. Fueron también estas quienes accedieron que los victimarios fueran entrevistados.

Los testimonios que llenan La libertad del diablo son un trabajo coral del horror mexicano. Hablan las hijas de los desaparecidos que tuvieron que huir del país después de que hombres armados asaltaran su casa. Un hombre cuenta que fue vejado por mujeres policías en el norte de México. Otro habla de la visita que tuvo que hacer a un capo para pedirle que le dijera, por piedad, adonde se habían llevado a sus hermanos. Una madre que reconoció a sus hijos por las zapatillas que se asomaban de una de cientos de fosas que existen en el país. Un policía federal reconoce haber ejecutado extrajudicialmente a presuntos delincuentes por “justicia” y un soldado que afirma haber desertado del Ejército cansado de la corrupción y los abusos.

El director asegura que La libertad del diablo abona a una discusión sobre la “amnistía” que los mexicanos deberán abordar “tarde o temprano”. El documental abre un abanico de opciones para escuchar a las víctimas de la violencia y lo González llama “víctimas del entorno”, aquellos que eligieron la delincuencia porque sus oportunidades fueron anuladas por la pobreza o las fallas del Estado. “Cuando llegue el momento de discutir la amnistía solo deberían opinar las víctimas. Solo ellas tienen la autoridad moral para cuestionar todo esto”.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Calor- Rafael Pérez Gay

Calor

Si la tendencia persiste, la temporada de calor durará dos meses en los que nos cocinaremos bajo temperaturas máximas históricas. La historia de la ciudad no guardará memoria de una ola de calor tan intensa. Han empezado a ocurrir cosas raras. Enloquecidas por el cambio climático, una intrépida brigada de cucarachas ha tomado la calle. El sol rajaba piedras. Ningún científico nos ha explicado por qué las cucarachas de nuestros días han alcanzado tamaños espectaculares. Las de mi infancia eran pequeñas, fundaban pueblos en la  cocina y bastaba un bote de H-24 para acabarlas. En cambio ahora podrían aparecer en lugares insospechados para una cucaracha y además de su peso y estatura son velocísimas. Al verlas tan cerca de la puerta de mi casa, las perseguí, las arrinconé y al final logré liquidarlas.
Según mis observaciones, estos insectos aparecen con la canícula, el problema es que no sé si son los primeros o los últimos de la temporada de calor. He puesto un termómetro bajo el sol. No sé para qué lo hice ni qué sentido pueda tener como no sea torturarse con la idea de que el calor está perrísimo y que si uno camina bajo el sol lo hará con 30 grados centígrados en la cabeza. También he puesto el termómetro en la sombra. Ahí marca 27 grados. Este aparato también mide la humedad del ambiente. Vístanse con prendas ligeras e hidrátense. Me pregunto: ¿he llegado a la edad de los bochornos? Yo sostengo que estas sofocaciones no están relacionadas de momento con el perfil hormonal ni con el climaterio, esos calores son la consecuencia simple y terrible de que estamos a 28 grados centígrados. Así las cosas, durante la canícula todos pasaremos por el arco de la menopausia. Un señor del Meteorológico ha dicho que en CdMx, una temperatura de 30 o 32 grados equivale a una de 40 en el trópico, puesto que estamos en un clima muy seco y el asfalto absorbe el calor.
Me sugestioné tanto con las noticias de las redes  que terminé tirado en un sillón en grave estado de somnolencia y abulia. He abandonado el cuarto, un horno, y he decidido no volver la mayor parte del día, solo lo uso para dormir. Abrí la ventana, la intemperie es lo mejor y la lucha a muerte con los moscos una misión imposible. Por las noches me escondo debajo de la sábana, para que no me vean los mosquitos, y sueño que escribo un artículo en una rosticería en la que me han confinado mis enemigos. ¿No tienen calor?
rafael.perezgay@milenio.com
Twitter: @RPerezGay

miércoles, 21 de febrero de 2018

Un bar - Rafael Pérez Gay

21/02/2018 12:35 AM


En el libro 200 lugares Imprescindibles de Centro Histórico pusimos una placa en las afueras de Madero y Zócalo, en el bar de Peter Gay. Durante muchos años me persiguió la imagen de una fotografía. Aparecía dentro de un portarretratos en una mesa de la sala, o entre los archivos familiares, o en una copia ampliada y puesta en una pared de linajes perdidos. Un hombre blanco, pasados los 50 años, posaba de frente ante la luz del magnesio y miraba algún lugar de finales del siglo XIX. Como los fantasmas que eligen a alguien en el mundo de los vivos para depositar un mensaje, yo imaginaba que ese hombre detenido en el tiempo gracias a la magia de la fotografía me buscaba para revelarme un secreto. Tenía la frente amplia, los ojos claros y usaba un fez en la cabeza, me refiero a esos gorros rojos de los que se desprende un listón negro y cuyo final termina en una borla de seda. Se usan en Turquía, en Egipto, en Marruecos. A veces mi padre se ponía el fez para celebrar con ese rito cotidiano su pasado:

Yo pensé que miraba a Peter Gay hasta que descubrí más bien que él me miraba a mí desde algún lugar del año 1900, cuando el nuevo siglo subía el telón y mostraba los sueños del siglo XX. Eran ilusiones modestas en una ciudad de calles enlodadas de las que se desprendían olores fétidos por los precarios drenajes; calles mortecinas de un alumbrado principiante, basurales en los callejones, prostitutas en la calle de Independencia, victorias y landós atascados en el fango; pulquerías y cantinas; compungidos devotos a la salida de los templos, multitudes a las afueras del Teatro Principal. Una ciudad pequeña, rudimentaria, tan abrumada por los problemas como devorada por la ilusión parisina.

En esa ciudad Peter Gay fabricó su propio sueño. Yo sabía por los relatos de mi padre que mi bisabuelo había sido cantinero. El salón Peter Gay estaba en la esquina de Portal de Mercaderes y Madero, “donde después quedó establecida la cantina El Moro y antes el café de El Cazador”. Formaba parte de los bares a la manera americana que poblaron las calles de Ciudad de México, como el Salón Bach y el Peñón Turf Exchange ubicados en San Francisco (hoy Madero), o el New Orleáns establecido en 5 de Mayo en el Hotel Comonfort. Ahí tomaban coñac el general Sóstenes Rocha, el doctor Porfirio Parra, el militar Arnulfo Arroyo. Alguna vez, Peter le sirvió el aperitivo al general José María Pérez Recio, general divisionario y jefe del Estado Mayor de Bernardo Reyes, ministro de Guerra de Porfirio Díaz. La vida no les dio tiempo para ver a sus hijos, la hija de Gay y el hijo del general Pérez, enredarse en una larga trama que llega hasta esta página del periódico. 

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

martes, 13 de febrero de 2018

Misterios de la sala oscura

13/02/2018 02:02 AM


México

Es cierto que los espacios para la crítica en general son mucho más escasos de lo que fueron, y que sin duda esto incluye a la crítica de cine, que ha perdido territorio para cedérselo a la entrevista o la crónica a menudo muy ñoñamente admirativa. Fernanda Solórzano se cuenta, brillantemente, entre quienes han defendido la trinchera en México. Lo ha hecho, desde hace ya varios años, en la revista Letras Libres, atenta al día a día del cine que podemos ver en estas tierras, el local y el foráneo. Y lo hace ahora con un libro, Misterios de la sala oscura: ensayos sobre el cine y su tiempo (Taurus), donde se revela una crítica de primera línea que es mucho más que una crítica cinematográfica.

El título es impecable, de entrada, porque el corazón del libro es efectivamente el cine en relación con su tiempo. Los protagonistas son los directores y sus películas: Spielberg y Tiburón, Bertolucci y su Último tango, Zemeckis, Coppola y El padrino, Matrix, Kubrick… De entrada, la capacidad analítica de Fernanda, su capacidad para diseccionar una película, propia de quien ejerce la crítica en publicaciones periódicas, es envidiable. Pero lo que hace diferente a este libro, la clave de su riqueza, son esas otras tres palabras del título: y su tiempo. El cine, para Fernanda, es una lente para mirar al mundo, una herramienta cultural para leer la realidad, de la misma manera que esa realidad ayuda a enriquecer su lectura del cine. Misterios… es un libro en el que el cine y quienes lo hacen dialogan de manera natural, fluida, clara, elegante, con un entorno cultural complejísimo que va del psicoanálisis a los movimientos feministas, de Tom Sawyer y El guardián entre el centeno a la contracultura, de los Rolling Stones a Marx, y de las pandillas de Mánchester en el XIX a las neoyorquinas en el XX, o sea de la Revolución Industrial a la inmigración irlandesa en Estados Unidos. La crítica, como la entiende y la practica la autora, es pues esa expresión mayor de la escritura que han reivindicado autores de otros territorios culturales, por ejemplo Christopher Domínguez.

Compren este libro, léanlo con el desorden que permite el hecho de que sea una recopilación de ensayos independientes, no un tratado, y vean o vuelvan a ver las películas que lo vertebran. Aprendan de cine. Pero no pierdan de vista que a Misterios de la sala oscura le acomoda también esa otra palabra del título: ensayos. Fernanda Solórzano es una ensayista. Una ensayista, si me permiten una referencia justa, sin adjetivos.