martes, 3 de abril de 2018

PARADA DE POSTAS La libertad del diablo por Gabriela Warketin



En un México en el que arrancan las campañas electorales, me gustaría escuchar de los candidatos un nosotros


GABRIELA WARKENTIN DE LA MORA
2 ABR 2018 - 23:52 CEST


¿También los niños suplican? “No, ellos no, ellos no saben, nomás se hincan y dicen qué está pasando, qué está pasando. Y ahí es cuando mueren”. Habla un hombre joven, tal vez no mucho mayor a aquellos niños a los que ha asesinado. ¿Qué cambió en ti la primera vez que mataste a un niño?, pregunta una voz de fondo. “Lo primero que cambió fue mi cara, se me llenó de remordimiento”. Y una no sabe si creerle. Aunque tampoco importa.


Cuando caen los créditos respiramos un poco, nos acomodamos. Me observo en la recuperación de mis pedazos anímicos, en la revisión discreta de mi tensión. Y hasta entonces te atreves a mirar al de junto. Poco a poco. Está cabrón, ¿no? Sí, está cabrón.

Everardo González sabe hacer de la realidad su lienzo. Le he visto otros y también extraordinarios documentales, pero La libertad del diablo (estrenada hace unos días en México) es además un golpe seco al estómago. Y a la vez es una narrativa compasiva, un duelo visual y con silencios. En planos muy cercanos discurren frente a nosotros hombres, mujeres, niñas, niños; víctimas, sicarios, militares, policías; todos.

Víctimas y victimarios, víctimas y victimarios, víctimas y victimarios.

Cubiertos con una máscara similar a la que usan los pacientes que se recuperan de quemaduras (aunque fabricadas con un material poroso porque González quería que se filtraran lágrimas, mocos y salivas), las personas miran a la cámara para narrar sus desventuras. O solo para mirar. Ahí están las jovencitas que vieron cómo se llevaban a su madre que se entregaba para salvarlas. Está otra madre que llora a través de su máscara mientras se despedaza frente a la cámara por el viacrucis de buscar a sus hijos entre el maltrato de las autoridades. Aparece el muchacho quebrado que cuenta cómo se mete a delinquir para llegar con los jefes que le puedan decir dónde están sus hermanos. O el otro que narra cómo es torturado, violado por hombres y mujeres policías. Están el militar y el policía, y otros hombres oficialmente armados: cada uno desde su miedo repite atrocidades cometidas, cuerpos enterrados y remarca con un “estás aquí para cumplir una orden, una orden, una orden”. Y luego los sicarios, esos muy jovencitos que platican cómo se inician en lo de matar. Uno de ellos, vestido con suéter y camisa de adolescente escolar, cuenta el momento de abatir a un hombre en un balcón de la capitalina colonia Roma: ¡pam, pam, pam!, parece que está jugando. El otro de los sicarios se detiene unos segundos para contestar. ¿También los niños suplican? “No, ellos no, ellos no saben, nomás se hincan”.

Un cine físico, una máscara que los iguala, un plano en donde esas víctimas y esos victimarios terminan no siendo tan diferentes en su tragedia, una sucesión de mexicanos desechables, un nosotros. ¡Vaya atrevimiento de Everardo González!

Cuando en agosto de 2010 se encontraron en Tamaulipas, al norte de México, los cuerpos de 72 migrantes indocumentados asesinados, escribí que como mexicanos deberíamos sentir una enorme vergüenza por lo sucedido. Las reacciones fueron iracundas: “¡No aplica el nosotros!, ¡yo no maté a nadie!”. Fracasé entonces porque no logré explicar que hablar desde un nosotros, distinguiendo acción de compasión, permite el reconocimiento contextual de sucesos estructurales: reconocer para reconstruir. Y convoca la anhelada empatía. Hoy que salgo de ver la extraordinaria película de Everardo González y que estoy en un México en el que arrancan las campañas electorales, me gustaría escuchar de los candidatos un nosotros, una necesaria implicación empática para encontrar mejores y más creativas maneras de humanizar la reconstrucción anímica del país. No minimicemos los tiempos azarosos que vivimos, decía el jurista Jorge Carpizo. Y sí, no los minimicemos.

¿Qué le harías a los que te hicieron daño?, le preguntan a una jovencita que mira firme tras su máscara. “Yo creo que ni perdón ni olvido”, dice, “yo les haría sentir miedo, hacerles saber que soy dueña de sus vidas, de sus miedos, de sus sentimientos”. Y mientras eso veo, me pregunto si todavía estaremos a tiempo de acotar la libertad del diablo.

No lo sé.

@warkentin

La violencia sin rostro de ‘La libertad del diablo’

El documental de Everardo González abre en Guadalajara una discusión sobre los límites del género

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LUIS PABLO BEAUREGARD
Guadalajara (México) 15 MAR 2017 - 13:47 CST

Fragmento de 'La libertad del diablo', de Everardo González. ANIMAL DE LUZ FILMS


Un asesino a sueldo que comenzó a matar a los 14 años observa fijamente a la cámara en el documental mexicano La libertad del diablo. El sicario explica lo fácil y rutinario que se convierte el trabajo de quitar vidas. El homicida también afirma que su reputación en el bajo mundo ganaba renombre cada vez que alargaba la lista de sus víctimas. Sin despegar la mirada del lente del director Everardo González, el matón pide perdón por el daño que ha hecho.


El espectador de La libertad del diablo no sabe la identidad del verdugo que acaba de confesar su remordimiento. El asesino tiene puesta una máscara, al igual que el resto de personajes que dieron su testimonio en el documental. La tela de la máscara no es muy gruesa. Son notorias las manchas que dejan las lágrimas cuando algunas de las víctimas reviven sus tragedias provocadas por la guerra contra el narcotráfico en México, una batalla entre el Estado y los cárteles que ha dejado más de 100.000 muertos y 30.000 desaparecidos en una década.

El documental, presentado este fin de semana en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, ha dado mucho de que hablar porque ha brindado frescura a un tema que se ha desgastado ante la opinión pública. Al haber enmascarado a víctimas y victimarios, el cineasta ofrece una nueva mirada a la violencia en México. Al eliminar los rostros y los gestos, el cineasta obliga a los espectadores a conectar la mirada con sus personajes y a escuchar sus relatos. Sus facciones son desconocidas, pero las palabras nos dejan pistas de los horrores que vivieron. Los acentos, las pausas y, sobre todo sus silencios.

“Quise hacer un ejercicio sobre las posibilidades de verdad que puede ofrecer un documental”, explica González en Guadalajara. El director llevó más allá la idea de anonimato que brinda la máscara. En las entrevistas, los personajes estaban sentados ante un espejo. Frente a ellos observaban una mezcla de su imagen con la del director, que conducía la entrevista detrás del objeto reflejante. “Generaba una catarsis muy peculiar. Hizo que estuvieran en un soliloquio, en una autoconfesión y les generaba cosas muy raras porque estaban hablando con una figura que no reconocen pero que son ellos mismos”.

Everardo González ha sido un polemista del documental. Durante varios años ha discutido los límites del género y ha criticado públicamente a quien le parece que manipula en las obras. En La libertad del diablo él mismo empuja esta frontera ética. “El documental sigue siendo una construcción, una interpretación. Sé que puede ser cuestionado, pero respeté mis cuestionamientos éticos”. El cineasta afirma que sus dudas se evaporaron una vez que las víctimas avalaron utilizar las máscaras. Fueron también estas quienes accedieron que los victimarios fueran entrevistados.

Los testimonios que llenan La libertad del diablo son un trabajo coral del horror mexicano. Hablan las hijas de los desaparecidos que tuvieron que huir del país después de que hombres armados asaltaran su casa. Un hombre cuenta que fue vejado por mujeres policías en el norte de México. Otro habla de la visita que tuvo que hacer a un capo para pedirle que le dijera, por piedad, adonde se habían llevado a sus hermanos. Una madre que reconoció a sus hijos por las zapatillas que se asomaban de una de cientos de fosas que existen en el país. Un policía federal reconoce haber ejecutado extrajudicialmente a presuntos delincuentes por “justicia” y un soldado que afirma haber desertado del Ejército cansado de la corrupción y los abusos.

El director asegura que La libertad del diablo abona a una discusión sobre la “amnistía” que los mexicanos deberán abordar “tarde o temprano”. El documental abre un abanico de opciones para escuchar a las víctimas de la violencia y lo González llama “víctimas del entorno”, aquellos que eligieron la delincuencia porque sus oportunidades fueron anuladas por la pobreza o las fallas del Estado. “Cuando llegue el momento de discutir la amnistía solo deberían opinar las víctimas. Solo ellas tienen la autoridad moral para cuestionar todo esto”.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Calor- Rafael Pérez Gay

Calor

Si la tendencia persiste, la temporada de calor durará dos meses en los que nos cocinaremos bajo temperaturas máximas históricas. La historia de la ciudad no guardará memoria de una ola de calor tan intensa. Han empezado a ocurrir cosas raras. Enloquecidas por el cambio climático, una intrépida brigada de cucarachas ha tomado la calle. El sol rajaba piedras. Ningún científico nos ha explicado por qué las cucarachas de nuestros días han alcanzado tamaños espectaculares. Las de mi infancia eran pequeñas, fundaban pueblos en la  cocina y bastaba un bote de H-24 para acabarlas. En cambio ahora podrían aparecer en lugares insospechados para una cucaracha y además de su peso y estatura son velocísimas. Al verlas tan cerca de la puerta de mi casa, las perseguí, las arrinconé y al final logré liquidarlas.
Según mis observaciones, estos insectos aparecen con la canícula, el problema es que no sé si son los primeros o los últimos de la temporada de calor. He puesto un termómetro bajo el sol. No sé para qué lo hice ni qué sentido pueda tener como no sea torturarse con la idea de que el calor está perrísimo y que si uno camina bajo el sol lo hará con 30 grados centígrados en la cabeza. También he puesto el termómetro en la sombra. Ahí marca 27 grados. Este aparato también mide la humedad del ambiente. Vístanse con prendas ligeras e hidrátense. Me pregunto: ¿he llegado a la edad de los bochornos? Yo sostengo que estas sofocaciones no están relacionadas de momento con el perfil hormonal ni con el climaterio, esos calores son la consecuencia simple y terrible de que estamos a 28 grados centígrados. Así las cosas, durante la canícula todos pasaremos por el arco de la menopausia. Un señor del Meteorológico ha dicho que en CdMx, una temperatura de 30 o 32 grados equivale a una de 40 en el trópico, puesto que estamos en un clima muy seco y el asfalto absorbe el calor.
Me sugestioné tanto con las noticias de las redes  que terminé tirado en un sillón en grave estado de somnolencia y abulia. He abandonado el cuarto, un horno, y he decidido no volver la mayor parte del día, solo lo uso para dormir. Abrí la ventana, la intemperie es lo mejor y la lucha a muerte con los moscos una misión imposible. Por las noches me escondo debajo de la sábana, para que no me vean los mosquitos, y sueño que escribo un artículo en una rosticería en la que me han confinado mis enemigos. ¿No tienen calor?
rafael.perezgay@milenio.com
Twitter: @RPerezGay

miércoles, 21 de febrero de 2018

Un bar - Rafael Pérez Gay

21/02/2018 12:35 AM


En el libro 200 lugares Imprescindibles de Centro Histórico pusimos una placa en las afueras de Madero y Zócalo, en el bar de Peter Gay. Durante muchos años me persiguió la imagen de una fotografía. Aparecía dentro de un portarretratos en una mesa de la sala, o entre los archivos familiares, o en una copia ampliada y puesta en una pared de linajes perdidos. Un hombre blanco, pasados los 50 años, posaba de frente ante la luz del magnesio y miraba algún lugar de finales del siglo XIX. Como los fantasmas que eligen a alguien en el mundo de los vivos para depositar un mensaje, yo imaginaba que ese hombre detenido en el tiempo gracias a la magia de la fotografía me buscaba para revelarme un secreto. Tenía la frente amplia, los ojos claros y usaba un fez en la cabeza, me refiero a esos gorros rojos de los que se desprende un listón negro y cuyo final termina en una borla de seda. Se usan en Turquía, en Egipto, en Marruecos. A veces mi padre se ponía el fez para celebrar con ese rito cotidiano su pasado:

Yo pensé que miraba a Peter Gay hasta que descubrí más bien que él me miraba a mí desde algún lugar del año 1900, cuando el nuevo siglo subía el telón y mostraba los sueños del siglo XX. Eran ilusiones modestas en una ciudad de calles enlodadas de las que se desprendían olores fétidos por los precarios drenajes; calles mortecinas de un alumbrado principiante, basurales en los callejones, prostitutas en la calle de Independencia, victorias y landós atascados en el fango; pulquerías y cantinas; compungidos devotos a la salida de los templos, multitudes a las afueras del Teatro Principal. Una ciudad pequeña, rudimentaria, tan abrumada por los problemas como devorada por la ilusión parisina.

En esa ciudad Peter Gay fabricó su propio sueño. Yo sabía por los relatos de mi padre que mi bisabuelo había sido cantinero. El salón Peter Gay estaba en la esquina de Portal de Mercaderes y Madero, “donde después quedó establecida la cantina El Moro y antes el café de El Cazador”. Formaba parte de los bares a la manera americana que poblaron las calles de Ciudad de México, como el Salón Bach y el Peñón Turf Exchange ubicados en San Francisco (hoy Madero), o el New Orleáns establecido en 5 de Mayo en el Hotel Comonfort. Ahí tomaban coñac el general Sóstenes Rocha, el doctor Porfirio Parra, el militar Arnulfo Arroyo. Alguna vez, Peter le sirvió el aperitivo al general José María Pérez Recio, general divisionario y jefe del Estado Mayor de Bernardo Reyes, ministro de Guerra de Porfirio Díaz. La vida no les dio tiempo para ver a sus hijos, la hija de Gay y el hijo del general Pérez, enredarse en una larga trama que llega hasta esta página del periódico. 

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay

martes, 13 de febrero de 2018

Misterios de la sala oscura

13/02/2018 02:02 AM


México

Es cierto que los espacios para la crítica en general son mucho más escasos de lo que fueron, y que sin duda esto incluye a la crítica de cine, que ha perdido territorio para cedérselo a la entrevista o la crónica a menudo muy ñoñamente admirativa. Fernanda Solórzano se cuenta, brillantemente, entre quienes han defendido la trinchera en México. Lo ha hecho, desde hace ya varios años, en la revista Letras Libres, atenta al día a día del cine que podemos ver en estas tierras, el local y el foráneo. Y lo hace ahora con un libro, Misterios de la sala oscura: ensayos sobre el cine y su tiempo (Taurus), donde se revela una crítica de primera línea que es mucho más que una crítica cinematográfica.

El título es impecable, de entrada, porque el corazón del libro es efectivamente el cine en relación con su tiempo. Los protagonistas son los directores y sus películas: Spielberg y Tiburón, Bertolucci y su Último tango, Zemeckis, Coppola y El padrino, Matrix, Kubrick… De entrada, la capacidad analítica de Fernanda, su capacidad para diseccionar una película, propia de quien ejerce la crítica en publicaciones periódicas, es envidiable. Pero lo que hace diferente a este libro, la clave de su riqueza, son esas otras tres palabras del título: y su tiempo. El cine, para Fernanda, es una lente para mirar al mundo, una herramienta cultural para leer la realidad, de la misma manera que esa realidad ayuda a enriquecer su lectura del cine. Misterios… es un libro en el que el cine y quienes lo hacen dialogan de manera natural, fluida, clara, elegante, con un entorno cultural complejísimo que va del psicoanálisis a los movimientos feministas, de Tom Sawyer y El guardián entre el centeno a la contracultura, de los Rolling Stones a Marx, y de las pandillas de Mánchester en el XIX a las neoyorquinas en el XX, o sea de la Revolución Industrial a la inmigración irlandesa en Estados Unidos. La crítica, como la entiende y la practica la autora, es pues esa expresión mayor de la escritura que han reivindicado autores de otros territorios culturales, por ejemplo Christopher Domínguez.

Compren este libro, léanlo con el desorden que permite el hecho de que sea una recopilación de ensayos independientes, no un tratado, y vean o vuelvan a ver las películas que lo vertebran. Aprendan de cine. Pero no pierdan de vista que a Misterios de la sala oscura le acomoda también esa otra palabra del título: ensayos. Fernanda Solórzano es una ensayista. Una ensayista, si me permiten una referencia justa, sin adjetivos.

miércoles, 24 de enero de 2018

La forma del agua-



Publicado el 12 - Ene - 2018











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por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Videos. El detrás de cámaras de 'The Shape of Water' de Guillermo del Toro

Aquí puedes ver 'Geometría', primer cortometraje de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro y sus 5 consejos para hacer cine

Video. El trauma y lo fantástico en el cine de Guillermo del Toro

“Unable to perceive the shape of you, I find You all around me. Your presence fills my eyes with Your love, it humbles my heart, for You are everywhere…”.



La pantalla se abre oscura, con apenas un refilón de luz proveniente de lo que parecen ser unas burbujas expresándose. Una voz en off nos prepara para conocer la historia de una peculiar princesa: una fábula de amor y pérdida. Enseguida descubrimos estar bajo el agua, como en el fondo del mar, dentro del que hay una especie de cueva que, recorrida hasta el final, desemboca en la estancia de un apartamento anegado en el que flotan mesas lámparas, libros y en un sofá también suspendido en el agua, apacible, duerme Elisa Esposito (Sally Hawkins). Al sonar el despertador, Elisa despierta en esa misma estancia, pero en su versión seca. Aunque la cámara parece seguir levitando y realiza un ágil recorrido por el apartamento, para después traspasar el piso y descender a través de la obra negra hasta el nivel inferior en el que se encuentra una bella y grande sala de cine en la que, en ese momento, se proyecta un filme para apenas un puñado de espectadores. Permanecemos ahí solo unos segundos y regresamos al apartamento de Sally para verla cumplir con la repetición de sus precisos rituales de preparación para el trabajo que incluyen un apacible baño de tina y, en él, un delicado acto de masturbación.

Al terminar, la acompañamos mientras visita brevemente a su vecino del apartamento contiguo, Giles (Richard Jenkins), un hombre viejo que se dedica a dibujar anuncios comerciales mientras ve películas por la televisión; en ese momento, The Little Colonel (1935), durante la secuencia en la que Shirley Temple baila tap en unas escaleras con el gran Bill (Bojangles) Robinson. Entonces, nos enteramos que Sally es muda, detectamos que él es gay y advertimos que se estiman genuinamente, y se procuran. Giles se queja de que cada vez le es más difícil colocar sus trabajos pues la publicidad en impresos empieza a optar por la fotografía. Después, vemos a Elisa salir de ahí, caminar por el pasillo exterior e intentar unos pasos de tap como los del filme y, luego, abandonar el edificio, para recibir los saludos del dueño del cine, quien le regala dos boletos y la promesa de refrescos y palomitas gratis si lleva algún acompañante, pues cada vez le es más difícil llevar asistentes a su negocio. Finalmente, la chica toma el autobús que, de noche, la lleva a su trabajo.

En una continua, extensa y hermosa secuencia que se desliza entre lo onírico y lo lírico (asumiendo que no necesariamente fueran lo mismo), el realizador mexicano Guillermo del Toro deja diseminados temas, estilo, ritmo, estética, tono y personalidades. Elisa no se ajusta al típico molde de una princesa pura, pues se permite gozar los placeres sexuales (más allá de que ella misma los satisfaga) sin pizca de culpa, y sin necesidad de representar, tampoco, un símbolo de emancipación femenina; es una mujer, imperfecta, incompleta, pero digna y autosuficiente, es sensual y tierna como lo es el filme de Del Toro. Y le tocó desarrollar su etapa adulta a principios de los sesenta, cuando el mundo sobrelleva la tensión de la Guerra Fría y parece explicarse de forma binaria (como suele leer Del Toro el modo en que se interpreta la realidad, a partir de opuestos): Estados Unidos o Rusia, el cine o la televisión, el diseño gráfico o la fotografía, el día y la noche, lo bueno y lo malo, lo nuevo o lo viejo: yo y/o el otro. En tonos de un bello azul verdoso (más bien turquesa), bajo la cadencia del jazz y los decorados con olor a fuente de sodas, The Shape of Water se disfraza de película clásica del Hollywood de aquella época, pero en realidad es un filme de una sofisticación visual, sonora, narrativa y conceptual que puede, sin regateos, considerarse como un auténtico filme de autor.

Tanto en El espinazo del diablo (2001), como en El laberinto del fauno (2006), Del Toro demostró ser mucho más que un realizador de género, de películas visualmente atractivas y bien contadas. En realidad ya desde Cronos (1999), su ópera prima, había puesto en manifiesto un talento especial para oxigenar con recursos creativos e ideas originales la historias de vampiros, fantasmas y/o monstruos. Seres cuya existencia (real o imaginaria), reconoce Del Toro, le ha fascinado desde niño pues ellos, más que reflejos deformados de la figura humana, enemigos a los que se tiene que combatir o entidades que tienen como fin desestabilizar el sistema nervioso y mental de los humanos representan, según lo ha clarificado, una especie de “cosmología espiritual” para él, una auténtica fuente de belleza que, al mismo tiempo, funciona como metáforas vivas, que literalmente respiran y que nos confrontan con nuestros miedos y deseos. La verdadera monstruosidad está instalada en el corazón de los hombres (incluso más que de las mujeres, en su cine), y no en la apariencia de quienes se ven distintos, no importa si son negros, homosexuales, discapacitados, extranjeros o raros. El monstruo simboliza la otredad, aquello que nos es desconocido y, por tanto, nos intimida, nos atemoriza. “Nosotros llamamos rostro al modo en el cuál se presenta el otro, que supera la idea del otro en mí”, decía Emmanuel Levinas. El otro no es lo que pensamos de él, ni depende de ello, y el reto consiste en atrevernos a conocerlo, a relacionarnos con él, pues en esa apuesta se juega buena parte de lo que al final somos y en lo que nos convertiremos.

Cuando Elisa llega a su trabajo, en un laboratorio para investigaciones del gobierno estadounidense donde se llevan a cabo acciones y experimentos secretos, conocemos a su amiga, Zelda (Octavia Spencer), una mujer negra a la que, de inmediato, le vemos un gesto de compañerismo, permitiendo a Elisa saltarse la fila para checar su tarjeta de entrada (a las 12 de la noche) a tiempo. Se trata de una noche especial, pues está por llegar un ‘activo’ al que se le espera con particular interés y para el que se ha construido una fosa acuática. Se trata de una criatura aparentemente agresiva (a decir por la extrema seguridad con que ha sido trasladada) que, nos enteramos, habitaba en algún río del Amazonas. Al llegar a la zona de acceso restringido en la que se alojará al invitado, Elisa y Zelda se encuentran haciendo las labores de limpieza por las que están contratadas. Elisa se acerca a asomarse a la ventanilla que tiene la cápsula metálica que lo transporta y se ayuda con los dedos para lograr mejor visibilidad cuando se escucha un rugido feroz y lo que sea que está en el interior golpea con fuerza la ventanilla. El científico encargado de la atención médica del paciente, el Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stulhbarg), y el oficial responsable de la misión, el arrogante Richard Strickland (Michael Shannon), se encargan de establecer el orden y llevar a buen término el proceso para depositar a la criatura en su pileta. Al salir de la cápsula, se revela un monstruo de aspecto anfibio y complexión humana (Doug Jones), de gran tamaño, que se sostiene en dos patas pero con porte de torero caro. Elisa, que se había quedado espiando para conocerlo, queda impresionada por lo que ven sus ojos.

A partir de ese preciso momento, la vida de Elisa se trastoca por completo. Sus ojos, su mente, sus esfuerzos se enlazan en una misma órbita: la que la llevé, religiosamente, a esa pileta. El sentido de su existencia descansa, de modo absoluto, en la promesa que cada día le traerá de ver a ese monstruo que, por cierto, feo no es. Siendo “eso” un “él” -por ser, aparentemente, del sexo masculino-, como buena mujer (al menos de las de los sesenta, no empiecen a hacer bilis), Elisa intenta conquistarlo, en un inicio, a través del estómago. Entonces, todos los días se luce y le lleva su especialidad culinaria: un huevo cocido. Con sigilo, se introduce subrepticiamente en la zona restringida para comer su lunch todos los días y, aprovecha, para alimentar a su galán acompañados de la música que ella pone en un tocadiscos que mete a escondidas. Entre ellos empieza a desarrollarse una relación basada en el respeto, en la ternura, en la aceptación del otro tal cual es y, es cierto, de un deseo sexual mutuo. El monstruo no habla, pero emite alaridos de los que amedrentan hasta a los más valientes, menos a Elisa. Ella no produce sonido alguno de su boca; se expresa con sus manos, con su mirada, con su alma, y él comienza a entenderla. Se entabla un proceso de comunicación entre uno y el otro.

Mientras tanto, los oficiales con Strickland al mando le temen, desconfían del monstruo y, para someterlo, lo agreden, lo lastiman, le causan daño. Strickland lo ve como un enemigo al que no entiende –ni le interesa hacerlo- que debe ser eliminado; además de que si lo hace terminaría con el caso y eso le permitiría abandonar esa ciudad, Baltimore, que detesta, que no lo merece. Cuanto antes, mejor. Por su parte, el Dr. Hoffstetler se encarga de curar las heridas que Strickland le inflige al monstruo, de cuidar su estado de salud, supuestamente porque es importante analizarlo, estudiarlo a detalle y así tomar ventaja a los soviéticos en caso de que puedan desarrollar experimentos que les permitan sacarle provecho; por otro lado, porque en realidad Hoffstetler es un espía ruso infiltrado que informa a sus superiores sobre todo cuanto ocurre con el monstruo. En un principio, el plan para los soviéticos consiste en raptar al monstruo; empero, nerviosos por las ventajas que de él pueden ir aprovechando los norteamericanos optan por, sencillamente, ordenarle al doctor que lo mate. Hoffstetler tiene un genuino interés por examinar al monstruo además de que, habiendo descubierto (viéndolos con discreción, a la distancia) el vínculo que se creó y floreció entre Elisa y el monstruo, también ha terminado encariñándose con la criatura.

Giles batalla cada día más entre sus problemas laborales, la admisión de que sus mejores días no fueron tan buenos y ni así regresarán, y el padecimiento de rechazos por sus preferencias sexuales (además de atestiguar la segregación que sufren los negros hasta para ser atendidos en cafeterías); la asimilación de una colosal soledad que difícilmente podrá amortiguarse. Zelda expulsa siempre de su boca el comentario ocurrente, ingenioso y muy chistoso, como para compensar todo lo que no puede decir su amiga pero, sobre todo, a modo de desahogo por la frustración que le causa sobrellevar un matrimonio que tiene años de no darle más satisfacción que la que provoca poner tierra de por medio con su marido, incluso si es para limpiar meadas y cagadas de otros hombres igualmente detestables; ser negra en esos años, fuera de su casa y del trabajo, puede generarle aún peores experiencias que esas que ha aprendido a tolerar. El señor del cine sigue afligido, pues parece no haber manera de recuperar a los clientes que ahora pueden ver películas desde la comodidad de su hogar a través de una caja sobre la que tienen el control, como Giles. Elisa se entera de los planes que guardan los oficiales para con su adorado caballero, y sabe que su vida entera le va en permitir que le arrebaten la razón gracias a la cual ha podido conocer la felicidad. No teniendo más opción que recurrir a Giles y Zelda, sus verdaderos amigos, compañeros que como ella y el monstruo viven en los márgenes de lo bien visto por la sociedad, que como ellos no tienen voz, tendrá que idear un plan para salvar a su enamorado.

En los dos filmes previos de Del Toro hechos fuera de México que mayor valor artístico y de discurso tienen, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, el director contó dos historias ubicadas en el brutal período de la Guerra Civil española, y lo hizo desde el punto de vista de dos infantes. En ambos eran las presencias sobrenaturales (un fantasma y un monstruo, respectivamente) quienes de una u otra forma salvaban a los niños (en esta vida, o resguardándolos en otra) de la representación de la maldad humana en tiempos convulsos. En The Shape of Water lo vemos todo desde la perspectiva de una mujer, adulta, pero que también es rescatada por un ser extraño, diferente. Incluso sin necesidad de abordar temas de vida o muerte, desde que Elisa lo conoce, gracias a lo que él provoca en ella, es que puede romper con su monotonía, sacudirse el polvo de la indolencia, darle forma a un vacío que la tenía en ese proceso de marchitamiento en el que se tiende a caer si se le va perdiendo el gusto a los días. Su vida recobra significado a partir de la mirada, de su encuentro con otra mirada, de su experiencia a través de los sentidos con un ser desconocido que, como ella, es diferente a los demás (aunque, para ser honesto, un poco más diferente que ella).

No es necesario conocer la historia de Elisa para saber de todos los problemas, burlas y discriminaciones que ha sufrido en su vida. Sí se nos da a conocer que fue abandonada por sus padres, encontrada a las orillas de un río, rodeada de agua. Así, en los márgenes, aprendió a desarrollarse y del agua proviene su caballero quien, aunque se menciona que era visto como deidad en el sitio donde lo atraparon, ahí, en ese laboratorio de Baltimore, también es un descartado. Los dos, rechazados, se aceptan como son. No hay forma en que pudieran cambiarse, pero ni lo intentan. Se enamoran ella de él, y viceversa, de lo que el otro es, de lo que representa, de lo que ven más allá de lo que se ve. El amor de ella, al no tener voz, se expresa casi en su totalidad a través de la observación. Los ojos de Elisa hablan, le dicen todo lo que puede ser dicho al monstruo; la forma en que lo ve lo convence, lo exalta, lo transforma; a ella la hace más libre de lo que nunca fue. Y él se le muestra como un ser inteligente, que entiende las emociones y que se emociona, que le cree, que se revela vulnerable y percibe la vulnerabilidad de ella, pero que igualmente, a través de cómo la ve es que la acepta y, al mismo tiempo, se le ofrece. Su comunicación es plena, está cargada de pureza y los llena de fuerza para atrever amarse y para enfrentar lo que sea que se les quiera interponer. El imprescindible ejercicio de paciencia que exige el amor cuando en realidad lo es. Y, al mismo tiempo, la dolorosa asimilación de la fragilidad de amor; saber que de un momento a otro, por una razón u otra, se puede perder el amor de esa persona, o se puede perder a la persona.

Todo en este cuento de hadas que es The Shape of Water está pensado, conceptualizado y ejecutado a detalle. El diseño de arte exquisito, instalado en la época que retrata pero que, particularmente en los apartamentos de Elisa y Giles, añade elementos que favorecen una atmósfera que se disloca de lo real. La paleta de colores dominada por un azul verdoso (turquesa) ofrece marejadas de elegancia, de frescura y de ensoñación. La cámara, por lo general manejada desde una grúa, parece flotar permanentemente, con excepción de cuando se concentra en los rostros, en los ojos de los protagonistas, para extraerles todo lo que se expresa más allá de las palabras. Y ellos, los actores, son los depositarios de la confianza del director que, con sus indicaciones precisas y el enorme talento a su disposición, orquesta un ensamble actoral que consolida con inmaculado ritmo y derroche de apasionado histrionismo la verosimilitud del mundo más redondo que ha creado Del Toro en una de por sí rica e imaginativa carrera. Una profunda historia de amor, triste y al mismo tiempo esperanzadora (sustentada en un guion impecable), cargada de finas alegorías políticas que reverberan con mucha fuerza en el mundo actual, particularmente el que predomina en Estados Unidos.

Parece como si Guillermo del Toro hubiera elegido insertar sus filmes previos en géneros de los que suelen considerarse “menores” sí, por gusto, pero también como una provocación. Para demostrar que no le interesaba del todo el reconocimiento de la “inteligentsia” del cine, demostrando ser un autor que trascendía por su calidad, talento, conocimiento de la historia del cine (es una enciclopedia fílmica) e inteligencia los moldes en los que desparramaba sus dones. Empotraba sus historias en el género fantástico y las hacía trascenderlo con detalles, guiños, referencias, destellos. En The Shape of Water ha hecho algo distinto. Ha confabulado un mundo único, una obra que se sostiene por sí misma aunque, juguetonamente, ha incorporado ingredientes de varios y distintos géneros: hay detalles de melodrama, aspectos de ciencia ficción, deslices de comedia romántica, una encantadora secuencia del musical, constantes insinuaciones al ‘noir’ y al thriller, pero sin entregarse de más a ninguno de ellos. Se inspiró en Creature from the Black Lagoon (1954) y, es evidente, en algunos tropos de La bella y la bestia (particularmente en la versión de Cocteau), pero les dio un giro definitivo: el amor sí puede terminar triunfando y el “otro” no tiene que convertirse en príncipe; es condición indispensable para que el amor triunfe aceptar y amar al otro sin necesidad de que deje de ser lo que es. Recurre Del Toro también a la poesía y es con base en la lírica que anula toda posibilidad de que el filme pueda ser clasificado o etiquetado, pues le ha creado un espacio propio en el que se establecen códigos autónomos, unos que el espectador acepta como válidos, donde la emoción impera sobre la razón. Es The Shape of Water, de cualquier forma, claramente un filme de Del Toro (contiene sus sellos y huellas: el agua, la magia, la importancia del otro, la tolerancia, la riqueza visual, el retorcido sentido del humor, la dicotomía entre el bien y el mal), pero de uno más maduro, más completo, más artista, uno que no solo no teme ser tierno sino que, a partir de la ternura desnuda la honestidad de su declaración fílmica. Uno que ha evolucionado abrazando todo lo que había hecho previamente, depurándolo para lograr la escritura y escultura de esta hermosa carta de amor al cine y al amor; a lo que verdaderamente debe ser el amor.

The Shape of Water ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia (2017).

jueves, 4 de enero de 2018

Reseña: Alejandro González Iñárritu simula un viaje desgarrador en ‘Carne y arena’






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“Carne y Arena” es un híbrido de exhibición artística, reconstrucción de eventos históricos y simulación con realidad virtual del cruce por la frontera de México y Estados Unidos. CreditEmmanuel Lubezki
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CANNES, Francia — Los migrantes llevan semanas en el desierto, están deshidratados y atemorizados y, cuando son detenidos tras cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, usualmente terminan en lo que se conoce como hieleras. Se supone que son celdas para estancias cortas y ni siquiera tienen camillas, pero también son una suerte de castigo extrajudicial. Una investigación de 2015 reveló que muchos pasan dos días ahí dentro, donde los niños son separados de sus familias y algunos no reciben comida. A veces la piel se les pone azul por el frío.
Eso es lo primero que sientes cuando entras a Carne y arena, un proyecto innovador que es un híbrido entre exhibición artística, simulación de realidad virtual y reconstrucción histórica multisensorial, desarrollado por el director mexicano Alejandro González Iñárritu. Uno ingresa a un cuarto congelado que no tiene más que algunas bancas y te ordenan que te quites los zapatos y las medias. Aún descalzo te trasladas de ese cuarto frío a uno más grande lleno de arena. Allí los auxiliares te entregan unas gafas de realidad virtual Oculus Rift, un par de audífonos… y una mochila.
De repente te rodea la oscuridad y estás en la frontera, en peligro.
A la distancia se ve una mujer anciana con el tobillo lastimado que pide ayuda en español; hay un coyote quejándose en inglés de que ella retrasa a todos los demás. Puedes caminar sobre la arena y acercarte; el dispositivo de Oculus tiene un detector de movimiento. Pero en un abrir y cerrar de ojos aparece un helicóptero sobrevolando, apuntándote con su luz, y los agentes fronterizos con sus perros y sus armas te ordenan que levantes las manos. Hay un rifle en tu cara y, por instinto, las levantas.
Carne y arena tiene urgencia política y logros técnicos importantes. Es la primera instalación de realidad virtual en ser mostrada como parte de la selección oficial del Festival de Cine de Cannes, que acaba de inaugurar su 70 edición.
El debut en un hangar de aeropuerto, lejos de los paisajes glamorosos de la avenida Croisette, anticipa la exhibición del proyecto en diversos institutos de arte, empezando por Milán. La muestra también viajará a dos museos a uno y otro lado de la frontera que el presidente Donald Trump ha prometido dividir con un muro: el Los Angeles County Museum of Art (LACMA) exhibirá el proyecto a partir de julio y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco en Ciudad de México lo hará a partir de septiembre.


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González Iñárritu durante la producción del proyecto de realidad virtual "Carne y arena" CreditChachi Ramírez

El proyecto de realidad virtual, o RV, tiene un rigor y una determinación similar a la de las películas anteriores de Iñárritu, como la épica de The Revenant o Babel, que se llevó el premio a mejor director en Cannes en 2006. Pero Carne y arena no es una película y parte de su éxito es que lo sabe: Iñárritu reconoce que la realidad virtual es otro medio que plantea retos narrativos y teóricos distintos. No es posible hacer posedición, no se puede cambiar el encuadre, los personajes tienen que ser tridimiensionales.
Es casi una mezcla de videojuego con teatro en vivo y, para hacerlo bien, hay que pensar tanto de manera técnica como teórica, como un si uno fuera filósofo. Iñárritu se tardó cuatro años en idear Carne y arena —en medio hizo Revenant—, pero lo logró.
El componente de realidad virtual dura alrededor de siete minutos. En esa parte, los paisajes son fotografías sobre las cuales se interponen los actores, incorporados de manera digital. Los avances en la tecnología —y el hecho de que la arena esté ahí bajo tus pies— hacen que la experiencia realmente te transporte. Cuando se levanta el polvo al dar un paso, se te olvida que la Ribera Francesa está justo afuera. (El director de fotografía Emmanuel Lubezki, colaborador frecuente de Iñárritu, es quien tomó las imágenes detalladas y amenazadoras de los exteriores que se usan en la RV).
Sin embargo, sí hay algunos problemas tecnológicos. Las limitaciones del medio quedan en evidencia cuando te acercas a los actores; no son profesionales, sino migrantes indocumentados de México y Centroamérica, cuyas 14 historias individuales son contadas en retratos montados en el último cuarto que compone el proyecto. Para que pudieran ser vistos desde cada ángulo, grabaron toda su actuación en un estudio de filmación con sensores y luego fueron agregados a las tomas de manera digital. Eso significa que, aunque su ropa y sus movimientos son convincentes, de cerca su piel parece de reptil y sus rostros genéricos.
Aun así, me arrodillé e intenté traspasar esos cuerpos digitales, solo para toparme con un corazón que latía. El poder de Carne y arenasurge en buena medida de las historias reales de los migrantes y, aunque sigue siendo una obra de ficción, tiene estos destellos poéticos que lo separan de la cantidad de documentales de realidad virtual que ya existen.
En el momento en el que los agentes fronterizos están gritando que todos se pongan de rodillas y levanten las manos, hay un destello y una nube de humo. Los agentes desaparecen y empieza una secuencia de ensueño.
El coyote está sentado en un camión, leyendo un libro de poesía. La mujer con el tobillo roto tararea una canción de cuna y ahora está sentada en una mesa que apareció de la nada en el desierto. Cuando te mueves hacia la mesa, la superficie de madera se deforma. Aparece un hoyo dentro del cual hay un barco hundiéndose; esto evoca otra de las crisis migratorias del mundo, en el Mediterráneo, a pocos pasos de la Croisette. Tal como ese momento irreal en el que te puedes adentrar en los corazones latientes de los migrantes, este sueño humaniza a todos aquellos en quienes solo pensamos como un todo sin tomar en cuenta las partes.
Una razón por la que se puede experimentar la desesperanza migratoria de manera tan potente en Carne y arena es porque se hace de manera individual. De este modo, la realidad virtual es completamente distinta a las proyecciones en Imax o el cine con lentes 3D. Los directores y los artistas tienen que pensar en una coreografía de espacios y no de encuadres o fotogramas, y siempre hay que calcular que hay un punto de vista cambiante. Cuando usas el aparato de realidad virtual te vuelves el actor principal pero también, en cierta manera, eres el director de fotografía.
Es por esa razón que, aunque se puede comparar a Carne y arena con Babel o Revenant, durante mi tercer recorrido me quedó claro que su mayor similitud es con Birdman, que Iñárritu y Lubezki presentaron como una toma continua de dos horas. Esa coreografía que idearon para Birdman, de una cámara que se traslada por un teatro en Broadway, probablemente ayudó a Iñárritu a modelar las relaciones espaciales y el conjunto de imágenes al estilo de realmente-estás-ahí que la RV necesita. La edición clásica de Hollywood ya no sirve, y la narrativa se tiene que transmitir de otras maneras: a través del sonido, el ambiente y los encuentros físicos.
La realidad virtual, a la larga, no es cine ni arte visual. Es un medio que busca convertirse en un no-medio; un conjunto de imágenes y sonidos que replica o incluso supera a la vida real.
Son ambiciones antiguas. Las tecnologías para ver algo en 3D han existido durante siglos, desde los lentes convexos del siglo XVIII o las gafas que simulaban profundidad en el siglo XIX. Si la realidad virtual realmente va a cambiar las instituciones de arte o si desaparecerá como esos aparatos todavía está por verse.
Pero lo que ha comprobado Iñárritu con este formidable trabajo es que hacer de la RV algo más que una atracción secundaria está en las manos de los artistas. Y que algunas historias nos pueden conmover más si nos transportan de lleno a las vidas de los protagonistas. Una de esas historias es justamente la que sucede cada día en la frontera estadounidense —y en el Mediterráneo— y es protagonizada por personas que no quieren otra cosa más que un lugar mejor.