martes, 10 de enero de 2017

EL SOCIÓLOGO ZYGMUNT BAUMAN SOBRE POR QUÉ LAS REDES SOCIALES PODRÍAN SER EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO

EL SOCIÓLOGO ZYGMUNT BAUMAN SOBRE POR QUÉ LAS REDES SOCIALES PODRÍAN SER EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO


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Un hombre de 90 años, lúcido, pesimista y quizás capaz de ver lo que nosotros no podemos notar dentro de la gran pecera digital, nos advierte sobre aspectos de ésta. Zygmunt Bauman es uno de los más feroces críticos de la modernidad y la sociedad de consumo, y en una reciente entrevista con El País hizo algunas apreciaciones sobre el desencanto que estamos viviendo ante las políticas neoliberales y la inundación tecnológica. El sociólogo polaco ha diagnosticado que la promesa neoliberal de que la riqueza de unos cuantos acabaría derramándose hacia otros estratos de la sociedad se ha revelado como una gran mentira, y la desigualdad sigue creciendo sobre esta promesa. Así se crea lo que llama "un precariado", una sociedad precaria que sufre a expensas de una minoría privilegiada.


El desencanto está llegando a un punto crítico:

Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no sólo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.

Bauman considera que la visión que ha sido promovida es la de un individualismo rampante que produce un pérdida del sentido de comunidad, un "activismo de sofá" desvinculado de las acciones que realmente pueden hacer una diferencia. A esto contribuye el adormecimiento generalizado de los medios digitales, especialmente de las interacciones mediadas en redes sociales. Tal vez Internet no es un instrumento tan revolucionario como se pensaba:

La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

La clave parece estar en nuestra relación editada, comodificada con los otros en las redes sociales, lo cual no nos confronta con la realidad de la diferencia del mundo de las calles, podemos crear nuestro propio universo cerrado, inoculado, a salvo de tener que ver lo que no nos gusta de nosotros. Podemos controlar lo que vemos y lo que nos dicen desde nuestro sofá. Esto es evidentemente una ilusión; quizás estas plataformas digitales estén muy cercanas a un perfecto maia.

“Hemos perdido el arte de las relaciones sociales”


“Hemos perdido el arte de las relaciones sociales”

La humanidad ha olvidado cómo ser feliz, advierte el sociólogo polaco



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Bauman: “El límite entre lo laboral y lo personal ha desaparecido”. CARLOS ROSILLO

“Hay que replantearse el concepto de felicidad, se lo digo totalmente en serio”. El hombre que bautizó este tiempo de incertidumbre comomodernidad líquida repara durante gran parte de la conversación en el deseo más universal de la humanidad. El filósofo y pensador Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) cree que se nos ha olvidado cómo alcanzarla: “Generamos una especie de sentido de la culpabilidad que nos lo impide”.
Bauman recaló recientemente en la capital para ofrecer una conferencia en la Universidad Europea de Madrid a propósito de su último libro Sobre la educación en un mundo líquido, publicado en 2013. La conversación transcurre en una mesa de reuniones, frente a una botella de agua que apenas toca y un gran ventanal. Y ahí, con un gesto grave como su voz, profundiza sobre la felicidad, la crisis económica, las redes sociales o la juventud. “La búsqueda de una vida mejor es lo que nos ha sacado de las cuevas, un instinto natural y perfectamente comprensible, pero en el último medio siglo se ha llegado a pensar que es equivalente al aumento de consumo y eso es muy peligroso”,señala el premio Príncipe de Asturias 2010. Con mirada enérgica, anima a cambiar los referentes: “Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho”. Lo que se consume, lo que se compra “son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”, despacha el filósofo que, a sus 88 años, arranca y despide el encuentro matutino fumándose una pipa de tabaco y un cigarro.


UNIVERSIDAD EUROPEA DE MADRID.


• Una botella de agua.
• Un café.
Cortesía de la organización.

Describe un círculo vicioso familiar a propósito de la asociación de felicidad y consumo. El padre o la madre que dedican parte del sueldo a comprar la consola al hijo, porque se sienten culpables al no dedicarles tiempo. Le hacen el regalo, pero el modelo queda obsoleto pronto y se comprometen a facilitarle el siguiente. “Para pagarlo necesitarán más éxito profesional, estar más disponibles para el jefe, usar un tiempo que quitarás a tu familia...”.
Zygmunt Bauman no tiene teléfono móvil ni perfil en las redes sociales, pero “desgraciadamente” se ve obligado a observarlos de cerca: “No tengo más remedio que interesarme por estos fenómenos por motivos profesionales”. Abomina de ellos porque considera que invaden todos los espacios y diluyen las relaciones humanas. “El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo”, dice.
No le gusta el papel que juegan en la vida laboral y tampoco el que suplantan, en su opinión, en las relaciones personales. Se acuerda de Mark Zuckerberg, que ideó la red Facebook para ser un chico popular. “Claramente ha encontrado una mina de oro, pero el oro que él buscaba era otro: quería tener amigos”.
“Todo es más fácil en la vida virtual, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad”, se detiene. Las pandillas de amigos o las comunidades de vecinos “no te aceptan porque sí, pero ser miembro de un grupo de en Facebook es facilísimo. Puedes tener más de 500 contactos sin moverte de casa, le das a un botón y ya”.

Un mundo sin luz. muere el sociólogo Zygmunyt Bauman

#perfil

Un mundo sin luz

Crítico de la sociedad actual, Zygmunt Bauman, deja un legado de 57 libros  y más de 100 ensayos que nos ayudan a entender las formas políticas y el pensamiento ‘moderno, individualista y despiadado’
 

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títulos escribió Zygmunt Bauman a lo largo de su vida, según La Vanguardia
La pérdida de Zygmunt Bauman, uno de los escritores más prolijos y férreo crítico de la sociedad contemporánea, “individualista y despiadada”, como él la llamó en innumerables entrevistas, dejó el día de ayer en tinieblas al mundo tras fallecer a los 91 años de edad en Inglaterra.

El sociólogo y pensador polaco, fue clave para entender las formas políticas y el pensamiento del siglo XX. Escritor empedernido que podía dotar a la sociedad de uno a tres libros por año, detalla El País, entre los que destacan “Modernidad líquida” (2000) -considerada su obra cumbre-, “Amor líquido” (2005) y “Vida líquida” (2006).

Bauman sufrió los horrores del siglo XX —la guerra, la persecución, las purgas y el exilio— y recibió una medalla en 1945 tras su escape del gueto y posterior unión en el Ejército rojo, según relata el medio español.

‘Modernidad líquida’

Es conocido por ser el padre de la “modernidad líquida”, título de su máxima en la que desnuda a la sociedad moderna, su consumismo desmedido y la desigualdad con la que se vive. El pensador apuntaba a que “nada es sólido dentro de la sociedad, ni la familia, ni el empleo, ni el compromiso con la comunidad” y afirmaba que “hoy nuestros compromisos son temporales, pasajeros, válidos hasta nuevo aviso”, detalla El País.

Desde 1990 era profesor emérito e impartió clases en Israel, Estados Unidos y Canadá. Recibió el Premio Amalfi de Sociología y Ciencias Sociales (1992), el Theodor W. Adorno (1998) y el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2010).

Justo ayer lunes, día de la muerte de Zygmunt, el periódico La Vanguardia publicó una entrevista que le había realizado y en la que habló sobre su última obra “Extraños llamados a la puerta” (Paidós) en la que afirmó que “sucesos como la elección de Donald Trump y el Brexit son el pago social de más 30 años de ‘atracón’ y de juerga (…)”.

Algunos de sus libros

>>“La cultura como praxis” (1973)

>>“La posmodernidad y sus descontentos” (1997)

>>“La globalización: consecuencias humanas” (1998)

>>“En búsqueda de la política” (1999)

>>“La sociedad individualizada” (2001)

>>“Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias” (2005)

Frases célebres

>“Todas las medidas emprendidas en nombre del ‘rescate de la economía’ se convierten, como tocadas por una varita mágica, en medidas que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres”

>“El arte de romper relaciones y salir ileso de ellas supera ampliamente el arte de componer relaciones”

>“El país de las oportunidades prometía más igualdad. El país de las personas con agallas sólo puede ofrecer más desigualdad”

>“En una palabra, el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida”

>“Los teléfonos móviles ayudan a estar conectados a los que están a distancia. Los teléfonos móviles permiten a los que se conectan… mantenerse a distancia”

>“La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar”

>“El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas hechas sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas”

miércoles, 4 de enero de 2017

Postales: El maestro del miedo Raymundo Riva Palacio


Postales: El maestro  del miedo


BERLÍN.— Nadie interesado en saber por dónde sigue sangrando Alemania puede visitar Berlín sin darse una vuelta por el viejo cuartel general de la Stasi, el Ministerio para la Seguridad del Estado de la extinta Alemania Oriental, que es el ejemplo más puro de lo que fue la perversión del socialismo legado por José Stalin en la Unión Soviética, donde sus pupilos provocaron heridas en la sociedad que durante los 45 años de dominio ruso se espiaron los unos a los otros, provocando que toda una generación después de la reunificación no haya recuperado aún la confianza. La Stasi fue una policía política sofisticada con la cual se controlaba a la sociedad, y cuyo último jefe, Erich Mielke, es descrito como un funcionario más duro, brutal y criminal incluso que quienes manejaron a la Gestapo nazi.


El antiguo cuartel de la Stasi se encuentra en las profundidades del viejo Berlín Oriental, donde se pueden ver edificios de arquitectura estalinista –inmensos, cuadrados y grises– sin nadie que los habite y cafés con nombres rusos que cerraron hace años. La actividad comercial en el barrio donde se encontraba la Stasi, como muchos otros en Berlín, está deprimida. No hay nada que ver en esa zona de la capital salvo el edificio 1 del desaparecido Ministerio, que tenía fichadas a seis millones de personas, espió a más de dos millones de alemanes y reclutó a 180 mil de sus ciudadanos como informantes, que reportaban todo lo que hacían sus vecinos, sus amigos, sus familiares, y en los casos extremos, incluso sus propios esposos y esposas.

Ahí estaba el corazón de la Stasi, el acrónimo de Staats (Estado) y Sicherheit (seguridad), rodeado por lo que fueron los departamentos de inteligencia –el brazo internacional de la política y la diplomacia–, contrainteligencia –el espionaje interno–, operaciones sicológicas, financiamiento, tecnología, y el que revisaba cada una de las cartas y piezas postales que salían o entraban de Alemania Oriental, convertidas hoy en unidades habitacionales. Nadie que no sepa qué había en ese hoyo negro, conocen la pesadilla que se vivía en el número 103 de la Ruschestrasse.

John Koehler, que trabajó en Berlín para la agencia de noticias Associated Press y fue director de comunicaciones en la Casa Blanca durante el gobierno de Ronald Reagan, apuntó en su libro La Stasi: la Historia No Dicha de la Policía Secreta de Alemania Oriental, en 2000: “Los tentáculos de la Stasi probaban cada aspecto de la vida. Había oficiales trabajando en todas las principales plantas industriales, y sin excepción, una persona en cada edificio era designado para vigilar a sus vecinos y reportarlos al representante de la policía en la zona, que también trabajaba para la Stasi.

“Las escuelas, las universidades y los hospitales estaban infiltrados. Los doctores, abogados, periodistas, escritores, actores y deportistas también. Igualmente eran informantes los meseros y el personal de los hoteles. Los clérigos y las jerarquías católicas y protestantes fueron reclutados en masa como informantes secretos, mientras sus oficinas y confesionarios estaban infestados de sistemas de escucha. Casi 100 mil líneas telefónicas en Alemania Oriental y Berlín Occidental eran escuchadas 24 horas al día por dos mil agentes de la Stasi”.

No había nada de lo que la Stasi no se enterara durante el largo reinado de Mielke, El Ángel del Terror, un comunista de cepa que peleó contra los nazis, que fue asesino en su juventud, y peleó en las brigadas internacionales durante la Guerra Civil española. Participó en la Gran Purga estalinista en la Unión Soviética y en la resistencia alemana contra el régimen de Adolf Hitler. Llegó a dirigir la Stasi en 1957, y ahí se mantuvo inamovible hasta que prácticamente lo arrancaron de su austera oficina, ubicada en el primer piso del edificio 1, en enero de 1990, en la debacle final de Alemania Oriental.

Mucho dolor causó Mielke a los alemanes. Según los historiadores, fue el arquitecto de la colectivización de las granjas en Alemania Oriental, que forzó la primera emigración masiva hacia Occidente, que lo llevó a idear, para frenarla, la construcción del Muro de Berlín, aunque otros expertos sostienen que fue por iniciativa del líder soviético Nikita Kruschev. Mielke supervisó la creación de policías secretas al estilo soviéticas y guerrillas en todo el mundo. En México, creó corredores para permitir el escape de aquellos a quienes apoyaban en América Latina, proporcionándoles pasaportes falsos, e infiltró al gobierno mexicano.

Mielke, que llegó a ser considerado la persona más poderosa de Alemania después del presidente Erich Hoenecker, fue detenido en diciembre de 1989 por peculado, y en enero de 1990 por alta traición y al igual que el expresidente, por espionaje telefónico y postal. Finalmente fue juzgado por el asesinato de dos policías en Berlín, en 1931, y durante su juicio apareció ante el tribunal sentado en una silla y protegido por vidrios blindados. En la cárcel le proporcionaron un teléfono rojo similar al que tenía en su oficina, y sostenía conversaciones y daba órdenes imaginarias, porque no tenía línea. Sus facultades mentales iban en detrimento y en noviembre de 1994 el juez determinó que no estaba en condiciones para enfrentar un juicio. En 1995, después de mil 904 días en la cárcel, fue liberado. Cinco años después murió. El periódico sensacionalista Bild lo reportó así: “Su mal corazón ha dejado de latir”. Con Mielke murió la Stasi, pero no su nefasta memoria ni infame legado.

Twitter: @rivapa

Postales: El Bundestag - Raymundo Riva Palacio


Postales: El Bundestag


BERLÍN.- En el centro del corazón político de Alemania se encuentra el Bundestag –el Parlamento–, el eje por donde cruza el destino de esta nación, y donde los alemanes se reinventaron en lo que no eran, en busca de la reconciliación con ellos mismos y con el mundo. Por aquí cruzaron los momentos que definieron la historia germana: el poderío prusiano del imperio de Guillermo I; la proclamación de la República de Weimar, y las maniobras golpistas de Adolfo Hitler, quien sepultó entre las ruinas de este magnífico edificio, devorado por un incendio en 1933, lo que quedaba de democracia para instaurar la dictadura del Tercer Reich. El viejo Reichstag –el término imperial que no les gusta a los alemanes recordar– fue también la frontera entre el Este y Oeste, en cuyas espaldas se levantó en una noche la Cortina de Hierro, como Winston Churchill definió al Muro de Berlín.


Toda esta historia de 152 años no podría explicar la reinvención de Alemania sin entender cómo esta nación, herida y humillada por tres guerras en menos de un siglo, decidió, a través de sus legisladores más sabios en 1994, que Berlín volvería a ser la capital federal, y que el Parlamento tendría que regresar a ser lo que hace casi 100 años dejó de ser, el órgano supremo para decidir la vida de los alemanes. La forma es fondo, como escribió el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en el siglo XIX, por lo que un concurso internacional entre 80 arquitectos alemanes y 63 extranjeros, le dio a Norman Foster –quien ganó el diseño del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México–, el proyecto para reconstruir la casa de los alemanes. El diseño de Foster creó un eje en la ribera del río Spree, donde volvía a unir simbólicamente Berlín Oriental de Berlín Occidental, separados por la Guerra Fría, con paneles solares en miles de metros cuadrados y un equilibrio con lo fresco y lo verde.

Lo que no tenía su diseño era una cúpula sobre el Bundestag, como la tenía el viejo Reichstag, destrozada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y la lucha entre las tropas rusas y las nazis, cuando la caída de Berlín en 1945. Foster no quería incorporarlo, pero los políticos alemanes le dijeron que esa nación no podría concebir su Parlamento sin el domo. Un diseño independiente de un arquitecto alemán le dio la solución, y a los alemanes la reinvención. La cúpula actual, de vidrio y acero, tiene 360 espejos que reflejan la luz solar y calientan el Bundestag, apoyados por un sistema fotovoltaico en el techo, de 300 metros cuadrados de energía limpia. En su interior hay un cono que toma forma de vela sobre el salón de sesiones de los diputados, por donde circula el aire y, al mismo tiempo, absorbe y redistribuye el agua para evitar inundaciones. Pero este ecosistema, tan relevante, no fue lo más importante.

El Bundestag tiene lo que ningún otro parlamento del mundo posee: transparencia. Todo es luz y todo está abierto. Aunque hay 400 asientos para el público que desee ver sus sesiones semanales, desde la cúpula se puede ver el debate parlamentario a través de los vidrios. Es el centro de los 53 edificios que comprende el Bundestag, y que también conecta con la Cancillería federal, aunque no pertenece al complejo parlamentario, parte del concepto de la nueva Alemania. Lo racional es que nada debe ser opaco, como lo fue la Alemania comunista, la nazi o la prusiana de los Guillermos. La apertura de la política para los alemanes es la esencia de su democracia. Los complejos de edificios parlamentarios llegan a medir 200 metros de largo y 25 de altura, con espejos para que se pueda ver a su interior. Desde la calle se puede observar si la canciller Angela Merkel está en su oficina y se encuentra trabajando. En uno de los edificios parlamentarios, el Jakob Kaiser, el artista israelí Dani Karavan instaló paneles de vidrio sobre los que se escribieron los 19 artículos de la Carta de Derechos en la Constitución alemana, sobre las libertades civiles, políticas y de expresión.

Las libertades, que tanto les faltaron durante más de un siglo, son sagradas. Junto a la Cancillería federal se encuentra la Casa de la Prensa, un enorme edificio de 700 oficinas de medios de comunicación que sustituyó al viejo Tulpenfeld en Bonn, la antigua capital de Alemania Occidental. Todos los días, pero sólo por invitación de la prensa, acuden los ministros y los voceros para informar sobre lo que están pidiendo los medios. Nunca es al revés. La libertad de expresión no está subordinada a los políticos. Dos veces al año, como mínimo, la canciller federal acude a la Casa de la Prensa a dar conferencias. Nada es obligatorio, pero para los políticos alemanes la ausencia de estas libertades es lo que los encaminó a décadas de oscurantismo.

El Bundestag impide el olvido. Aquí se acabó la conducción vertical y unipersonal de Guillermo II, el último emperador de Alemania, y comenzaron los 14 años de la República de Weimar, con sus golpistas de derecha e izquierda que produjeron la crisis económica que llevó a Hitler al poder. Aquí acabó el nazismo y a su espalda comenzó otra dictadura que murió en 1990. La restauración del Parlamento fue la de la nación misma en este Berlín, el microcosmos de la reinvención eterna de Alemania.

Twitter: @rivapa

martes, 3 de enero de 2017

Trumpistán


Trumpistán

Genaro Lozano

03 Ene. 2017


CORTINA D'AMPEZZO.- En 17 días termina la era Obama e inicia la era Trump y el contraste se sentirá desde los primeros minutos de los próximos cuatro años. De la pulcritud intelectual, la paciencia reflexiva y la decencia del primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca, pasaremos a la oscura ignorancia, el instante de la urgencia y la indecencia del primer multimillonario en tomar por asalto el Poder Ejecutivo. Las consecuencias para Estados Unidos y para el mundo serán funestas.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía y columnista del New York Times, alerta sobre la era de Trumpistán. El inicio de un gobierno de cuates multimillonarios, de conflictos de interés, peculado y de una corrupción rampante. Las consecuencias para el sistema político y la economía estadounidenses serán terribles, pero sus efectos contagiarán a los presidentes latinoamericanos, que frente a Obama al menos simulaban. Con Trump en la Presidencia, la sociedad civil mexicana deberá combatir el que no normalicemos nuevas casas blancas o escándalos de conflictos de interés del gobierno de Peña Nieto. Lo mismo para los demás países latinoamericanos. Trumpistán impulsará el Mirreinato latinoamericano.

En la reunión de embajadores y cónsules de la próxima semana, la canciller mandará el mensaje público de que tiene todo bajo control y que la red de consulados redoblará esfuerzos para atender a nuestros connacionales, pero sin el presupuesto que se necesita para esa titánica tarea. De la renegociación del TLCAN, prometida por Trump, habrá que tocar otras puertas, porque al parecer el tema no será de la Cancillería, sino de Economía y Hacienda. No hay más. El relevo en la SRE tiene que darse este mes, Trumpistán no permitirá que le demos chance a Ruiz Massieu, a quien o le quedó enorme el cargo o tuvo a un equipo de enemigos en comunicación social y de plano no supo #Rompersuslímites, por parafrasear el mensaje automotivacional de la mujer que también parece aspirante presidencial del PRI. Son tiempos de hubris.

Más allá de Norteamérica, el inicio de Trumpistán afectará al sistema de Naciones Unidas. EU tiene una relación esquizofrénica con la ONU. Nació de la mente de uno de sus presidentes y su esposa, pero a lo largo de sus ya siete décadas de existencia los estadounidenses no saben qué hacer con el organismo internacional: lo odian y lo aman. Bajo Trumpistán, el unilateralismo estadounidense revivirá. La impaciencia con la diplomacia multilateral que el mundo experimentó bajo George W. Bush, se convertirá en la irresponsabilidad en tiempo real. Nikki Haley, la propuesta de Trump como representante de EU ante la ONU, perderá el tiempo excusándose por los tuits de su jefe y esperando a que éste le tome la llamada cuando se esté discutiendo la crisis de Siria en el Consejo de Seguridad.

Trumpistán también golpeará a Europa. La incómoda alianza entre Francia, Gran Bretaña y Alemania para contener la influencia de Putinistán, ahora enfrentará el torbellino del bromance entre Trump y Putin. Los valores de Monet, Beethoven y los padres fundadores de la unidad de una Europa liberal, democrática, generosa y plural serán enterrados por el nuevo orden bipolar que se tejerá entre Washington DC y Moscú. Vienen tiempos oscuros para el orden internacional. La Alemania de Angela Merkel y la Francia de Francois Hollande pueden tener los días contados.

Son tiempos de resistencia a partir del 20 de enero. La esperanza está en la hoy adormecida, pero siempre vibrante, sociedad civil estadounidense. En las mujeres que marcharán contra Trumpistán, en organizaciones como ACLU, en las ciudades estadounidenses que desde ya se declaran santuario para migrantes, en el cambio demográfico que para el 2020 podría despertar del letargo y sacar a Trump y a los republicanos del poder. Son tiempos de nostalgia prematura. Bienvenidos a Trumpistán.



@genarolozano

Postales: Berlin por Raymundo Riva Palacio


Postales: Berlín



BERLÍN.- La mayor sorpresa cuando uno se mezcla en los barrios berlineses es la desigualdad. Hay zonas enteras abandonadas y pordioseros en las calles y el metro. Por las calles se ven personas pidiendo dinero para comer y durmiendo en las estaciones de trenes, cubiertos por cartones. Berlín no refleja el resplandor del poderío germano, cuyos recursos sostienen herculinamente a Europa, y tampoco es la ciudad alemana con mayor riqueza. De hecho, un reciente estudio sostiene que sin Berlín, donde 17 por ciento de sus pobladores viven gracias a los programas sociales, Alemania crecería 0.2 por ciento anual más. El costo de casi un siglo envuelta en crisis políticas y guerras ha impedido que esta capital, que se reunificó con Berlín Oriental hace 25 años, empiece a despegar.


Berlín no es para Alemania lo que Londres es para el Reino Unido, o París para Francia, ni se asemeja a ninguna otra capital europea que, lejos de restarle puntos de crecimiento, le aporta riqueza. Tampoco tiene la fuerza económica de Múnich, ni el poder financiero de Fráncfort. Incluso, sólo Dresde, que pertenecía a Alemania Oriental, sufre un mayor desempleo que esta capital que, de no haber sido restaurada como tal, sería una ciudad industrial más luchando por sobrevivir, sin estar reconvirtiendo su economía hacia tecnología y servicios, como lo hizo Manchester para reinventarse. Sin embargo, Berlín carga una historia densa como muy pocas capitales tienen, y una personalidad que hace imposible pensar que en esta Alemania unida, no fuera su capital.

La forma como comenzó a levantarse fue, precisamente, mediante la estrategia que siguió como parte de la propaganda de guerra contra el régimen comunista en el oriente: la cultura. Antes de que cayera el Muro de Berlín, y con ello el fin de los regímenes comunistas dependientes de Moscú en el otoño de 1989, Berlín era una capital rota y dividida en dos, que vivía la dicotomía Este-Oeste, la luz y la oscuridad, literalmente. Lo experimentó brutalmente desde el 12 de agosto de 1961, cuando tropas alemanas y soviéticas levantaron en una noche un muro que rodeó las zonas estadounidense, inglesa y francesa de Berlín, dejando aislada su parte occidental y separada de Alemania.

El viejo Berlín Oriental era lúgubre en las noches, con luces pálidas en las calles y poca iluminación en los edificios sólidos, masas grises de la arquitectura estalinista, con pocos autos y casi sin gente en las calles, contrastando con el Berlín Occidental, lleno de luces de neón y febril actividad. La zona del muro, que se extendía 43 kilómetros como herida abierta en Berlín, era una franja de la muerte –en el lado oriental, donde mataban a quien quisiera escaparse por el muro– o económicamente deprimida –en el occidental, donde aparecía la pobreza que no se veía en el resto del país. Pero la extensión de la Guerra Fría se daba en la infraestructura cultural que construyeron ambos lados.

Juntos tenían 17 museos, 17 teatros, tres óperas y ocho orquestas, que cuando se dio la reunificación de las dos capitales en 1991, representó un problema práctico. El largo acoplamiento económico y social también pasó por el cultural. Aunque se mantienen instalaciones en lo que fueron los mundos oriental y occidental, se optó que el centro de la cultura siguiera siendo la Isla de los Museos, donde surgieron cinco instituciones nacionales entre 1830 y 1930, que durante la Guerra Fría estuvieron bajo control comunista. Para regresar la vida a la capital, se inyectaron mil millones de dólares para reconstruir sus templos de arte, que albergan el Altar de Pérgamo –que da su nombre al museo– y la restauración de una parte de la Puerta de Ishtar, la entrada a la esplendorosa Babilonia, capital de Mesopotamia, o el Nuevo Museo, donde el arquitecto inglés David Chipperfield mezcló las ruinas del viejo edificio destrozado por las bombas en la Segunda Guerra Mundial con modernas edificaciones para dotar ahí de casa al impecable busto de Nefertiti, la reina de Egipto. No fue lo único.

Cada año, esta ciudad añade al arte, estética e imaginación a su horizonte, que a lo lejos se ve sembrado de decenas de torres de construcción que se adentran en lo que fue la zona comunista, que aún no termina de acoplarse al sistema político y económico occidental. Una de esas zonas es donde está la Plaza Potsdam, que se dudaba florecería nuevamente porque la tenía moribunda el muro que dividía los sectores estadounidenses y soviético. Ahí se levantó un microsistema tecnológico con el Centro Sony, cubierto por una cúpula de cristal, cuyo diseño asemeja la Basílica de Guadalupe, y sede de la Berlinale, el festival de cine internacional, como su eje.

El Centro Sony no es Silicon Valley, pero una de las apuestas de Berlín es que, además de la cultura, tenga una economía digital. Lo que ayuda a Berlín, por encima de otras ciudades alemanas, son la calidad de sus universidades –aquí estudiaron Albert Einstein y Max Planck, el fundador de la Teoría Cuántica– y los casi 40 laboratorios de investigación y desarrollo que no están afiliados a ellas, que les permitió enfocarse desde 2005 en las empresas digitales, información y telecomunicaciones. Desde entonces ha crecido 58 por ciento. No es una subida fácil, pero desde hace dos años se han visto resultados alentadores para recuperar el resplandor en este Berlín que, como lo ha demostrado a lo largo de la historia, está lleno de orgullo.

Twitter: @rivapa