miércoles, 2 de marzo de 2016

Los "Guerreros Unidos" a ras de tierra

02/03/2016 01:50 AM


Si alguien quiere saber lo que es la vida a ras de tierra, la perra vida, la fría y sangrienta vida de los Guerreros Unidos, la banda criminal que domina la región de Iguala, tiene que leer la crónica de Héctor de Mauleón en el número de febrero de la revista Nexos.

Los Guerreros Unidos son hijos directos de la política de descabezamiento de los grandes cárteles, practicada con tan sangriento éxito en la guerra mexicana contra las drogas.

Nacen, lo mismo que Los Rojos de Chilpancingo, sus rivales, de la ejecución de Arturo Beltrán Leyva, hecha por la Marina, y la consecuente desarticulación de su banda, hasta entonces dueña del narco en Guerrero y Morelos.

La virtud mayor de la crónica de Mauleón es que, quizá por primera vez en estos años de sangre, vemos a un temido grupo criminal siendo parte de la vida diaria de su sociedad: trafican droga y a la vez son pequeños ganaderos, mandan matar y descuartizar y al mismo tiempo tienen carnicerías en el mercado, sobornan a la policía y al mismo tiempo organizan jaripeos y palenques, vigilan hasta el último metro de las calles de Iguala mediante un preciso sistema de escalonamiento de halcones y al mismo tiempo se reúnen a tomar chelas y a jugar futbol en la cancha del pueblo, a la que acuden por igual las familias de los jugadores y los policías del municipio, a la vez cómplices criminales y compañeros en la cancha.

En las mismas camionetas donde los Guerreros Unidos llevan a sus enemigos amarrados rumbo al matadero, transportan chivos para el rastro, o alcohol y alimentos para bailes y jaripeos; los mismos que atienden el servicio de autolavado en una conocida esquina de Iguala dan las órdenes de cómo enterrar, en el gigantesco cementerio clandestino que rodea la ciudad, los cadáveres de sus enemigos, o de cómo quemarlos en el basurero de Cocula, sobre lo cual la crónica incluye una precisa descripción de técnica crematoria por parte de uno de los quemadores.

Esta mezcla única de vida cotidiana y brutalidad criminal da al retrato de los Guerreros Unidos hecho por de Mauleón un escalofriante rasgo de verdad, la impresión de estar tocando con la mano el corazón de las tinieblas que late en Iguala a todas horas y a la luz del día.


hector.aguilarcamin@milenio.com

jueves, 7 de enero de 2016

A propósito de mi neurosis post parto, y crisis existencial... ahí les va..

A propósito de mi neurosis post parto, y crisis existencial... ahí les va..

La maquina de recordar

Instrucciones de uso: para leer este artículo se recomienda hacerlo mientras se escucha Videotape de Radiohead. En caso de duda, consulte con su médico o farmacéutico. 
La memoria engaña. Se enrosca en los objetos, se aferra a rostros y cuerpos de familiares, amantes y amigos, se pierde por oscuras esquinas y calles desiertas. Su imagen es, en ocasiones, la de un eco brumoso, en otras, la de una nítida revelación; en cualquier caso, una entelequia imposible de revivir, tan solo alcanzable a través del arte espectral de la fotografía (y del cine y el vídeo como sus lógicas extensiones).
El paso del tiempo todo lo pudre. Nada permanece. Y los recuerdos son, en sí mismos, una mentira. Vamos manipulándolos a nuestro antojo a cada momento que pasa, sin darnos cuenta de esa lenta metamorfosis según la cual te convences a ti mismo de que aquel 6 agosto del 97 viviste el mejor de tus días o ese 24 de diciembre de 2004, la peor de tus pesadillas hecha realidad. Lo más probable es que, si uno consiguiera volver a ese momento, aquí y ahora, el recuerdo solo le proporcionara un tenue reflejo de ese entusiasmo o terror primigenio, quizá solo una leve sensación de déjà vu. ¿Qué haríamos si ese neblinoso cine que es la memoria fuera fiable al cien por cien? Si, cada vez que quisiéramos, pudiéramos volver a ver nuestros momentos más dulces o amargos o borrarlos para siempre, incluso retrotraernos a los primeros años de nuestra vida y denunciar a nuestros padres por abandono infantil. O desenmascarar a nuestra pareja después de comprobar, con obsesiva y enfermiza determinación, que nos ha estado engañando durante todos estos años. Esa posibilidad, tan remota como perversa, es lo que plantea The Entire History of You.
Qué difícil superar el listón de The National Anthem y 15 Million Merits, los dos primeros capítulos autoconclusivos de esa suculenta mezcla de humor negro, ciencia ficción y crítica sociológica que es Black Mirror. Y, sin embargo, el terrorista televisivo llamado Charlie Brooker y el guionista Jesse Armstrong (The Thick of It, Veep) consiguen rizar el rizo con The Entire History of You, despojando los 50 intensos minutos de metraje de cualquier secuencia o idea accesorias y convirtiendo una historia de celos y autodestrucción sentimental en una punzante reflexión sobre el papel de la mentira y la memoria en la sociedad contemporánea.
Para aquellos insensatos que no hayan disfrutado todavía de la serie parcial o totalmente, un pequeño resumen y una severa advertencia al confiado lector: no siga leyendo si de verdad quiere disfrutar del angustioso visionado que le espera. No estamos en el futuro, acaso en una realidad alternativa, como aquellas de The Twilight Zone o Tales From the Crypt, en la que la inmensa mayoría de humanos lleva implantado un dispositivo tecnológico (conocido como el Grano). Se trata de un disco duro cerebral que sirve para almacenar todo lo que los ojos registran y permite verlo de nuevo al antojo de cada cual, ya sea en la intimidad o proyectándolo en cualquier pantalla por medio de un diminuto mando a distancia. Tamaño invento tiene un impacto aplicable a todas las facetas de la sociedad: relaciones personales, entrevistas de trabajo, seguridad en los aeropuertos… Pero el tratamiento o punto de vista del capítulo, el que marca la diferencia con las anteriores entregas de Black Mirror y le da un plus de universalidad, es que el enfoque es a pequeña escala: el desdichado presente y futuro de una pareja corroída por las termitas de la duda, la mentira, la culpa y los celos. También se plantea otro tema crucial: los cada vez más exiguos límites al derecho a la intimidad, transgredidos por las nuevas tecnologías hasta lo obsceno.
Bertrand Tavernier ya había explorado las posibilidades narrativas y las consecuencias éticas de un adelanto tecnológico similar en La muerte en directo (La mort en direct, 1980) pero, en aquella película, el énfasis residía en el papel de Roddy (Harvey Keitel) como voyeur y en una crítica sin concesiones a la deriva del medio televisivo. Eso sí, 20 años antes de que fuéramos invadidos por el fenómeno Gran Hermano, programa ya utilizado con sorna y sadismo por el propio Brooker en Dead Set¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004) jugaba con el concepto de borrar y editar los recuerdos, hasta desarrollar incluso la posibilidad de habitar en la memoria, y lo hacía para resaltar el sentimiento amoroso por encima de todas las cosas. En The Entire History of You (y en todoBlack Mirror) el principal dardo es el género humano en su totalidad, la flagrante incapacidad de todos nosotros para mantenernos ajenos a lo que se proyecta en las pantallas que invaden, cada vez más, nuestra vida. La pantallización de la sociedad es tal que está empezando a no dejar espacio para goces tan elementales como el de mantener una buena conversación sin que alguno de los participantes baje la cabeza y teclee en su smartphone cualquier ocurrencia en un tuit o mensaje de whatsapp.
Los personajes de The Entire History of You viven en casas de diseño, lujosas pero carentes de la más mínima humanidad, como esos edificios tan bellos como inhabitables que pueblan las revistas de arquitectura. Con naturalidad vamos dándonos cuenta de que toda su vida gira en torno a las posibilidades que acarrea la existencia del grano, ese ir y venir en los recuerdos, que, en el fondo, supone no vivir jamás el presente, alargar la sombra del pasado hasta que éste lo engulle todo. Pero no es hasta la aparición del aborrecible Jonas (Tom Cullen) que la función se pone definitvamente en marcha. El tipo que alardea en público de masturbarse con los recuerdos de sus primeras conquistas, su discurso contra la fidelidad y el amor duradero y su flirteo poco disimulado con la mujer de Liam (Toby Kebbell), nuestro desdichado protagonista, es lo que acaba por dinamitar el relato. Ahí empiezan a asomar la frustración y la fragilidad de Liam, ofuscado con rebuscar en el pasado de Ffion (Jodie Whittaker) para demostrarse a sí mismo que ha sido engañado y que ya nada puede remediarlo. Y el síntoma definitivo es una ocurrencia tan demencialmente genial como triste: ese tedioso y desganado intercambio sexual con los ojos de ambos velados, repasando un coito de mucho tiempo atrás, cuando todavía existía esa excitación inherente a los primeros escarceos. El desasosiego provocado en el espectador con esta secuencia no le abandona hasta el final del capítulo. La desazón continúa más allá del final, porque en el fondo, bajo la paraguas de la ciencia ficción, Black Mirror apela a la más absoluta identificación con los personajes. Ese inevitable y persistente “¿qué haría yo en su situación?”, que nos persigue hasta mucho tiempo después de que la pantalla quede, definitvamente, en negro.
Enero 7, 2016...

Muchísimos cambios en esta vidita mía!
Quiero dejar de depender tanto del teléfono, redes sociales y demás distractores!!!

Como bien dice este tipo en su columna:



La lista de propósitos 2016

Enero 4, 2016 | Tags: 
Actualizar cada lunes en la mañana esta bitácora.
Seguir alejado de las redes sociales, Facebook, Twitter y sucedáneos. Soy de la idea de que tenemos una cuota diaria de creatividad. ¿Para qué gastarla en 120 caracteres?
Seguir sin teléfono celular. Llevar a todas partes, como lo he hecho desde siempre, un libro para leer en el transporte público.
Por todas las anteriores, seguir sin tomar fotos a mi comida, presumir en tiempo real los lugares a donde viajo, las fiestas a donde asisto, los tragos que bebo, los discos que escucho, etcétera, para hacerles creer a un montón de ociosos que llevo un “estilo de vida”.
Seguir sin utilizar Uber; y sin creer que la liberación de la clase media oprimida provendrá de una corporación billonaria trasnacional que se disfraza de buena onda.
No renovar mis cuentas de Netflix y de Spotify y volver a los torrents. En el caso del primero, no dejar que una compañía me imponga qué ver previo a una estrategia de marketing. “Puesto que viste Auschwitz te recomendamos Los ositos cariñositos”.
Seguir sin ver Star Wars, aunque me la pongan en un México-Puebla. No pienso darle un solo centavo de mi dinero a Disney. No quiero formar parte del mayor lavado de cerebro que he visto en más de treinta años; pertenecer a esas multitudes a las que un puñado de ejecutivos, de manera unilateral, les han hecho creer que asisten a algo “histórico”.
No pienso ver una sola película de superhéroes. Por lo tanto, seguir sin creer que hay una lucha entre el bien y el mal según una ideología que ha hecho toda clase de males desde hace más de cien años.
No pienso ver una sola de las series que están de moda.
En cambio, me propongo volver a empezar y terminar Viaje al oesteEl sueño de las mansiones rojas (espero lograrlo esta vez), La historia de la revolución francesa de Lamartine, etcétera, aunque no tenga con quién charlar en las reuniones.
No ir a reuniones.
Mudarme de la ciudad de México. Entre otras razones (no la de más peso), porque estoy harto de ver a Martha Debayle fotoshopeada en todas partes. Las de peso: la mala calidad de los alimentos, del aire, la falta de cultura cívica de sus automovilistas y ahora ciclistas.
Por lo tanto, no pienso comprarme una bicicleta para hacerme creer a mí mismo que estoy cambiando al mundo y amenazar a los peatones en aceras, cruces peatonales y en sentido contrario.
Seguir sin escribir novelas de narcos o de cualquier otro tema y formato que venda, según el mercado editorial.
Seguir sin utilizar causas de izquierda para acrecentar mi falta de prestigio personal (y de paso vender algunos libros).
Hacer cuarenta minutos de ejercicio diario, plantar un árbol, hacer trabajo social, llevar una dieta de dos mil calorías diarias, etcétera.
No hacer una lista de propósitos para el año 2017. 

lunes, 11 de mayo de 2015

El mundo los espera / Denise Dresser

Día de las Madres. Día en el cual -según las convenciones sociales de la época- a uno la llevan a comer, la celebran, le envían flores, le escriben tarjetas. Pero prefiero usar el momento de otra manera, para escribirle a mis hijos y a los hijos de quienes me leen lo que quisiera que supieran. Aquí desde la humildad, desde la imperfección, desde los errores y también, espero, los aciertos. Ser madre no es tarea fácil ni viene con un manual de instrucciones. A veces he deseado para ustedes cosas que no desean para sí mismos. A veces no he sabido dónde acabo yo y dónde comienzan ustedes.

Lo que sí sé con prístina claridad es que he tratado de educarlos para vivir con un sentido de obligación moral. Con un sentido de responsabilidad con su país y con su mundo. Para ser auténticos y audaces y agitadores y abrir los brazos a lo nuevo, lo inexplorado. Para combatir el sexismo y el racismo y el militarismo y todos los ismos que aún nos aquejan. Para entender que vivirán el gozo inexplicable y la tragedia más allá de las lágrimas. Y en ese camino, ojalá nunca sigan a los héroes decorados del fraude y la corrupción ni emulen las fallas de nuestro país y de nuestro tiempo. Más bien están aquí para crear comunidades de poesía y mariposas y amistad y causas y besos y verdad y posibilidad.

He tratado de educarlos para que participen, porque la democracia no es un deporte de espectadores. He intentado criarlos para que en vez de preguntar ¿Por qué no alguien hace algo? pregunten ¿Por qué no hago algo yo?. Y sí, quiero que busquen la felicidad, pero creo que proviene de hacer cosas que valen la pena. La felicidad no es suficiente, como escribió Toni Morrison. El éxito personal desligado o desentendido de la justicia social equivale a una vida trivial. Equivale a verse bien en vez de hacer el bien.

Y aspiro a más para ustedes. Hay mucho trabajo serio, difícil, noble que hacer. Cambiar lo que hay que cambiar. Están aquí para ser -como lo escribía Aristóteles- animales políticos. Están aquí para ser ciudadanos efectivos en búsqueda de una democracia pluralista, liberal, anti-tribal. ¿Y por qué ustedes y tantos jóvenes más de su generación? Porque el mundo y el país no pueden esperar. Porque son ciudadanos de una democracia fallida e imperfecta, pero ciudadanos al fin . Y eso implica estar casados con lo político sin posibilidad de divorcio, como dice el dramaturgo Tony Kushner. No actuar es actuar. No votar es votar. Si se rehusan a actuar le abrirán la puerta al mal que se cuela; al mal que está muy contento con la impunidad y los feminicidios. Estos son tiempos monstruosos de estudiantes calcinados y jornaleros golpeados.

Ante estos tiempos nublados la esperanza que insisto en transmitirles no es una elección. Es una obligación. Y la esperanza no es ingenua; todos los días lucha contra la desesperanza. Pero si pierden la esperanza pierden el alma, y si la pierden se volverán como esos zombies de las películas que les gusta ver y que caminan por tantas oficinas de este gobierno. Piensen en las palabras del poeta Czeslaw Milosz: ... el día se acerca a otro, haz lo que puedas.

Y sigan leyendo muchos libros porque cuando leemos -escribe Collum McCann- empezamos a vivir en los cuerpos de otros. En la madre que busca desesperadamente a su hijo y no acepta el ya supérenlo. En el migrante que se sube a La Bestia sólo para acabar empacando carne en una gélida fábrica en Dakota, atrapado en una jaula de oro. En la mujer encarcelada por ser mala madre ya que no pudo hacer nada cuando su novio aventó a su hijo contra una pared, matándolo. Lean para que puedan engarzar la empatía con la compasión y con la acción transformadora.

Finalmente, si no están de acuerdo con estas palabras que les escribo, cuestiónenlas. Cuestiónenme. Son hijos de la inteligencia libre; así los eduqué. Para que piensen por sí mismos, para que cultiven su humanidad a través del debate. Sólo les pido que ante los retos extraordinarios que enfrenten en México y más allá, traten de restaurar algo de la belleza y la paz y la justicia que hemos perdido. Traten de conjugar esas palabras que comienzan con la letra r: reconstruir, reformar, reinventar, reimaginar, reconsiderar. Conéctense de manera profunda a su patria y a quienes la habitan. Ese sería para mí el mejor regalo de Día de las Madres: que dejarán su país maltrecho mejor que como lo encontraron. Que recordarán la valentía que cargan adentro para hacer cosas extraordinarias, milagros incluso. Y por cierto, gracias por el privilegio de ser madre, su madre.

miércoles, 29 de abril de 2015

Nepal y la Brecha de Guerrero Pascal Beltrán del Río

Como ocurrió con el terremoto de Haití hace un lustro, el que sacudió a Nepal el pasado fin de semana ha dejado al descubierto las carencias de uno de los países más pobres del mundo.

La naturaleza ha vuelto a ensañarse con los miserables. Con los de un país de 28 millones de habitantes cuyo ingreso promedio per cápita es de dos dólares al día.

De las 43 naciones con menor índice de desarrollo del mundo -medido por la ONU- sólo ocho no están en África. Una de ellas es Nepal. Aparece en el lugar 145 de 187 países.

En realidad, el desastre que ha dejado cerca de cinco mil muertos -la cifra seguramente crecerá en los próximos días- era un acontecimiento esperado.

No se puede detener el avance de las placas tectónicas que a lo largo de millones de años han dado a la Tierra los contornos geográficos y la orografía que hoy tiene.

Las altas cumbres de la cordillera del Himalaya son un recordatorio de un acontecimiento geológico que ocurrió hace 40 millones de años: la colisión de India con Asia.

Nepal se encuentra en el punto de encuentro de las placas Índica y Euroasiática. La Sociedad Geológica británica calcula que, hace 70 millones de años, el territorio que hoy es la India estaba separado de lo que hoy es Asia por seis mil 400 kilómetros de mar.

El brutal choque de esas masas no ha cesado, pues el Himalaya aún crece a un ritmo de entre uno y cinco centímetros por año. Los especialistas calculan que a causa del sismo del sábado, Katmandú, la capital nepalí, se desplazó tres metros hacia el sur.

Para prepararse ante lo inevitable -un terremoto de esa magnitud ocurre en Nepal cada 75 años en promedio-, los niños de Katmandú han sido dotados de silbatos para que los rescatistas puedan encontrarlos entre los escombros. Es la única solución que se puede encontrar en medio de la pobreza.

Aunque el desastre aún no termina -ayer la agencia AP daba cuenta de que un río de lodo había sepultado la aldea de Ghodatabela-, ya aparecieron dos lecciones que, inevitablemente, se aplican a México:

1 No se puede luchar contra el desplazamiento de las placas tectónicas, y, si se quiere evitar desastres similares en el futuro, no queda más que hacer caso de la naturaleza y de los expertos que la interpretan. Las construcciones en zonas sísmicas deben ser más resistentes que en otras. Hay algunas que son demasiado peligrosas para ser habitadas. Eso implica que el Estado informe e invierta, si se quiere salvar vidas.

2 La otra es luchar contra la pobreza sin soluciones demagógicas. Los gobiernos comunistas de Nepal 2008-2013 fueron buenos para ampliar derechos sociales -es el único país de Asia, que yo sepa, que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo-, pero malos para generar crecimiento y prosperidad. Grecia quizá enfrente lo mismo con Syriza. Lo que saca a los pueblos de la pobreza es el empleo.

En México tenemos una larga historia de lidiar con movimientos telúricos. Sabemos de lo que son capaces. Y, para ser justos, hay que decir que se ha avanzado mucho en materia de protección civil.

Sin embargo, estamos seguros que se puede y se debe hacer mucho más que simulacros de evacuación. Esos ya los hacemos muy bien. Ahora tenemos que prepararnos para terremotos tan fuertes o más como los que ocurrieron hace ya casi 30 años y cambiaron la forma en que los mexicanos hacen frente a esos fenómenos.

Sabemos que en la Costa Grande de Guerrero hay una brecha sísmica de 230 kilómetros de longitud, que corre de Acapulco a Papanoa, en el municipio de Tecpan de Galeana.

Gracias a los sismólogos, sabemos que la llamada Brecha de Guerrero ha concentrado energía a lo largo de más de un siglo, pues el último terremoto que tuvo su epicentro allí ocurrió en diciembre de 1911, cuando la Ciudad de México no llegaba a 500 mil habitantes. Aquel sismo destruyó Acapulco -que, evidentemente, no era lo que es hoy- y derrumbó un tramo del techo del mercado de La Merced.

Con todos nuestros avances en materia de protección civil, ¿realmente estamos listos para cuando nos golpee nuevamente un sismo de gran magnitud?

Nepal - Yuriria Sierra

Un ligero sismo nos sorprendió ayer. Poquito antes de comenzar la Segunda Emisión de C3N ¡qué tino tengo: el de ayer fue mi cuarto temblor al aire!. Fue leve: 5.5 grados. Nuestro país se encuentra sobre placas en constante actividad. Lo sabemos, luego de tristes y trágicas experiencias. Aunque justo han sido ellas las que nos han obligado a mejorar nuestros protocolos. Si bien es cierto que los desastres naturales son imposibles de controlar, sí podemos vigilar nuestra manera de afrontarlos y atenderlos.

Muy distinto a lo que se puede contar de otras partes del mundo. Recuerdo cuando Haití se sacudió, hace cinco años. Era 2010 y un sismo agitó tanto a la isla, que vimos cómo se vino abajo, incluso, su Palacio Nacional, que hasta ese día hacía de residencia del presidente del país, ese país que, adicionalmente, es el más pobre de la región. Uno de los más tristes episodios vividos en los últimos años. La rudeza que, a veces, nos demuestra la naturaleza, hasta parece saña cuando recae sobre los países más desprotegidos.

Justo como ocurre ahora en Nepal. El terremoto de 7.8 grados registrado el sábado ha dejado un saldo de más de 5 mil muertos se teme que la cifra se duplique. Y no es que en el movimiento de la tierra haya quedado todo. Los escombros son ahora rociados por el agua de las lluvias, que no paran de caer y dificultar las labores de rescate. Las familias que lo perdieron todo o lo poquito que tenían, ahora buscan refugio en las casas de campaña que serán su hogar por un tiempo indefinido. Es una imagen casi apocalíptica. Y, al dolor de las pérdidas humanas, se unen la impotencia y la carencia. Los damnificados suman más de ocho millones de personas, según lo estima la ONU. Ocho millones en un país de 28 millones de habitantes. La cifra es aterradora. Por su parte, el primer ministro del Nepal, Sushil Koirala, informa que se tienen 16 campamentos oficiales para damnificados. Por supuesto, una cantidad irrisoria si se piensa en la proporción del desastre. Apenas en el centro de Katmandú se encuentran alrededor de 6 mil personas, declaraba el ministro del Interior, Bam Dev Gautam.

En vistas satelitales, las imágenes expresan la magnitud del horror. Tal como sucedió en Haití, en las varias localidades afectadas de Nepal vemos que donde antes había enormes monumentos históricos, antes hermosas ruinas, ahora sólo hay escombros. No ruinas, sino escombros sobre las ruinas. En los campos, que antes eran verdes, ahora hay una multitud de casas de campaña y un número mayor de personas que se refugian ahí de su dolor y de la lluvia. Las calles vueltas crematorios al aire libre de cuerpos que, hasta hace unos días, tenían planes para el año que entra, personas esperándolos en casa, un empleo, una rutina, muchos sueños... que hoy son incinerados en hogueras urgentes.

Y eso sólo en las localidades más urbanas. Porque también en ese otro polo de turistas, las montañas más altas del mundo y, en particular, el Everest, donde 22 alpinistas perdieron la vida el día del terremoto, tras una avalancha. Un campamento entero se convirtió en sepulcro vestido de blanco. Un alpinista logró tomar su celular para grabar las imágenes. Otro alpinista, éste de origen mexicano, se encontraba en el campo base del Everest, en la cara norte, del lado del Tíbet, sin que sufriera daño alguno. Él, junto con otros 37 mexicanos, que se encontraban en Nepal al momento del sismo, por fortuna, todos fueron localizados por la SRE con vida. Y, ayer, inesperadamente, volvió desde la montaña: otra avalancha se registró en el distrito de Rasuwa, desapareciendo con ella a cerca de 250 personas.

El de Nepal es otro de tantos episodios en los que observamos nuestra vulnerabilidad; aunque también nuestra mejor cara: la solidaridad y el sentido de supervivencia. Por un lado, la ayuda intenta llegar desde todos los rincones del mundo, ya van en camino nuestros siempre dispuestos Topos; y por otro, las ganas de los mismos damnificados que mientras asimilan los hechos y se refugian donde pueden, ayudan y con sus propias manos intentan levantar los escombros.


La semana pasada también, las erupciones de volcanes en Chile y Costa Rica. Imposible evitar el pensamiento mágico y decir, decirnos: la Tierra, nuestra casa la única que tenemos, está enojada, nuestra casa se había estado quejando: ahora parece estar furiosa...

viernes, 17 de abril de 2015

Último redoble / Juan Villoro

Nacido en la Ciudad Libre de Danzig en 1927, Günter Grass pasó su infancia entre la cultura alemana y la polaca. Ese espacio desapareció de la realidad con la Segunda Guerra Mundial, pero perdura en la memoria gracias al torrente narrativo de la Trilogía de Danzig.

La Alemania de posguerra se sumió en la niebla y la noche. Theodor W. Adorno juzgó imposible escribir poesía después de Auschwitz y George Steiner, joven león de la crítica judía, desconfió de un idioma envilecido por la propaganda nazi. Los intelectuales alemanes decretaron la Hora Cero para romper con la tradición. En ese entorno devastado, emergió un insólito protagonista: el pequeño Oskar Matzerath tocó su tambor de hojalata. Su redoble marcó el inicio de la Trilogía de Danzig y el renacimiento de la lengua alemana.

Publicada en 1959, El tambor de hojalata aborda el nazismo desde la inocente e irónica perspectiva de un niño que se niega a crecer. Como en los cuentos de Hoffmann y los hermanos Grimm, el protagonista dispone de un juguete mágico: un tambor con el que impone sus caprichos.

Traducida al español en forma espléndida por Carlos Gerhard y adaptada al cine por Volker Schlöndorff, El tambor de hojalata desafió a Grass a estar a la altura de esa temprana obra maestra. No siempre lo logró, pero no dejó de intentarlo. El disciplinado Thomas Mann señalaba que el talento literario no se mide por la mejor obra, sino por la vastedad del esfuerzo. El rodaballo, Encuentro en Telgte, Malos presagios, Es cuento largo, La ratesa y Mi siglo son algunos de los títulos con los que Grass fue fiel a ese principio y que el titánico Miguel Sáenz vertió al español.

Acostumbrado a escribir de pie y leer en voz alta sus textos, Grass usó el lenguaje como una materia dúctil. Su pasión por el grabado y la cocina se extendió a la búsqueda de matices e ingredientes para las palabras, y su trato con la escultura le permitió entender sus novelas como bloques de mármol que debían ser abordados de distintos ángulos para extraer de ahí una figura.

Su paso por la política no fue menos intenso. Socialdemócrata convencido, criticó la represión de los obreros en la RDA, apoyó la política hacia el Este de Willy Brandt, condenó el militarismo de Israel, defendió el derecho de Grecia a pertenecer a Europa y se opuso a la precipitada reunificación alemana. Polemista de primer orden, se sentía cómodo ante un buen adversario. Cuando se hartó de sus combates, buscó alivio en otras inquietudes y se mudó por un año a Calcuta.

Sus posturas políticas y sus experimentos literarios no siempre gozaron de consenso, pero no pasaron inadvertidos. El gran pope de la crítica alemana, Marcel Reich-Ranicki, señaló los excesos y las deficiencias de Grass, pero reconoció que se trataba del mejor escritor vivo en lengua alemana.

Quienes lo tratamos, conocimos a un interlocutor que tardaba en pronunciarse ante asuntos de importancia y se apresuraba a hablar de comida, tabaco, futbol, animales en especial, los favoritos de las brujas o su abuela polaca. Su condición de intelectual público no lo privó de ser un hombre franco y curioso, siempre en busca de un buen guiso o un buen chisme. Enemigo de los fastos, prefería una mesa sin mantel.

En 1999 recibió el Premio Nobel de Literatura. Ocho años después publicó su libro de memorias, Pelando la cebolla, donde confesó haber pertenecido a las tropas de la SS. Este tardío mea culpa fue visto como un doble oportunismo: calló para obtener el Nobel y luego actuó como agente provocador para beneficiarse del escándalo. Al margen de la forma en que el autor construyó su imagen, Pelando la cebolla es un libro excepcional. En una escena, Grass se pierde en el bosque, espacio mágico de los cuentos de hadas alemanes. De pronto, oye ruido. Alguien anda por ahí. ¿Un alemán o un enemigo? El desconocido también advierte otra presencia; para identificarse, silba unas notas de una canción infantil. Grass capta el mensaje y silba la siguiente estrofa. En el país aniquilado por la guerra, una canción infantil salva a dos alemanes. El futuro novelista no olvidó la lección que le deparó el bosque que aún podía ser encantado.

Su muerte, ocurrida hace unos días, obliga a recordar la escena más triste de su principal novela. Oskar recibe su tambor de manos del juguetero judío Sigismund Markus. En la Noche de los cristales rotos, la juguetería es destrozada y Markus se suicida.

Pero la política puede redimirse con la fantasía: Alemania se perdió a sí misma a través de las armas y recuperó su idioma gracias a un juguete.