miércoles, 10 de diciembre de 2014

Mujica superstar - | Ricardo Rocha



José Mujica deja a Uruguay como el país menos desigual de América Latina y con la tasa de empleo más alta de su historia

Cuando me invitaron a tener un diálogo público con él, este domingo en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, me dieron una gran alegría y el más alto honor de mi vida. Pero cuando me pidieron una biografía inicial de tres minutos supe que era una tarea imposible o necesariamente incompleta. Y es que la de este hombre no es una vida, es una peripecia; tal vez con más preguntas que respuestas: cómo es que nació en Paso de la Arena, un barrio marginado a las orillitas de Montevideo; cómo es que resiste la partida de su padre, un pequeño estanciero granjero que muere en quiebra cuando él tenía apenas seis años; cómo y porqué le da por estudiar Derecho; cómo y porqué asume o acepta que la vía no era esa, sino la de las armas, y decide integrarse en la clandestinidad al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros; qué sintió cuando en enfrentamientos armados le metieron seis balazos, cosa
que debe recordar con frecuencia porque todavía tiene entre pecho y espalda dos balas que no le pudieron sacar nunca; cómo lo marcó el ser apresado cuatro veces, haberse fugado dos y entre unas y otras haber pasado en prisión 15 años de su existencia; cómo fue que José, Pepe Mujica, logró voltear de cabeza las normas de los partidos de su país para convertirse en candidato y luego presidente de la República Oriental del Uruguay. Cometiendo en su ejercicio de gobierno dos pecados mortales, según la flexible moral de la inmensa mayoría de los mandatarios de este planeta: decir la verdad y no robarse ni un solo peso.

El que no haya aceptado mudarse a la residencia presidencial y en cambio quedarse en su modestísima casita que allá llaman chacra, que donara el 90% de su sueldo a causas nobles y que insistiera en seguir usando su globalmente célebre Vocho, definen su personalidad; pero no lo son todo.
Su obra de gobierno ha sido espectacular: promovió el matrimonio gay y el derecho al aborto; impulsó programas notabilísimos en favor de los uruguayos más necesitados, sobre todo niños, mujeres y ancianos; y sorprendió al mundo al arrebatar al crimen organizado el negocio del tráfico de drogas, decretando que sea el Estado quien se ocupe de la regulación, la siembra, la distribución y la venta de mariguana. Y para quienes lo acusan de populista, aquí están algunos datos: deja a su país como el menos desigual de América Latina; con la tasa de empleo más alta de su historia; con cifras récords de inversión extranjera en una nación en paz y segura y concluye su gobierno con un 65% de aprobación popular. Nada mal para un presidente de izquierda, que jamás olvidó ni
sus ideales ni sus sueños juveniles de cambiar al mundo. Un hombre que afirma que los políticos debemos vivir como vive la mayoría y no como vive la minoría y que aun las repúblicas se han desviado en sus usos y costumbres hacia la monarquía. Por eso se ha convertido en un referente universal de austeridad, audacia, buen gobierno y sabiduría. Como cuando pregunta: ¿Llama la atención que ande en un autito viejo? 
¡El mundo está loco! Y tiene razón: el abuso, el cinismo y la corrupción de los pocos que cada vez tienen más y la indolencia, la resignación y la desmemoria de los más que cada vez tienen menos, nos han vuelto a todos un poco locos.

El miedo y la paz / Sergio Aguayo

10 Dic. 2014

El antídoto para el miedo y la violencia es la cultura de la paz. Este principio tan elemental es ignorado por quienes gobiernan; y un botón de muestra es la manera como los principales noticieros televisivos informan sobre las manifestaciones.

México es testimonio vivo del triángulo de la violencia conceptualizado por Johan Galtung. El vértice superior sería la fuerza directa física, verbal, visible, y en la parte inferior estarían las violencias estructural pobreza material y cultural.

Somos una sociedad amedrentada de manera intencional. La delincuencia organizada aterroriza a la población para saquearla; los partidos políticos y los gobiernos excluyen la participación ciudadana independiente para saquear sin testigos el presupuesto. Ambos difunden la idea de que lo existente es inamovible, que la mejor opción es la resignación y que el buen ciudadano sólo vota, calla y aplaude. Quien lo dude intente recordar comerciales gubernamentales o partidistas promoviendo la organización ciudadana para defender activamente derechos.

Los últimos dos meses han desmentido el mito del mexicano violento y cruel y el del ciudadano pasivo. Ayontzinapa ha llenado las calles y las redes sociales de personas que vencen el miedo y protestan, en su mayoría, pacíficamente por lo que hicieron con los jóvenes normalistas el Estado y los criminales; y por la corrupción, la violencia, la impunidad y las desigualdades que anegan nuestra existencia. Dadas las condiciones, es hasta milagrosa la fortaleza de nuestra cultura de paz construida sobre el respeto a la dignidad de los otros y del planeta. También se reconfirma que, a excepción de patologías, los individuos no están predispuestos a la violencia.

¿Trascenderá esta indignación? Las redes sociales han mostrado su utilidad para la expresión de enojos individuales. Ese impulso renovador se perderá si no se transforma en tejido social permanente. Y en este terreno hay dos malas noticias: a son notoriamente insuficientes las organizaciones autónomas que existen para canalizar la acción de ese 50% de la población que desea involucrarse en los asuntos públicos; y b ya están en movimiento las fuerzas que promueven la pasividad y la desmovilización. Ilustro esto último con la manera como informaron los noticieros nocturnos de Televisa y TV Azteca conducidos respectivamente por Joaquín López-Dóriga y Javier Alatorre sobre las manifestaciones del 20 de noviembre y del 1o. de diciembre en el Distrito Federal.

Ambos reconocieron que las marchas fueron pacíficas y a esa idea dedicaron 850; el contraste que desconcierta es que dedicaron 2604 a transmitir imágenes de vandalismo, encapuchados y desmanes. Debería quedar registro visual de una sociedad ejerciendo pacíficamente sus derechos; en vez de ello queda una violencia que ni explicaron ni enmarcaron con preguntas relevantes. Por ejemplo, los conductores jamás plantearon la posibilidad de que algunas autoridades federales y capitalinas estén manipulando a estos grupúsculos sospechosamente tolerados con el objetivo de desprestigiar al movimiento y desalentar las protestas.

Las televisoras y los conductores podrían justificarse invocando la libertad de expresión olvidándose del texto de la ley: las estaciones de radio y televisión son concesiones y, por tanto, están obligadas a orientar a la comunidad de forma veraz y objetiva Artículo 4 de la Ley Federal de Radio y Televisión. ¿Fue objetivo el tiempo dedicado por las televisoras a las dos caras de las manifestaciones: la pacífica y la violenta? No lo fue pero la entidad responsable de hacer cumplir esta norma es, en primera instancia, la Secretaría de Gobernación. ¿Se atreverá a cumplir con esta obligación a partir de que una de sus prioridades es enfrentar a los violentos en la sociedad y el gobierno? Sería lo lógico dada la inversión multimillonaria que está haciendo en prevenir la violencia.

Sé que la sociedad organizada mexicana tiene una agenda cargadísima. Aun así algunos organismos deberían incorporar como prioridad la consolidación de una cultura de la paz que incluya el monitoreo del contenido que se está transmitiendo por las televisoras que, después de todo, son las principales responsables de la educación informal en México. El miedo y la paz son estados, anímico y social, tan importantes como para dejarlos en manos de Gobernación y las televisoras.

Colaboraron Clementina Chávez Ballesteros y Maura Roldán Álvarez.

www.sergioaguayo.org

Joven irrumpe en ceremonia de Nobel con bandera de México manchada de color rojo

 Por Redacción / Sinembargo - diciembre 10 de 2014 - 7:34 DESTACADAS, MUNDO, TIEMPO REAL, Video - 

Sin comentarios Un joven logró acercarse al estrado con una bandera mexicana después de que los premiados recogieran su medalla y su diploma. Foto: Especial. Ciudad de México, 10 de diciembre (SinEmbargo/EFE).– Un joven irrumpió en la entrega del Premio Nobel de la Paz, que este día fue otorgado a Malala Yousafzai y Kailash Satyarthi, con una bandera de México manchada de color rojo y dijo a la adolescente paquistaní: ”Please, Malala… Mexico”. 

De acuerdo con la prensa internacional, el joven, supuestamente acreditado como periodista, logró acercarse al estrado con una bandera mexicana después de que los premiados recogieran su medalla y su diploma. En el audio original de la entrega del premio, el cual ya circula en las redes sociales, se escucha que el mexicano le dice a la ganadora del Nobel: “Please, Malala [...] Mexico”. En tanto, el diario español El Mundo, reportó que el espontáneo gritó, pero su voz, “presumiblemente a favor de la justicia por los 43 estudiantes de magisterio asesinados en el estado mexicano de Guerrero”, resultó prácticamente inaudible. Se informó que la confusión sólo duró unos segundos cuando rápidamente un miembro del equipo de seguridad arrastró al chico, cuya identidad se desconoce pero de acuerdo con el diario español ha estado con la prensa siguiendo a los premiados que desde ayer cumplen su agenda en Noruega. 

“La persona fue detenida. Se llevó a cabo un control y la Policía trabaja verificando los hechos”, informaron las autoridades de Oslo en un comunicado de prensa, La adolescente paquistaní Malala Yousafzai y el presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, el indio Kailash Satyarthi (c-d), seguidos por miembros del Comité del Premio Nobel, a su llegada hoy a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo. Foto: EFE. Este día, la adolescente paquistaní Malala Yousafzai y el presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, el indio Kailash Satyarthi, reclamaron hoy al recibir el Nobel de la Paz en Oslo el acceso a la educación para todos los niños. 

Añadir leyenda
“¿Por qué los países que llamamos fuertes son tan poderosos creando guerras pero tan débiles para traer la paz? ¿Por qué dar armas es tan sencillo, pero dar libros tan duro? ¿Por qué construir tanques es tan fácil, pero construir edificios tan difícil?”, se preguntó Malala en la ceremonia celebrada en el ayuntamiento de Oslo. 

Satyarthi criticó por su parte en su discurso la cultura del “silencio” y de la “pasividad” y defendió globalizar la “compasión transformadora” para impulsar otra marcha mundial contra la explotación, la pobreza y la esclavitud infantil. 
“Rechazo aceptar que el mundo sea tan pobre cuando sólo una semana del gasto global en armas es suficiente para llevar a todos los niños a las aulas”, afirmó Satyarthi. 
Y aunque elogió el progreso en las últimas décadas al reducir en un tercio la mano de obra infantil y a la mitad la cifra de niños no escolarizados, defendió acciones colectivas urgentes y pidió invertir en educación a los gobiernos, y a las empresas, más responsabilidad. “¿De quién son los niños que cosen pelotas sin haber jugado con ninguna? Son nuestros niños. 

¿De quién son los niños que extraen piedras y minerales? Son nuestros niños. ¿De quién son los niños que cosechan cacao sin haber probado el sabor del chocolate? Todos son nuestros niños”, afirmó en su discurso. 

Malala tuvo muy presente la educación, “una de las bendiciones de la vida” pero también “una de sus necesidades”, y dedicó buena parte de sus palabras al tiroteo que sufrió hace dos años por los talibanes en Pakistán por defender la educación femenina. “Tenía dos opciones, una era quedarme en silencio y esperar a que me mataran. La otra era hablar y luego que me mataran. Elegí la segunda”, dijo la joven, que a sus 17 años es la ganadora más joven en la historia del Nobel de la Paz.

 Su historia no es única, sino la de “muchas chicas”, dijo Malala, dirigiéndose a cinco amigas invitadas por ella a la ceremonia, incluidas dos jóvenes que también sobrevivieron al mismo tiroteo. “No soy una voz solitaria, soy muchas. Soy Shazia, soy Kainat Riaz, soy Kainat Somro, soy Mezon, soy Amina. Soy 66 millones de chicas que están fuera de las escuelas”, dijo en un discurso, en el que citó el Corán y recordó a Martin Luther King y a Nelson Mandela. 

A ayudar a construir escuelas a través de su fundación, sobre todo en su región natal del valle del Swat, destinará su parte del premio en metálico, dotado con 8 millones de coronas suecas (879.000 euros, 1,1 millones de dólares) a dividir en partes iguales. El atentado me ha hecho “más fuerte”, aseguró Malala, prometiendo luchar hasta que cada niño vaya a la escuela y convencida de que nadie puede pararla, “o pararnos, porque ahora somos millones”. 

La sintonía entre los dos galardonados es una muestra de que una paquistaní y un indio “pueden estar unidos en paz y trabajar juntos por los derechos de los niños”, destacó la joven, al igual que hizo en su discurso el líder del Comité Nobel noruego, Thorbjørn Jagland. Satyarthi ha liberado de la explotación a más de 80.000 niños, mientras que el coraje de Malala “es casi indescriptible”, afirmó. 
“Una joven y un hombre más viejo, una de Pakistán y el otro de la India, una musulmana y el otro hindú; símbolos de lo que necesita el mundo: más unidad. ¡Fraternidad entre las naciones!”, dijo Jagland en una ceremonia presidida por la familia real noruega.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/10-12-2014/1189538

viernes, 21 de noviembre de 2014

El reino de Oz / Juan Villoro

21 Nov. 2014

Tom Disch, visionario de la ciencia ficción, afirmó que la publicidad es el cuento de hadas de la sociedad moderna. En la compra de un yogur te prometen un palacio. Un territorio fantástico donde los beneficios no provienen del esfuerzo sino de la milagrosa acción de una marca.

En América Latina el incon- sciente colectivo está cada vez más determinado por los anuncios y las telenovelas. Millones de personas orientan su comportamiento a partir de fórmulas televisivas. Lo peculiar es que esta subordinación psicológica también atañe a quienes pretenden guiar una nación. Enrique Peña Nieto surgió como el perfecto telecandidato mexicano. Un hombre atractivo, de peinado imperturbable, que aun al improvisar parece leer un teleprompter. Casado con una conocida actriz, no tuvo que acercarse a la gente para ganar las elecciones. En la sociedad del espectáculo, triunfó como quien desempeña un papel.

¿Qué clase de mentalidad respalda sus decisiones? A fines de 2011, Jacobo García, periodista de El Mundo, le pidió que mencionara tres libros que lo hubieran marcado. Peña Nieto fue incapaz de hacerlo. A la distancia, lo más grave no parece ser su incultura ni la falta de reflejos políticos para disponer de una respuesta preparada por sus asesores, sino la estructura misma de su mente. Con toda probabilidad podría haber mencionado veinte telenovelas o cincuenta películas. La cultura de masas es la nueva memoria impersonal. ¿Cómo afecta esto a quien guía los destinos ciudadanos? Estamos ante un caso fronterizo que merece detenido análisis.

No se le puede pedir a un mandatario que lea mucho. Su cargo es refractario a la capacidad de dudar y aceptar contradicciones, efectos básicos de la lectura. En su espléndida novela Una lectora nada común, Alan Bennett plantea lo que sucedería si la Reina de Inglaterra se volviera adicta a los libros. En efecto, abdicaría.

Lo que está en juego en el caso de Peña Nieto no es su nivel cultural, sino su peculiar acercamiento al mundo. Después de hacer campaña en aviones privados y hablar en asambleas tan controladas como una película, planeó reformas en los apartados salones del poder. Al ofrecer su primera declaración patrimonial, tanto él como varios miembros de su gabinete revelaron tener propiedades por donación. Los ciudadanos deben comprar o heredar una casa. Los políticos pertenecen a otra lógica, la economía de la dádiva donde los inmuebles se regalan. ¡Bienvenidos al nuevo reino de Oz, donde se cumplen las promesas de la publicidad y los cuentos de hadas!

Mucho se ha hablado en los últimos días de la Casa Blanca, la mansión de unos siete millones de dólares propiedad de la primera dama, Angélica Rivera. Ese predio pertenece a la constructora Grupo Higa, compañía a la que Peña Nieto favoreció desde sus tiempos de secretario de Administración en el Estado de México y que se expandió notablemente durante su gubernatura. Curiosamente, la licitación del tren rápido a Querétaro fue a dar a esa empresa la misma que prestó a Peña Nieto aviones privados durante su campaña a la Presidencia. Aunque el Presidente no sea el dueño directo de la Casa Blanca, no es difícil suponer una relación de tráfico de influencias sobre todo tomando en cuenta que la donación es un recurso de apropiación aceptado por su gobierno. En una declaración en YouTube, dicha en el tono de falsa intensidad de las telenovelas, Rivera asegura que compró la propiedad con el dinero que le dio Televisa, empresa en la que trabajó 25 años y con la que dejó de colaborar en 2010. Para quienes no vivimos dentro de un anuncio de televisión, resulta poco creíble que una actriz reciba una liquidación tan espectacular. En caso de que hubiese sido así, seguramente le ayudó estar casada con el mandatario que ajustó la reforma de telecomunicaciones a los íntimos deseos de Televisa.

La insensibilidad del Presidente de ir a China en un momento de crisis nacional y la respuesta de Rivera, en la que se muestra ofendida y habla como quien se digna a dar explicaciones que, según ella, no tendría por qué ofrecer, pertenecen a la lógica de quienes viven en una evanescente irrealidad. La promesa de vender la casa equivale a la de cambiar de set. Todo se arregla alterando el guión o la escenografía.







Peña Nieto es el primer telepresidente de México. Sus reformas ofrecieron una nueva telenovela nacional, pero demasiado pronto se le atravesó la realidad. Para sobrevivir tendrá que salir de la pantalla y enfrentar lo que está afuera de ella: un país dolorosamente verdadero.

martes, 28 de octubre de 2014

La Reina Roja / Sergio Ramírez

He entrado en Palenque con la reverencia que impone la majestad de estos templos milenarios en medio de la selva que parece pronta a abatirse sobre ellos y envolverlos en su abrazo devastador al menor parpadeo. Niños y ancianos disfrazados de chamanes con collares y túnicas blancas ofrecen baratijas y botellas de agua. El agua resulta ser una mercancía de primera necesidad, porque el calor húmedo pronto te empapa la ropa, y te abrasa.

El guía, que va delante de nuestros pasos con premura, porque en dos horas pretende mostrarnos todo lo que está permitido visitar, empieza sus explicaciones en la plazoleta frente al templo de la Reina Roja, que se levanta al lado del templo de las Inscripciones. Sobre la hierba verde se han sentado en ­círculo, en posición de loto, unos turistas japoneses que oran siguiendo la voz acompasada de un maestro de yoga que recita un mantra.

Siempre desconfío de los guías pues suelen ser demasiado imaginativos, pero este, además, es evangélico convencido de la Iglesia del Verbo, y no desperdiciará ocasión de entremeter versículos de la Biblia en sus explicaciones, con impertinencia que acaba por ser divertida, porque también las adorna de ribetes esotéricos. Y su obsesión, como terminará siendo la mía, es la Reina Roja, a quien llama la Poderosa Maga.

En 1994, la joven arqueóloga Fanny López descubrió una puerta oculta al lado de la escalinata principal del entonces llamado templo XIII. A través de un dédalo de pasillos y habitaciones clausuradas adrede se llegaba al aposento mortuorio donde yacía la reina Tzakbu Ajaw, esposa del rey Pakal el Grande, sepultada en 672 después de Cristo.

El hecho de que una mujer mereciera un sarcófago resulta extraño a los cánones de la cultura maya, pero eso explica más bien el gran poder que tuvo. Los esposos gobernaron juntos porque Pakal le cedió parte sustancial de sus atributos de mando. Ambos eran temidos por sus súbditos, sobre todo ella, por sus artes de hechicera. Quién temía a quién entre ambos, eso aún no se sabe. Pakal la sobrevivió, y está enterrado en el templo de las Inscripciones, al otro lado de la plazoleta.

Cuando levantaron la lápida del féretro de piedra de la Reina Roja, que no contaba con inscripción alguna para hacer más denso el secreto del destino de su cuerpo, los arqueólogos se encontraron con una osamenta teñida de rojo por causa del cinabrio con que el cadáver había sido cubierto para preservarlo de la corrupción. Del color de esta sustancia mineral altamente venenosa, compuesta de azufre y mercurio, provino el nombre que le dieron. El guía, con aire vindicativo, nos cuenta que los vapores letales del cinabrio harían, además, que quienes se atrevieran a profanar la tumba pagaran con sus vidas.

Encima del rostro tenía una máscara compuesta de más de un centenar de piezas de malaquita, con dos placas de obsidiana que simulan las pupilas, cuatro trozos de jadeíta que simulan los iris, dos conchas marinas a manera de orejeras, y encima una segunda máscara de jade; en la cabeza conservaba una diadema, símbolo de su poder, y múltiples collares en el cuello y pulseras en los brazos. En la tibia izquierda se había quedado prendido el capullo de una larva de avispa, tan milenaria como el propio cadáver.

En la cámara mortuoria había otros dos esqueletos. Hacia el poniente, el de un niño de entre ocho y 11 años, que habían sido decapitado, y hacia el oriente el de una mujer de entre 25 y 35 años, a la que habían sacado el corazón, parte ambos del cortejo que debía acompañarla en su viaje al reino de los muertos de Xibalbá.

Identificarla no fue fácil, porque el cinabrio había borrado toda huella de ADN de sus huesos, y los genetistas, antropólogos forenses, paleoarquélogos y bioarquéologos de México, Estados Unidos, Canadá y Europa que se ocuparon de ella por años, tuvieron que recurrir a la pulpa de sus piezas molares donde al fin hallaron señales de ADN mitocondrial, y así supieron por fin quién había sido.

Y hasta la FBI intervino: Karen Taylor, la más notable artista forense de las filas policiales del mundo, logró hacer una reconstrucción facial que mostró el asombroso parecido con el rostro de la Reina Roja tal como aparece en los frescos del templo de las Inscripciones donde se halla sepultado su esposo Pakal.

La Reina Roja tenía una estatura de 1.58 metros y pasaba los sesenta años al morir. La mandíbula del esqueleto muestra un acentuado prognatismo, que nos aparta de la idea de que hubiera sido bella, y ya sabemos que poder, magia y belleza no siempre van juntos. Padecía de sinusitis crónica, y de artritis degenerativa y osteoporosis en grado avanzado, de modo que estos males habrán contribuido a volverla contrahecha. La dentadura mostraba también que su patrón dietético despreciaba las carnes.

Por qué tanto poder, ensayo a preguntarle al guía, que abandona entonces su prédica evangélica solapada y me responde lo que antes ya ha insinuado: la magia. Ella no sólo fue reina, sino suma sacerdotisa, cuyos maleficios todos temían. Palenque era la ciudad de la serpiente, que representa la fuerza femenina, y ella hizo que la corte de Pakal se rigiera por la hechicería. La serpiente de 18 anillos que se enrosca representa la energía cósmica, en su eterno regreso a la tierra mística de donde salió. Ella encarnaba esa serpiente.

Un siglo después de la muerte de la Reina Roja, tras un periodo de guerras sangrientas por la sucesión del trono, sequías y hambrunas, Palenque fue abandonado, y entonces el abrazo cálido y feroz de la selva sepultó a la ciudad en el olvido. Y milenios después, si no es porque aquella joven arqueóloga dio con la puerta secreta de su tumba clausurada, nadie sabría hoy de la Reina Roja, de su sed de poder, de sus artes mágicas ni de sus ambiciones.

Nueva York, octubre de 2014.

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viernes, 24 de octubre de 2014

Matar maestros / Juan Villoro

24 Oct. 2014

La carretera Acapulco-Zihuatanejo bordea un litoral de embrujo. En 1959, en ese lugar idílico aparecieron los cadáveres de dos campesinos que iniciaban un movimiento social, Isabel Durán y Roberto Bello Serna. Fueron asesinados por órdenes de un cacique emparentado con el gobernador Raúl Caballero Aburto. No se detuvo a los homicidas.

Ese mismo año, la Reseña Mundial de Cine se celebró por primera vez en Acapulco. Mientras las cámaras disparaban para retratar a James Stewart, agricultores rebeldes eran acribillados no lejos de ahí. Desde hace más de medio siglo el estado de Guerrero ha ofrecido los placeres del jardín del Edén y los ultrajes discrecionales del infierno. No es casual que una de las peores matanzas de la región haya ocurrido en un pueblo que parece imaginado por Dante: El Paraíso.

Los asesinatos de Isabel Durán y Roberto Bello Serna pertenecen a una extensa trama documentada en los imprescindibles libros de Laura Castellanos México armado y Luis Hernández Navarro Hermanos en armas. Durante décadas, el gobierno local ha ejercido la represión y apoyado a los caciques, los crímenes han quedado impunes y los narcotraficantes han ganado ascendencia hasta desafiar la soberanía. Pero lo más significativo es que la inseguridad y la injusticia han sido impugnadas por organizaciones populares. Guerrero ha sido la tierra del oprobio, pero también de la resistencia.

En 1960 Excélsior publicó un desplegado en el que varias organizaciones exigían la destitución del gobernador Raúl Caballero Aburto. Ahí figuraban los alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, liderados por Lucio Cabañas. Desde entonces, los normalistas no han dejado de luchar. Dos maestros, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, buscaron un cauce legal para el descontento, fundaron asociaciones civiles, enfrentaron la intransigencia gubernamental y escogieron la lucha armada como última salida ante una realidad donde las demandas han sido contestadas con masacres Iguala en 1962, Atoyac en 1967, Aguas Blancas en 1995, Ayotzinapa en 2014.

En los años sesenta del siglo pasado el analfabetismo alcanzaba en Guerrero el 62.1%. En esa década, Vázquez y Cabañas descubrieron que no podían enseñar a leer a alumnos que no podían vivir. Del aula pasaron a la sierra. Sus luchas armadas fueron relevadas por otras y recibieron la salvaje respuesta de la guerra sucia. Aunque los tizones de esa hoguera no han dejado de arder, el gobierno procuró ignorarlos: El PRI creyó que podía administrar el infierno, ha dicho el poeta Javier Sicilia.

El pasado 26 de septiembre el fuego de siempre se convirtió en incendio. El asesinato de un grupo de jóvenes suscitó las protestas de los estudiantes normalistas. 43 de ellos fueron secuestrados. De nuevo, Ayotzinapa fue el epicentro. A veces la barbarie requiere de demorada preparación: medio siglo de tensiones, incrementadas por la presencia del crimen organizado, desembocaron en una nueva edición del horror. Los cárteles han cambiado de nombre La Familia, Nueva Generación, Guerreros Unidos y la gubernatura pasó del PRI al PRD. La impunidad es la misma.

En 1996 Ángel Aguirre se convirtió en gobernador interino al sustituir a Rubén Figueroa, responsable de la matanza de Aguas Blancas. Estuvo cerca de tres años en el cargo, bajo la bandera del PRI y en 2011 ganó la gubernatura con el PRD, que le otorgó vergonzoso respaldo en los días posteriores a la tragedia de Ayotzinapa.

Aunque Aguirre apenas gobernó un estado donde el narco pone y quita presidentes municipales, fue el representante de lo que llamamos legalidad. Su inoperancia para prevenir el crimen resultó tan lesiva como sus represiones. La saga de sangre del gobernador Aguirre comenzó con el violento desalojo de jóvenes normalistas de Ayotzinapa, el 12 de diciembre de 2011, escribe Hernández Navarro.

Sería gravísimo que en Guerrero se reactivara el expediente de criminalizar a las víctimas, famosamente utilizado por el presidente Felipe Calderón en 2010 cuando declaró que los 17 jóvenes acribillados en Chihuahua en una fiesta eran pandilleros.

Entre los muertos del 26 de septiembre se encontraban unos futbolistas. Fueron asesinados por el delito de ser jóvenes; es decir, posibles estudiantes; es decir, disidentes.

Horas después, los 43 normalistas pagaron el precio de protestar contra la violencia. Si la indignación rebelde no encuentra acomodo en la vida civil, una vez más lo encontrará en las armas.

Matar maestros significa matar el futuro. Guerrero es el paraíso envenenado donde la esperanza brota para ser aniquilada.

jueves, 23 de octubre de 2014

26 días sin los normalistas

Dejemos de llamarnos democracia, propongo. En una democracia no hay desapariciones forzadas de estudiantes, ejecuciones extrajudiciales, tortura y un sinfín de violaciones graves a los derechos humanos.

 Dejemos de decir que vivimos en una democracia incipiente, en crecimiento y en fortalecimiento. Más que una aspiración parece una letanía que no tiene sentido. Y no, no es el vaso medio vacío al ver la realidad, es más bien el arte de vivir en un país con problemas tan profundos y evidentes que está sostenido por un hábil sistema político que saca a cuenta gotas la dosis de bienestar social. 

Hemos rebajado la democracia a gastar millones de pesos en partidos políticos y en sufragios, pero eso no es democracia. La desigualdad social es evidente, la corrupción parte de nuestra vida institucional (y de nuestra cultura, según Peña Nieto), la impunidad el sostén de nuestro sistema de justicia, las violaciones graves a derechos humanos por parte del Estado son sistemáticas. Éstos son solamente algunos elementos que tiran por la borda la visión positiva de que estamos construyendo un país democrático. No es cierto. 

Estamos manteniendo vivo un sistema que sobrevivió al régimen soviético o a cualquier otro sistema político de cualquier país. Un sistema económico que vive del dinero del narco y uno político que deja que gobierne la delincuencia mientras los políticos medran. Es un sistema hecho para las élites y que avienta pequeños bocados, sólo los necesarios, para sostener un desencanto social, pero nada más. Es una receta nacional de apariencia, simulación, mentira con un dejo de optimismo. 

Tenemos un sistema que encubre los problemas para preocuparse más por la apariencia. Eso, somos un país de cosméticos que todo compone con el arte de la ilusión. Han pasado 26 días y no hay información precisa y clara sobre el paradero de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El sistema político se mantiene intacto, más allá de declaraciones vacías entre partidos políticos, su juego es la política y no es encontrar a los normalistas, y mucho menos castigar a los responsables y reparar integralmente el daño. 
Es inverosímil pero ¡¡¡todo sigue igual!!! El acuerdo partidista es de impunidad. Hoy le perdonamos al PRD, porque ayer le perdonamos al PRI y mañana dejaremos pasar lo del PAN.

 Es evidente que más allá del auto asombro de hasta dónde han llegado, a los partidos políticos no les interesa resolver lo de Ayotzinapa. Por eso sigue en funciones un gobernador que mantiene al estado de Guerrero en una absoluta ingobernabilidad. La poca cara que le queda al PRD se está perdiendo con cada hora que su politburó sostiene a Aguirre como gobernador. 

Sin legitimidad ni ética de la función pública, el gobernador todavía busca aparentar que está en control de su estado y el PRD se preocupa porque ve cada vez más cerca que perderá el estado en las próximas elecciones. Como bien decía León Krauze, “aquí en México nadie renuncia”, no importa el desastre que haya hecho, la renuncia pública parece estar fuera del catálogo de nuestra clase política. Y es obvio, no tiene vergüenza. 
Cada día que pasa sin resultados, sin información veraz y oportuna por parte de la PGR, me inclino a pensar que estamos frente a otra gran puesta en escena. Si el Estado mexicano es incapaz de encontrar a 43 estudiantes secuestrados por la policía municipal y entregados al crimen organizado, entonces el Estado como está debe de cambiar. Es decir, nuestro Estado no sirve. No es una falla, es una incapacidad estructural inaceptable por la cual el Estado debe de transformarse profundamente. 
De no ser así, ayer fueron las fosas de 72 migrantes en Tamaulipas y la negligencia en Sonora del caso del incendio de la guardería ABC, hoy es Ayotzinapa… ¿mañana qué será? Porque, créanme, habrá un mañana muy cercano si seguimos así. Mientras escribía estas líneas Jesús Murillo Karam daba conferencia de prensa. Su gran aportación fue: “había una clara conexión entre las autoridades de Iguala y el grupo delincuencial”. 
El Procurador no describía Iguala, sino el sistema político mexicano. En vez de decir lo obvio, la información que precisa la sociedad durante esta profunda crisis es aquella que dé certeza que no estamos a la deriva. Por ejemplo, conocer por parte de la PGR que ya se sabe la identidad de aquellos restos humanos que se encontraron en las fosas de Iguala (que según afirmaron no eran los normalistas) y que forman parte de los más de 25 mil personas desaparecidas. 
En otras palabras, sí importa de quién son esos restos, aunque las autoridades nos han intentado convencer de lo contrario. O también, qué se ha sacado de la detención de los 22 policías municipales que secuestraron a los estudiantes. El poder político estoy seguro optará por el olvido de la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa. 
Estoy seguro que, como en otros casos, buscarán que los medios de comunicación den vuelta a la página y el alud informativo de la nueva desgracia haga que la sociedad deje de buscar justicia. Al parecer, lo que no previeron fue la respuesta social, que lejos de desvanecerse rápido va tomando fuerza. Ante lo único que tiembla el sistema cosmético en el que vivimos, es a la ira social, al reclamo, a la exigencia. Es a ese momento en el que la sociedad dice basta. 

Sírvase Ayotzinapa para quitarle el maquillaje a la realidad que vivimos y buscar un nuevo camino como nación. De no ser así, seguiremos de crisis en crisis pensando que construimos un mejor futuro. El avasallamiento de casos de violaciones graves es claro, mientras no salimos de Tlatlaya ya estamos en Ayotzinapa. Surgen casos por doquier de manera sistemática y todos quedan impunes. Apuestan a que nunca habrá un cambio de sistema, por eso a todos nos incumbe que no llegue el día 27 sin que los normalistas sean entregados a sus familiares.

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