viernes, 7 de julio de 2017

Relatos Salvajes: Niño del suicidio colectivo en San Jerónimo, con signos de abuso sexual del padre

Niño del suicidio colectivo en San Jerónimo, con signos de abuso sexual del padre
El pasado 7 de junio, Mireya Agraz se suicidó y le quitó la vida a sus hijos; denunció en una carta póstuma violencia sexual cometida por su ex pareja.


(Foto: Facebook).

Arturo Ilizaliturri
Julio 4, 2017 1:24 pm

El pasado 7 de junio terminó la disputa de casi siete años entre Mireya Agraz y Leopoldo Olvera por la custodia de sus tres hijos; ella quitó la vida a las dos niñas y al niño, y se suicidó en un domicilio de San Jerónimo Lídice, al sur de la Ciudad de México, dejando una carta póstuma que denunciaba abusos cometidos por Leopoldo Olvera contra ellos.

Dos estudios psicológicos realizados al hijo mayor de la pareja entre 2011 y 2013 revelaron signos de abuso sexual cometido por Leopoldo, desde que el niño tenía tres años.

El 29 de junio de 2011, la psicóloga Leticia Abrego, docente de la Facultad de Psicología de la UNAM, reportó los primeros hallazgos del abuso, de acuerdo con un documento en poder de Aristegui Noticias.

“El menor presentaba cambios en su comportamiento drásticos y fuera de lo común desde diciembre de 2010, como tocarse constantemente su pene, meterse los dedos en el ano, mostrarse irritable, llanto fácil, mínima tolerancia a la frustración, agresión, con importante hipersensibilidad en la región anal al grado de perder el control de su esfínter”, escribió la psicóloga Abrego.

La especialista también destacó en su dictamen que el niño “reporta que le duele su zona anal, que él se toca con sus dedos el ano y que su padre se lo hacía a él, que éste le metía el dedo, indicándolo son su dedo índice y señalando en su cuerpo dicha zona”.

La psicóloga Abrego identificó durante esa consulta “un repertorio conductual preocupante, que toma tintes asociados a ser víctima de maltrato; violencia o agresión”.

Esta valoración fue solicitada por Mireya Agraz, quien previamente denunció los hechos referidos por su hijo ante una agencia del Ministerio Público, abriéndose la averiguación previa FDS-6/T2/5/6/11-06, de acuerdo con una queja que ella misma presentó ante la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF).

Un nuevo estudio realizado por la psicóloga de la UNAM tras la separación del matrimonio y casi un año después de la primera valoración, indica que el niño “muestra signos y síntomas de haber sido víctima de violencia y abuso sexual bien expresado y con claridad por el mismo menor, en la persona de su padre”.

En esta nueva valoración, Abrego descartó la presencia del “síndrome de alienación parental”, que ocurre cuando el padre o la madre que conserva bajo su cuidado al niño lo manipula para colocarlo contra el otro progenitor, mientras que afirmó violación y abuso sexual por parte de su padre.

Otro estudio psicológico fue realizado por el DIF de la Ciudad de México, dentro del juicio de divorcio.

A lo largo de 12 sesiones realizadas por el psicólogo Omar Isidro Asiain, el niño volvió a mencionar ser víctima de violencia sexual. Al respecto Asiain informó lo siguiente el 14 de junio de 2012: “ si bien el que suscribe no puede negar o afirmar la veracidad de los hechos mencionados por el menor, su expresión natural y espontánea sugieren ser considerados seria y responsablemente pensando principalmente en su protección y bienestar”.

“Se concluye primeramente que existe la posibilidad de que el menor (…) haya sido víctima de maltrato infantil, que los indicadores de los instrumentos y técnicas señalan al progenitor como generador de dicho maltrato y que en segunda instancia y por consecuencia de lo anterior el menor corre riesgo en convivir con él”, añadió.

Por otra parte un tercer estudio realizado por Rocío Estela López Orozco, perito en Psicología nombrada por el Instituto de Ciencias Forenses del Distrito Federal (Incifo), concluyó en sentido contrario.

La perito López Orozco no encontró “elementos que indiquen la posibilidad de una victimización sexual, pues es un niño confiado, seguro, sociable aún con personas desconocidas”, de acuerdo con el dictamen de su evaluación, realizada el 31 de octubre de 2012.

“Sin haberle preguntado al respecto expresa, utilizando las mismas palabras que su mamá que ‘su papá le tocó la colichi‘ (sic.) no detectándose ninguna emoción asociada con lo narrado”, afirmó la perito.

Debido a lo anterior, López Orozco recomendó el restablecimiento de forma gradual y supervisada de la relación del niño con su padre.

Este último estudio fue tomado en cuenta por Cristina Espinosa Roselló, Jueza Décimo de lo Familiar, para ordenar el restablecimiento del vínculo paterno-filial entre Leopoldo Olvera y su hijo.

Las tres valoraciones psicológicas tuvieron duraciones diferentes.

El estudio que realizó la psicóloga Abrego constó de 10 sesiones de una hora cada una, de acuerdo con la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas A.C., que asistió a Mireya Agraz.

El psicólogo del DIF reportó haber realizado 12 sesiones entre el 24 de febrero de 2012 y el 28 de mayo del mismo año. Mientras que la valoración de la perito del Incifo, que fue tomada en cuenta por la jueza Cristina Espinosa Roselló, duró solo una hora y 20 minutos.

A continuación, los dictámenes psicológicos a los que Aristegui Noticias tuvo acceso:

Valoración de la psicóloga de la UNAM, Leticia Abrego:

jueves, 6 de julio de 2017

Relatos Salvajes- El anciano que engañó a todo el mundo para asesinar a su mujer



Condenado a 31 años el acusado de rematar a su esposa en un hospital de Ourense cuando se recuperaba de un intento de asesinato anterior


El acusado durante el juicio. ÓSCAR CORRAL


El 8 de mayo de 2015, Aniceto Rodríguez Caneiro, un hombre de 77 años, empuñó un cuchillo de deshuesar de unos 17 centímetros de hoja y remató con él a su esposa, Isabel Fuentes, de 66 años, que se recuperaba en el Complejo Hospitalario Universitario de Orense (CHUO) de un fuerte traumatismo craneoencefálico. La habían golpeado en la cabeza “unos ladrones”, dijo entonces el marido, que asaltaron su domicilio mientras ambos dormían. La mujer acababa de ser trasladada a una habitación tras permanecer un mes en la unidad de cuidados intensivos, y Aniceto se plantó a su lado: se quedaba día y noche y comentaba a quien preguntaba por ella que se estaba poniendo bien. Antes de que la mujer pudiese recuperar el habla, la mató a cuchilladas. Después se autolesionó. El anciano que engañó a todo el mundo acaba de ser condenado por la Audiencia Provincial de Ourense a 31 años de cárcel; 19 por asesinato consumado y 12 por intento de asesinato. En el juicio dijo que no recordaba nada. Se declaró inocente.

Engañó a todo el mundo: a las amigas de la víctima, a la familia, a los vecinos, a la juez, al personal sanitario... Solo los agentes que acudieron a la vivienda familiar cuando se produjo la primera agresión sospecharon de él. Descartaron el robo (los cristales de la puerta se habían roto desde dentro, aunque todo estaba revuelto no faltaba nada y había un martillo “como colocado”) y pidieron para él una orden de alejamiento de la víctima que nuca se dictó.

Un año después de confesar la autoría de la primera agresión a su esposa, durante la reconstrucción judicial de los hechos que se realizó en la casa familiar de Pazos, en Verín, Aniceto Rodríguez se desdijo. “Locuras; cosas que se meten en la cabeza”, justificó durante aquella recreación del intento de asesinato los motivos por los que había mentido el día del crimen, cuando lo atribuyó a unos ladrones. En el lugar de los hechos, reconoció que había intentado matar a su esposa de un martillazo en el cráneo mientras dormía en el sofá del salón frente al televisor. Hace 15 días, durante la celebración del juicio, volvió a negarlo.

“Nunca discutí con mi mujer”, señaló en su comparecencia judicial, acusado de intento de asesinato y asesinato consumado. La fiscalía pedía para él 39 años de cárcel y la acusación particular, 49. Tras negar las discusiones matrimoniales, Aniceto aseguró que no recordaba “nada de nada de nada” de ninguna de las dos agresiones. “Estoy desmemoriado de todo”, zanjó, aduciendo que había sufrido un ictus.

La madrugada en la que Isabel Fuentes fue golpeada en la cabeza en su vivienda, él se echó a la calle convencido de que su esposa estaba muerta. “¡Me han matado a Isabel, me la han matado!” gritaba.

La víctima había recibido “al menos tres golpes” en la parte derecha de la cabeza con un arma “contundente”. Según los forenses, dos de esos golpes pudieron haberle causado la muerte: perdió hueso y masa encefálica correspondiente a la zona del cerebro donde se ubica la memoria”. Pero estaba viva. Lo detectó Corona, vecina y prima de Isabel, cuando acudió a la llamada de Aniceto y sintió que la mujer le apretaba la mano. Fue ella quien llamó al médico “porque él dijo que estaba nervioso”, declaró.

Los agentes detectaron en la primera inspección ocular que había cosas que “no cuadraban” con un robo con violencia. Todo les indicaba que se trataba de una agresión machista.

Lo que no les cuadraba era que el “afligido más que afectado” marido hubiese dicho que él estaba ya en la cama (que “no tenía ni una arruga”) cuando escuchó a su esposa llamarlo, la cronología (a los ladrones les habría dado tiempo de romper el cristal, abrir la puerta con las llaves que estaban en la cerradura, reducir a martillazos a la mujer, abrir tres armarios de la cocina, vaciar varios bolsos y huir: todo ello a apenas 15 metros de distancia de Aniceto), ni la trayectoria de los golpes recibidos con la petición de ayuda que narraba el marido. El médico que la atendió en el complejo hospitalario reforzó la tesis del intento de homicidio frente a la del robo.

La juez de Verín descartó, no obstante, dictar la orden que impidiera a Aniceto acercarse a Isabel. “Aunque nosotros teníamos claro que había sido él y que la vida de ella corría peligro, la juez no lo vio así”, declaró el sargento que dirigió la investigación. La familia de Isabel está convencida de que estaría viva si la Justicia la hubiese protegido o si les hubiesen advertido a ellos del peligro que corría.

Aniceto la remató a la menor oportunidad. La letrada de la acusación particular, Beariz Seijo, ha insistido siempre en la “doble muerte” de Isabel Fuentes. Según el parte forense, en la cama del hospital en la que fue acuchillada, recibió dos heridas: una de tanteo y otra en la que el arma fue introducida en una zona vital y movida en cuatro direcciones. Le atravesó el corazón y llegó al pulmón. Para tener mayor precisión, el asesino le levantó primero el camisón: no presentaba ningún corte.

Las heridas, según los forenses, eran “coincidentes” con el cuchillo de deshuesar de mango amarillo tirado en el suelo al lado de donde yacía, autolesionado en el cuello, el agresor, aunque la Audiencia no lo ha considero probado. En el bolsillo de su chaqueta había una nota manuscrita en gallego: “Isabel, cariño, te dieron un golpe muy grande (…) Estás muy grave y no te puedo ver así”. Espero que nos incineren juntos”, texto al que apeló su defensa para señalar que Aniceto Rodríguez “no aceptaba” los hechos ocurridos en el domicilio familiar.

El anciano había conseguido ganarse la confianza de todo el mundo. “Parecía que se querían; nos engañó a todos”, sostienen sus vecinos. La juez rechazó dictar una orden de alejamiento basada en “sospechas”, y las enfermeras que encontraron a la mujer sobre un charco de sangre en la cama del hospital aseguraron que jamás había mostrado antes algún comportamiento extraño. “Era amable con nosotras y cariñoso con ella”, precisaron, explicando que incluso llegó a llorar días antes del asesinato comentando que su mujer se iba a morir. “Decía que la necesitaba y nunca mostró rasgos de enfermedad mental”.

No podía mostrarlos: no la padecía. La sentencia considera probado que el asesino estuvo “afectado en las funciones implicadas en la capacidad procesal” solo tras el intento de suicidio, después de consumar el asesinato de su mujer en el hospital. Y precisa que fue evolucionando favorablemente. "Entendía que Isabel le pertenecía y que podía disponer de su vida”, sentenció el fiscal en el juicio. La Audiencia de Ourense sostiene que en el momento de cometer los hechos, Aniceto tenía sus capacidades intelectivas y volitivas “plenamente conservadas”.

martes, 4 de julio de 2017

Relatos Salvajes: Uriel o de la deshumanización

Uriel o de la deshumanización

Tiene 3 años de edad. El jueves 25 de mayo fue internado de emergencia en el hospital pediátrico del IMAN, frente a Perisur. De los mejores del sector público, al menos hasta esta fecha.
Uriel presentaba un cuadro de convulsiones y espasmos, sin que su madre acertara a precisar la causa. El niño había padecido otras enfermedades, pero nada tan preocupante como las convulsiones.
Llegó al hospital y después de resistirse a recibirlo, “porque no hay camas”, ante la gravedad del cuadro terminaron por ingresarlo.
Le pidieron que comprara un antibiótico, ya que el hospital carecía de la medicina. Costaba mil 300 pesos. Tardó casi seis horas en conseguir el recurso y comprarlo.
Durante los siguientes cuatro días, Uriel fue estabilizado, pero no se reponía del todo. Las convulsiones habían cesado, pero ahora un cuadro de calentura y fiebre impedía darlo de alta. No acertaban tampoco a precisar las causas.
El miércoles 31, la madre se retiró unas horas para dirigirse a su domicilio por ropa y alimentos, pero al llegar al mismo, una llamada del hospital la inquietó.
“Tiene que regresar de inmediato, no le podemos decir por aquí qué pasó”.
En el hospital, la madre fue informada de que Uriel había sufrido “complicaciones cardiorespiratorias” y había fallecido.
La joven madre no daba crédito a lo que escuchaba, ya que todos los reportes de rutina eran “delicado, pero estable”.
Postrada de dolor y confundida con lo sucedido, la madre empezó los trámites para la inhumación de su hijo único. Por ser madre soltera y tener una condición económica precaria, el hospital le ayudaría a no cobrarle un precio alto por los servicios. De todas formas debió pagar mil 600 pesos. La autopsia le sería perdonada a Uriel.
En compañía de una tía, la madre acudió a una de las funerarias aledañas al panteón 20 de Noviembre, ubicado en Tlalpan. Contrató un servicio funerario de 10 mil 500 pesos, el más económico, que incluía trámites, una caja sencilla y una cripta vertical. Los familiares y el panteón sugerían incinerar sus restos. La madre se opuso.
A Uriel lo velaron toda la noche del martes 30 de mayo y el miércoles 31 al mediodía el sepulturero del panteón estaba colocando la tapa de mármol a una fría gaveta de cemento.
Ese miércoles por la noche, la tía recibió una llamada urgente del panteón. Los veladores de la sala habían escuchado lamentos, golpes secos de madera y un llanto incesante proveniente de la cripta de Uriel. Procedieron a retirar la losa, a sacar la caja de madera y a sacar a Uriel de la caja entre llantos de dolor, con la cara y brazos rasguñados por la desesperación y el terror.
Uriel fue traslado de emergencia al hospital Gea González, donde le diagnosticaron que padece epilepsia, y fue dado de alta una semana después, con las recomendaciones del caso. Hoy se repone en su casa, con su madre, su abuela y su tía.
El director del IMAN no quiere saber nada del caso. Dice que él no atendió a Uriel. Que el médico que lo estuvo viendo todo el tiempo era un pasante, que ya no asiste al hospital y no se sabe de su paradero.
Ante la advertencia de que el hospital sería demandado, personal del nosocomio ha buscado a la madre de Uriel para decirle, entre recomendaciones y amenazas, “déjalo así, no te metas en más problemas, lo más importante es que Uriel está vivo”.
Para ellos empieza ahora otra pesadilla: la procuración de justicia. El pequeño Uriel libró la epilepsia, la autopsia y la incineración. Que la justicia institucional no lo condene ahora al sepulcro de la impunidad.
ricardomonreala@yahoo.com.mx
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jueves, 18 de mayo de 2017

Asesinado en México Javier Valdez, el gran cronista del narco en Sinaloa


VIOLENCIA EN MÉXICO

El periodista, el sexto muerto por el crimen organizado en lo que va de año, fue interceptado y ejecutado a plena luz del día

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JAVIER LAFUENTE

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México 16 MAY 2017 - 19:57 CEST

El cuerpo inerte del periodista Juan Valdez este lunes. CUARTOSCURO / REUTERS


La narcoviolencia ha vuelto a asesinar a un periodista en México. Javier Valdez, periodista de Ríodoce, de 50 años, uno de los reporteros que más y mejor ha contado la violencia del narcotráfico en Sinaloa, ha sido disparado este lunes a plena luz del día en Culiacán, la capital del Estado, después de que unos hombres interceptaran su vehículo, según las primeras versiones recogidas por el semanario en el que trabajaba. Valdez es el sexto periodista asesinado en lo que va de año en México, más de la mitad ya que el año pasado, que batió récords con 11 ejecuciones. Desde 2000, han muerto más de 100.

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Javier Valdez, un guía en el infierno


"El periodista de Ríodoce, Javier Valdez Cárdenas, fue asesinado hace unos momentos por la calle Vicente Riva Palacio, entre Ramón F. Iturbe y Epitacio Osuna, de la Colonia Jorge Almada", afirmaba la escueta nota con la que Ríodoce confirmaba la muerte de su reportero. “De acuerdo a los primeros datos, el también autor de la columna Mala Yerba, conducía un Corolla rojo de modelo reciente, por dicha vialidad, cuando sujetos lo interceptaron y le dispararon”, añade el texto.

El golpe para el periodismo, para la sociedad mexicana, es terrible, más aún ante la clamorosa impunidad instalada y el silencio de las instituciones. No ha habido ningún detenido por los seis asesinatos de periodistas este año. El presidente, Enrique Peña Nieto, condenó el atentado contra Valdez. La reación a las cinco muertes previas a la de Valdez había sido hasta ahora la designación de un fiscal de delitos contra la libertad de expresión, una medida cuando menos irrisoria si se tiene en cuenta la magnitud de la tragedia.



Javier Valdez era una eminencia, el gran cronista del narcotráfico en Sinaloa, uno de los periodista más respetados en México a la hora de hablar del crimen organizado. Su libro Narco Periodismo. La prensa en medio del crimen y la denuncia aborda el trabajo de los reporteros que no se callan en medio de la narcoviolencia. Después de que Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, recibiese, a finales de marzo, ocho disparos al salir de su casa, Valdez escribió en su cuenta de Twitter: "A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio".
Javier Valdez, el pasado noviembre en Guadalajara. HECTOR GUERRERO AFP


Era recurrente que los periodistas que viajaban a Sinaloa o escribiesen sobre la cuna del cartel de El Chapo acudiesen a Valdez para conocer su visión. Hace apenas dos semanas, cuando detuvieron a Dámaso López, El Licenciado, uno de los sucesores de El Chapo, una reportera de este diario preguntó a Valdez por su opinión sobre cómo quedaba la estructura del cartel, pero este pidió no responder. “Disculpa, agradezco tu interés, pero por razones de seguridad no puedo dar declaraciones, se puso cabrona la situación”, escribió en un mensaje.

La violencia se ha vuelto a ensañar con Sinaloa después de la extradición a Estados Unidos a principios del año del líder del cartel, el narcotraficante, Joaquín El Chapo Guzmán. En los cuatro primeros meses de 2017 se habían registrado 492 homicidios, una cifra que analistas de la zona ya dan por duplicada. El aumento de la violencia ha ido acompañado con un recrudecimiento de las formas en que se mata. Hace un mes, cuando el narco arrojó desde una avioneta un cuerpo en Sinaloa, Javier Valdez analizaba en este periódico el aumento de la sinrazón del crimen organizado. El periodista consideraba que la escalada de violencia ha alcanzado niveles similares a los de 2008, cuando los Beltrán Leyva, la familia de Guzmán y El Mayo Zambada, se disputaban el poder. “Tenemos una generación más violenta de narcos. Ya no basta con matar, hay que mostrar el cuerpo”, aseguraba Valdez, que lamentaba también cómo la atmósfera en Sinaloa era diferente: “Todo es confuso, la paranoia, el no salir de casa, la ausencia de autoridad por complicidad u omisión… La única diferencia es que ahora la violencia se ha desplazado a las zonas rurales de Culiacán, no a la propia ciudad como entonces, cuando se convirtió en una morgue”, aseguraba

Fundador del semanario Ríodoce, corresponsal del diario La Jornada, Valdez fue autor de varios libros sobre narcotráfico, como Miss Narco, Huérfanos del narco o Malayerba, nombre también de su columna en el semanario, la última de las cuales tuiteó la misma mañana de su asesinato. En 2011, el Comité para la Protección de Periodistas le otorgó el Premio Internacional de la Libertad de Prensa por su trabajo. El discurso que leyó retumba hoy con más fuerza: “En Culiacán, Sinaloa, es un peligro estar vivo y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el Gobierno (..) Uno debe cuidarse de todo y de todos”.

miércoles, 26 de abril de 2017

La fórmula de la felicidad - Jordi Soler


Creer que uno es la fuente de su propia felicidad es, además de pura arrogancia, un problema de perspectiva; basta levantar los ojos para comprobar que la felicidad viene, casi siempre, de afuera.



24/04/2017 02:36 AM


México

El filósofo Daniel Dennett propone una fórmula para alcanzar la felicidad: “Busca algo más importante que tú y dedica tu vida a eso”. De acuerdo con el ranking de los pensadores más influyentes del momento, según el think tank suizo Gottlieb Duttweiler Institute, Dennett comparte el Olimpo filosófico con Peter Singer y Slavoj Zizek. Valga la puntualización para dejar asentado que quien propone la fórmula de la felicidad no es un cantamañanas, y que quizá esta fórmula sea más sensata, y esté más apegada a la realidad, que la de ese gurú de barrio que le dice a usted piezas de acentuada cursilería esotérica: “Lo más importante eres tú, cuídate, trátate bonito, consiéntete, apapáchate, porque la felicidad está dentro de uno mismo”.

La fórmula de Dennett está llena de sentido común si se piensa, por ejemplo, en los hijos, que son precisamente eso: la felicidad que produce dedicar la vida a algo más importante que tú. Lo mismo sucede con un oficio apasionante, con un quehacer absorbente como puede ser cultivar el jardín, esculpir en madera, o irse de misionero a la sierra de Veracruz.

De acuerdo con la fórmula de Dennett la clave está en salirnos de nosotros mismos, en dejarnos de poner tanta atención y atender cosas más importantes que nosotros, objetivo, por cierto, nada difícil de conseguir pues, en rigor, todo es más interesante que nosotros mismos.

La fórmula de Dennett es impecable, pero va a contracorriente del sentimiento general de las personas en el siglo XXI, que tienden a pensar, y así se los recalca todo el tiempo la mercadotecnia del espíritu, que ellas son lo más importante. ¿De dónde viene tanto narcisismo?

El gurú, el instructor de mindfulness, el maestro de Yoga, el nutriólogo naturista, el coach y todas esas figuras que se aprovechan de la flaqueza de la espiritualidad contemporánea, son producto de las sociedades industrializadas donde las personas tienen ya muy resueltas las necesidades básicas, desde el techo y la comida hasta el Netflix y el Spotify, y una vez instalados en el angustioso vacío que producen las necesidades resueltas, maniobran para apuntarse a un grupo que les procure otra necesidad. Una pulsión pequeñoburguesa ¿O ven ustedes a un campesino de, por ejemplo, Sonora, que está todo el año pendiente de la salud de la tierra que cultiva, apuntándose a la clase de yoga o al cursillo de mindfulness?

El famoso equilibrio latino de “mens sana in corpore sano” se ha roto y se ha decantado hacia el cuerpo. Cuando el gurú del siglo XXI invita a sus pupilos a consentirse, a apapacharse, a tratarse bonito como ruta hacia la felicidad se refiere, invariablemente, al cuerpo, o quizá sería mejor decir: al ombligo.

La idea de que uno mismo es la fuente de su propia felicidad es una simplificación, que además se suma con el aislamiento que producen las nuevas tecnologías en el individuo que, muy pronto, lo hará todo solo en su cuarto: su trabajo de oficina, las compras, la diversión en sus momentos de ocio, el sexo. Decirle a este individuo que se apapache y que se trate bonito sería francamente redundante.

Todo este movimiento hacia el solitario interior de cada quien se apuntala con esa compulsión contemporánea de cultivar el físico, se tenga la edad que se tenga, de atender el corpore antes que la mens. A lo largo de la historia de la humanidad el objetivo había sido volverse más inteligente a medida que se envejecía; los viejos eran los sabios, ese era su valor, pero ahora asistimos a su claudicación: los viejos ya no quieren ser sabios, prefieren estar bien mamados, y dejan la sabiduría en manos del primer pedorro que se pone a impartir cursillos. Me van a perdonar la majadería, pero este nuevo narcisismo va en la misma línea de aquella cartita de Karime, la mujer prófuga de Javier Duarte, en la que se confesaba a sí misma que merecía abundancia.

Creer que uno es la fuente de su propia felicidad es, además de pura arrogancia, un problema de perspectiva; basta levantar los ojos (dejar de mirarse el ombligo, quiero decir) para comprobar que la felicidad viene, casi siempre, de afuera. Viene de dentro solo en el caso de esos ermitaños que exprimen la felicidad de su dura soledad espartana, que sería precisamente lo contrario de consentirse y apapacharse. ¿De dónde viene ese estentóreo narcisismo?, ¿de la satisfacción de todas las necesidades, como apunté más arriba?, ¿de la creciente secularización que ha hecho que el cura ceda el mando al gurú del barrio y que este bendiga al individuo para que se vea a sí mismo como la fuente de la felicidad?

martes, 11 de abril de 2017

Confirman uso de gas sarín en ataque químico en Siria

Tras realizar tres autopsias a los cuerpos de las víctimas del ataque en Idlib y tomar muestras de sangre y orina, el Ministerio de Salud turco anunció que se utilizó ese agente tóxico.

Las víctimas de Idlib fueron atacadas con gas sarín. (AP)

AP11/04/2017 09:10 AM




AFP06/04/2017 10:01 PM


Washington

El gas sarín, que Estados Unidos acusó el jueves al régimen sirio de haber usado contra una ciudad rebelde esta semana dejando al menos 86 muertos, es una potente sustancia neurotóxica, inodora e invisible, descubierta en Alemania en 1938.

Aunque no sea inhalado, el simple contacto con la piel de este gas organofosforado bloquea la transmisión del influjo nervioso y conduce a la muerte por paro cardiorespiratorio.

La dosis letal para un adulto es de medio miligramo.

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Las víctimas se quejan primero de violentos dolores de cabeza y presentan pupilas dilatadas. Luego sufren convulsiones, paros respiratorios y caen en coma, antes de fallecer.

Las imágenes de Jan Sheijun, una pequeña ciudad de la provincia rebelde de Idlib (noroeste de Siria), mostrando a personas agonizando, buscando desesperadamente la forma de respirar y expulsando espuma por la boca impactaron al mundo.

El sarín puede ser utilizado en aerosol, pero también puede servir para envenenar el agua y los alimentos, según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) en la ciudad de Atlanta.

La ropa que haya estado en contacto con vapores de sarín de forma continua puede contaminar a otras personas hasta media hora después de la exposición, señala el CDC, según el cual existen antídotos.

La fabricación de esta sustancia es un proceso complejo que requiere conocimientos avanzados en química. Pero químicos alemanes de la firma IG Farben lo descubrieron en 1938 por casualidad mientras trabajaban sobre nuevos pesticidas.

Fue usada como arma química durante el conflicto Irán-Irak en la década de 1980 y por la secta "Verdad Suprema" en un atentado perpetrado el 20 de marzo de 1995 en el metro de Tokio.

El régimen sirio ya usó varias veces el gas sarín desde que comenzó la guerra civil en marzo de 2011. El 21 de agosto de 2013, un ataque con este componente mató a mil 429 personas, entre ellas 426 niños, según los servicios de inteligencia estadunidenses.

lunes, 10 de abril de 2017

El escritor a prueba , Sergio González Rodríguez vivió para denunciar el oprobio, pero también para abrir espacios de esperanza




Sergio González Rodríguez vivió para denunciar el oprobio, pero también para abrir espacios de esperanza

JUAN VILLORO
7 ABR 2017 - 18:18 CDT


El ameritado corazón de Sergio González Rodríguez dejó de latir el 3 de abril, a los 67 años. En 1992 fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo con El centauro en el paisaje. 12 años más tarde ganó ese certamen con Campo de guerra, un estudio de la militarización de la política mexicana.


Aunque era experto en la relación entre la literatura y el ocultismo, al comenzar el tercer milenio no buscó un acercamiento esotérico a la realidad: la abordó con rabioso y documentado pragmatismo. Su libro Huesos en el desierto fue un recuento pionero de los feminicidios de Ciudad Juárez, El hombre sin cabeza analizó la simbología de la violencia extrema y Los cuarenta y tres de Iguala indagó las causas que llevaron a la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.

Fui testigo de la persecución que González Rodríguez sobrellevó con insólito aplomo. En 2001, cuando investigaba los crímenes de Ciudad Juárez, Roberto Bolaño lo consultaba para escribir La parte de los crímenes en su novela 2666. La aportación de Sergio fue tan notable que se convirtió en personaje de la historia. Triangulamos informaciones hasta que Roberto y yo recibimos un extraño mensaje; de pronto apareció un recuadro en la pantalla de nuestras computadoras: “Usted no está autorizado para leer esto”. El sistema operativo se congeló y sólo pudo reactivarse apagando la computadora.



A pesar de que en 1999 sufrió un secuestro exprés que le dejó graves lesiones, Sergio indagó la verdad con el temple de un sereno notario de lo real

Poco después viajé con Sergio a Alemania para participar en un coloquio en la Casa de las Culturas del Mundo. Al llegar a Frankfurt, él fue detenido y sometido a una agraviante revisión. Ningún otro pasajero fue tratado de ese modo. Él lo atribuyó a que la policía alemana había recibido un mensaje de las autoridades mexicanas.

De 2004 a 2006, cada vez que nos veíamos en un restaurante, una mesa cercana a la nuestra era ocupada por personas de traje desleído y rostro evaporado, cuya única función parecía ser estar ahí, tomando “nota” de la vida ajena. En alguna ocasión, Sergio les dejó su tarjeta para que le hablaran, ahorrándose la molestia de seguirlo. La recurrente aparición de esos “testigos” impedía atribuirlos al azar. Cumplían un barroco protocolo: se hacían notorios para incomodar y al mismo tiempo pretendían que no espiaban.

En una ocasión, el novelista Horacio Castellanos Moya, que participó en la guerrilla salvadoreña, llegó con retraso a la mesa donde lo aguardábamos. Se dirigió a nosotros hasta que algo lo hizo cambiar de rumbo y salir del restaurante. Regresó al poco tiempo a explicar que las mesas que flanqueaban la nuestra eran ocupadas por conspicuos interesados en el acontecer ajeno. Había salido a revisar la zona y calcular los alcances del operativo. Buscó una camioneta equipada para registrar conversaciones y no dio con ninguna: “Es un operativo sencillo”, diagnosticó: “Son idiotas, sólo quieren que notemos que están aquí”.

Esos burócratas de la vigilancia se convirtieron en una constante hasta que desaparecieron con la arbitrariedad con que habían llegado. A pesar de que en 1999 sufrió un secuestro exprés que le dejó graves lesiones, Sergio indagó la verdad con el temple de un sereno notario de lo real y la ironía de quien vive en un sitio donde el carnaval se confunde con el apocalipsis. No quiso asumirse como víctima e insistió en que la suerte de otros era peor que la suya.

De acuerdo con la ONG Artículo 19, en 2016 hubo 11 asesinatos y 426 agresiones a periodistas en México. González Rodríguez vivió para denunciar el oprobio, pero también para abrir espacios de esperanza. En La ira de México escribe: “Los infiernos terrestres son temporales”. Sus libros, que hoy son espejo del horror, serán en el futuro la historia de lo que nunca debió ocurrir, pero que alguien tuvo la entereza de narrar.