miércoles, 9 de noviembre de 2016

México y Estados Unidos, vecinos distantes de nuevo - Enrique Krauze


Por ENRIQUE KRAUZE 9 de noviembre de 2016






Yair Sanchez, de 12 años, examina los dibujos en el muro fronterizo en su barrio en Naco, México.Credit Tomas Munita para The New York Times


“Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos”, la frase, atribuida al presidente Porfirio Díaz, pocas veces correspondió a la realidad… hasta el día de ayer. La fe en un dios amoroso y próximo siempre ha impregnado la vida cotidiana de los mexicanos. Y a pesar de los agravios infligidos por Estados Unidos en casi doscientos años de historia (la injusta guerra de 1847, la subsiguiente mutilación del territorio y la activa participación en el derrocamiento de nuestro primer gobierno democrático en 1913) los mexicanos no hemos resentido la cercanía con Estados Unidos, ni albergado violentas pasiones nacionalistas. Todo lo contrario: de pueblo a pueblo nuestra relación ha sido fructífera, estable, cordial.


Eso se acabó. Ahora, con el arribo de Donald Trump a la presidencia, todo mexicano tendrá razones para encomendarse más estrechamente a Dios (o a la Virgen de Guadalupe) y prepararse para una nueva guerra, no militar desde luego, pero sí comercial, económica, étnica, estratégica, diplomática.


Comercial, por la posibilidad de que Estados Unidos abandone el Tratado de Libre Comercio (que en 2014 llevó el comercio bilateral a los 534 billones de dólares) o imponga altos aranceles a nuestras exportaciones, frente a lo cual México buscará reaccionar de igual forma. Económica, por el secuestro que Trump ha anunciado que impondrá de las remesas (nuestra principal fuente de divisas) ante el cual México podrá invocar que se trata de una práctica discriminatoria que tendría que aplicarse también a chinos, filipinos, indios y demás inmigrantes. Étnica, por el previsible encono que desataría la política de deportación masiva de indocumentados, desgarrando familias, enfrentando vecinos, atizando las diferencias de identidad hasta en las escuelas. Estratégica, por la disrupción de la vida en la frontera que provocaría la construcción, así sea parcial, del muro.





Frente a un gobierno a tal grado hostil, México podría verse tentado a incumplir convenios que han funcionado razonablemente bien como los de cooperación en materia de seguridad, flujos migratorios de centroamericanos o tratados de provisión de aguas. Una tensión diplomática sin precedente en al menos 90 años acompañará al alud de demandas que individuos, grupos, empresas y asociaciones mexicanas —públicas y privadas— someterán ante las cortes de los dos países e instancias internacionales para defender sus intereses.


Para México y Estados Unidos, la llegada de Trump al poder es una tragedia. Más allá de los gobiernos, los mexicanos y los estadounidenses hemos sido muy buenos vecinos. Alguna vez escuché a Shimon Peres: “Qué daría Israel por un Tratado de Libre Comercio como el de ustedes”. No solo Israel. Millones de personas y vehículos atraviesan libre, ordenada y pacíficamente cada año la frontera en 57 cruces. Pocas fronteras en el mundo han sostenido una normalidad semejante por tantos años. Claro que hay problemas como el contrabando y el tráfico de armas, pero el tránsito legal y normal es mucho más importante. Ha sido una inadvertida bendición y, si se disloca, la extrañaremos mucho.


Entre las miles de mentiras que profirió Trump en su campaña, pocas más infames que esta, que agravió profundamente a muchos mexicanos: “Cuando México nos manda a su gente, no manda a los mejores… Nos traen drogas. Nos traen crimen. Son violadores. Aunque algunos, supongo, son buenas personas”. Las estadísticas del crimen lo desmienten. Y aunque la ola migratoria desde México ha cesado, en los años en que existió la verdad es que les mandamos a los mejores.


No me refiero solo a artistas, directores de cine, académicos, profesionistas, científicos, empresarios pequeños y grandes (que invierten en Estados Unidos y producen seis millones de empleos) sino a ese casi imperceptible hormigueo humano: el que te entrega la pizza, el que limpia las albercas, el que levanta las cosechas, el que corta la madera, la que extrae las vísceras de los pollos, la que recoge los platos en el restaurante, la que cuida a la anciana o a los niños, el que lava los pisos en los edificios de Trump. Gente de paz que busca una vía (así sea lenta y difícil) hacia una reforma migratoria que les permita alimentar a sus familias en un marco de legalidad.


En cuanto a las drogas y el crimen, son los estadounidenses quienes consumen las drogas y exportan las armas que han provocado, en una alta proporción, cien mil muertos en México. La administración de Trump, por supuesto, no tendrá el menor interés de modificar la legislación de venta de armas de alto poder.


Ante el ascenso de Trump, el mexicano promedio abriga temores fundados sobre el efecto brutal que ese gobierno puede provocar en la economía de México, segundo socio comercial de Estados Unidos y cuya endeble paz social puede sufrir un colapso. En las elecciones presidenciales de 2018 buscará entregar el poder a un líder carismático de cualquier signo que lo defienda del irascible vecino. Las viejas y olvidadas heridas históricas, asombrosamente, se abrirán con una intensidad imprevisible.


En lo personal, me siento triste y perplejo ante la llegada de un fascista a la presidencia de Estados Unidos. Espero que las instituciones republicanas resistan y lo resistan, y que el ejercicio de la libertad de expresión le impida hacer más daño del que ya ha hecho. Los griegos sabían que las democracias mortales. Ojalá la democracia de Estados Unidos, ejemplo del mundo por 240 años, sobreviva a Donald Trump.


Enrique Krauze es historiador, director de la revista Letras Libres y autor de "Redentores. Ideas y poder en Latinoamérica" y "La presencia del pasado", entre otros libros.


The Trump Years

Noviembre 09, 2016

Sucedió lo impensable, y el mundo entró en un periodo de absoluta incertidumbre. Donald Trump, el millonario xenófobo, es presidente de los Estados Unidos.
Antonio Martínez Velázquez | Internacional




Donald Trump Ganó la presidencia de Estados Unidos. Durante el último año el mundo trató de explicarse el fenómeno: en el país campeón de la democracia, un personaje cercano al fascismo es electo a través del mismo sistema que podría revertir. El asombro del mundo no logró, sino hasta el final, interpretar el trumpismo como el producto más acabado del sueño americano. Ni Hitler ni Chávez: Trump solo pudo suceder en Estados Unidos para los estadounidenses.

La teoría de Eric J. Hobsbawm acerca de los siglos largos y cortos nos dice que el siglo XIX comenzó en 1789 con la Revolución francesa y terminó en 1914 con el inicio de la Gran Guerra; el siglo XX, comenzó en 1914 pero terminó en 1989, con la caída el muro de Berlín. El siglo XXI terminó hoy. El fin comenzó en el 2009 (no el 11 de septiembre, como argumenta Hobsbawn) con la primavera árabe y culminó con la elección de Trump. El relato común es el de la ruptura y la insurrección. El establecimiento de la democracia liberal –que se ha ido contrayendo de a poco en los últimos años– terminó por fracasar en su casa más luminosa. El neoliberalismo en su modalidad de espectáculo no pudo sostener la ilusión frente a la revuelta popular.

Nunca como ahora habíamos observado la tensión entre la opinión pública y la vida real. Con excepción de la editorial del Ku Klux Klan, todos los medios importantes de Estados Unidos se pronunciaron a favor de Hillary Clinton. Su desconexión no es sino reflejo de un sistema mediático que ha abandonado a las mayorías para hablar al consumo individual y el de lujo. Ni Vogue ni The New York Times tienen ya el pulso de la nación. Apoyados por la tecnología, los medios, fervientemente desintelectualizados, llevaron fact-checkers a una batalla cultural. No alcanzaron las estrellas pop ni Hollywood; no alcanzaron internet, las redes sociales y los medios digitales para que Hillary triunfara.

La misoginia y el racismo son el modo natural de Estados Unidos. Según Morris Berman, el individualismo extremo tuvo su origen en el cambio de la definición de la palabra “virtud” en 1800. A partir de entonces, e impulsada por los republicanos jeffersonianos, la virtud ha sido la capacidad de mirar por los propios intereses en un entorno de oportunismo. Fueron ellos, esos oportunistas, quienes eligieron a Trump, pero también aquellos progresistas blancos –igual racistas– que no pueden ver más allá de su “blanquitud” para entender que sus estrategias no funcionaron, que no son mayoría y no fueron aliados de mexicanos y negros para construirla. Se equivocaron con Clinton como su representante.

Clinton hubiera continuado la política de deportación masiva de Obama y las guerras en las que “el pueblo elegido” iba a predicar la democracia; también hubiera impulsado la economía extractiva que ha dejado a millones en la pobreza y desigualdad, asumiendo el rostro del feminismo blanco que invisibiliza a las otras mujeres. Sin embargo, las batallas a librar hubieran sido conocidas y negociables. Su gobierno se hubiera tenido que plegar hacia el interior. Clinton tuvo la oportunidad de encabezar una profunda reforma política en Estados Unidos: reorganizar la disidencia para mantener el imperio. El futuro con Trump, en cambio, modifica el mapa de nuestras creencias y luchas.

Trump le da rostro a una mayoría popular heredera de la más pura cultura norteamericana. De todos los antisistemas posibles, él coronó el suyo anoche. Su gobierno también mirará hacia el interior, pero de otra manera. A diferencia de Clinton, él no tiene que negociar con quienes votaron en su contra pese a que en su primer discurso tras los resultados haya dicho lo contrario. Su primera tarea será revisar la viabilidad de sus promesas y llevarlas a cabo, además su relación con el ejército constituirá el primer gran obstáculo a sortear. Después de ello podrá gobernar para sus votantes con dos cámaras de mayoría republicana para tratar de revertir el legado de Obama, lo que ha llamado como la “reconstrucción del país”. Unos resultados como estos no sorprenderían en algún país europeo, donde los nacionalismos de la derecha más radical han ganado fuerza. En cambio, la posición histórica de Estados Unidos como balance de la hegemonía desequilibra al mundo entero: una elección local con efectos globales.

La ficción democrática de Estados Unidos irá desdibujándose poco a poco para dar paso a otro escenario: emergerán nuevas oposiciones e instituciones al tiempo que otras, como la Suprema Corte, quedarán hechas añicos. El gobierno de Trump puede ser el primer paso para repensar la globalidad tal como la conocemos, así como los Estados-Nación en tanto acuerdos dinámicos entre gobernantes y gobernados; los primeros caminan sobre abismos y los segundos los comienzan a lanzar a sus fauces. El triunfo de Trump es, en todo caso, una llamada de atención para los cobardes que, argumentando el fin de las ideologías, se han replegado de lo público para glorificar lo privado y extractivo, la esclavitud voluntaria del capital. Para ellos –la pusilánime izquierda– será muy difícil desentenderse de las consecuencias de no construir un mundo justo e igualitario más allá de sus buenas intenciones: hoy será un deber ser radicales.

En 1913 el mundo estaba sostenido por imperios. De la noche a la mañana cambió todo y en pocos años se acomodó de forma radicalmente distinta. Hoy el contexto es diferente: la victoria de Trump no exhibe un mundo más ignorante y más salvaje, sino uno donde repensar la democracia, en lugar de la absurda obsesión con el populismo, es urgente. En primer lugar, disociarla del liberalismo (colocarle adjetivos) y, en segundo, pensar en una democracia sin Estado, imaginar el mundo como si éste no existiera más: reorganizarnos en serio.

En México, a falta de liderazgo político y con un gobierno hundido en la corrupción, no habrá voz que nos consuele esta mañana. Hagamos valer nuestra independencia y construyamos futuro.

La revuelta se irá extendiendo. Algo en el discurso de un lunático le habló a aquellos que el sistema y los progresistas han querido excluir –a los que hemos decidido no escuchar–, a los ignorantes y “no modernos”, a la tonta multitud. En su lugar, el sistema que acaba de chocar contra un muro nos ofrece un infinito despojo y aquí está la reacción.

(Foto: cortesía de Gage Skidmore.)

- See more at: http://horizontal.mx/the-trump-years/#sthash.VY7cvM6W.iK3ErMtj.dpuf

Here’s a first look at front pages from across the country



We asked newspapers to send us their post-election front pages on Tuesday night and Wednesday morning. Here's a look at what we're seeing so far. This first batch came in before Republican candidate Donald Trump was declared the country's next president. We've updated them with later editions declaring Trump the winner.

Here's the Tampa Bay Times, which Poynter owns:



Here's The New York Times:



Here's The Birmingham News:



Here's The Dallas Morning News:



Here's The Plain Dealer:



Here's the Times-Picayune:



Here's the Arizona Republic:



Here's The Salt Lake City Tribune:



Here's the Los Angeles Times:



And here's The Washington Post:

Cinco razones por las que Trump va a ganar las elecciones - Michael Moore


Publicado: 28/07/2016 07:11





Estimados amigos:

Siento ser el que dé las malas noticias, pero ya os lo advertí el pasado verano cuando dije que Donald Trump sería el candidato republicano a la presidencia. Y ahora traigo unas noticias aún peores y más deprimentes: Donald J. Trump va a ganar las elecciones en noviembre. Este ignorante, peligroso y miserable payaso a tiempo parcial y sociópata a tiempo completo será el próximo presidente de Estados Unidos. Presidente Trump. Vamos, id practicando, porque será así como nos tendremos que dirigir a él durante los próximos cuatro años: "PRESIDENTE TRUMP".

En mi vida he deseado tanto estar equivocado como ahora.

Me imagino lo que estaréis haciendo ahora mismo. Estaréis negando con la cabeza y mientras pensáis: "No, Mike, no va a ganar". Por desgracia, vivís en una burbuja con una cámara de resonancia acoplada en la que tanto vosotros como vuestros amigos estáis convencidos de que los estadounidenses no van a elegir como presidente a un idiota. Vais alternando entre la sorpresa y la mofa por su último comentario o por su actitud narcisista ante todo, porque todo gira a su alrededor. Y después escucháis a Hillary y veis a la que sería la primera mujer en un cargo así en Estados Unidos, una persona respetada, inteligente y que se preocupa por los niños, que continuará con el legado de Obama porque eso es claramente lo que quieren los estadounidenses, cuatro años más de esto.

Tenéis que salir de esa burbuja inmediatamente. Tenéis que dejar de negar lo evidente y enfrentaros a la verdad que en el fondo sabéis que es muy real. Intentar tranquilizaros con datos -"el 77% del electorado son mujeres, personas de otras razas y jóvenes de menos de 35 años, ¡y Trump no puede ganar por mayoría en ninguno de esos sectores!"- o con lógica -"¡la gente no va a votar a un bufón ni en contra de sus intereses!"- es la manera que tiene el cerebro de protegerse de una situación traumática. Como cuando oyes un ruido extraño en la calle y piensas: "Ah, es que habrá reventado una rueda", o "¿quién anda tirando petardos?" porque no quieres pensar que lo que acabas de oír es un disparo. Es la misma razón por la que todas las noticias iniciales y testigos del 11-S decían en los primeros momentos que "unpequeño avión se había estrellado por accidente contra el World Trade Center". Queremos -necesitamos- tener esperanza porque, francamente, la vida ya es lo suficientemente dura y ya bastante hay que luchar entre sueldo y sueldo. No podemos con muchas más malas noticias. Por lo tanto, nuestro estado mental vuelve al estado predeterminado cuando se hace realidad algo aterrador. Las primeras personas arrolladas por el camión en el atentado de Niza pasaron sus últimos minutos de vida pensando que el conductor del camión simplemente había perdido el control del vehículo, haciéndole señas y gritándole que tuviera cuidado y que había gente en la acera.

Queridos amigos, esto no es un accidente. Es la realidad. Y si creéis que Hillary Clinton va a ganar a Trump con datos, inteligencia y lógica, es que no os habéis quedado con nada de las 56 primarias en las que 16 candidatos republicanos probaron con todo, sacaron todos sus ases de la manga y no pudieron hacer nada para detener al gigante de Trump. A día de hoy, tal y como están las cosas, creo que va a ganar; y, para lidiar con ello, necesito que primero lo reconozcáis y quizá después podamos encontrar una manera de salir de este embrollo en el que nos hemos metido.

No me malinterpretéis. Tengo muchas esperanzas puestas en el país en el que vivo. Las cosas están mejor. La izquierda ha ganado las guerras culturales. Los gais y las lesbianas pueden casarse. La mayoría de los estadounidenses adoptan la postura liberal en las encuestas: en el sueldo igualitario para hombres y mujeres, en que el aborto debería ser legal, en la imposición de unas leyes medioambientales más severas, en un mayor control de las armas, en la legalización de la marihuana. Se ha producido un gran cambio: que les pregunten a los socialistas que han ganado en 22 estados este año. Y no me cabe duda de que si la gente pudiera votar desde el sofá en su casa a través de la Xbox o de la PlayStation Hillary ganaría por goleada.

Pero en Estados Unidos las cosas no funcionan así. La gente tiene que salir de casa y esperar una cola para votar. Y, si viven en barrios pobres, con mayoría de negros o de hispanos, no solo tendrán que hacer una cola más larga, sino que se hará todo lo posible para evitar que vayan a votar. Así que en la mayoría de las elecciones es difícil que el porcentaje de participación llegue siquiera al 50%. Y ahí yace el problema de noviembre: ¿quién va a conseguir que los votantes más motivados acudan a las urnas?Sabéis la respuesta a esa pregunta. ¿Quién es el candidato con los simpatizantes más furibundos? ¿Quién tiene unos fans capaces de levantarse a las cinco de la mañana el día de las elecciones y de ir dando la brasa todo el día hasta que cierren las urnas para asegurarse de que todo hijo de vecino vote? Efectivamente. Ese es el nivel de peligro en el que nos encontramos. Y no os engañéis: ni los persuasivos anuncios de televisión de Hillary ni el hecho de que se le desenmascare en los debates ni que los libertarios le quiten votos van a servir para detener a Trump.
"Tenéis que dejar de negar lo evidente y enfrentaros a la verdad que en el fondo sabéis que es muy real".



Estas son las cinco razones por las que Trump va a ganar:

1. El Brexit del medio oeste de Estados Unidos. Creo que Trump va a centrar gran parte de su atención en los cuatro estados azules de Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin. Cuatro estados tradicionalmente demócratas, pero que han elegido a gobernadores republicanos desde 2010 (Pensilvania es el único que finalmente ha elegido a un demócrata ahora). En las primarias de Michigan de marzo, 1,32 millones de habitantes votaron a los republicanos frente a los 1,19 millones que votaron a los demócratas. Según las últimas encuestas de Pensilvania, Trump va por delante de Hillary; y en Ohio están empatados. ¿Empatados? ¿Cómo es posible que esta carrera esté tan reñida después de todo lo que ha dicho y hecho Trump? Quizá se deba a que este ha dicho (y ha dicho bien) que el apoyo de los Clinton al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha ayudado a destruir a los estados industriales de la zona norte del medio oeste de Estados Unidos. Trump va a machacar a Clinton con este tema y con el hecho de que haya apoyado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y otras políticas de comercio que han perjudicado a los habitantes de esos cuatro estados. Durante las primarias de Michigan, Trump amenazó a la empresa Ford Motor con que si seguían adelante con el cierre de la fábrica que tenían previsto y se trasladaban a México, pondría un impuesto del 35% a todos los coches construidos en México que se enviaran a Estados Unidos. Música para los oídos de la clase trabajadora de Michigan. Y cuando lanzó otra amenaza a Apple y dijo que les obligaría a dejar de fabricar iPhones en China y a fabricarlos en Estados Unidos todos quedaron embelesados y Trump se llevó una gran victoria que debería haber sido para el gobernador de al lado, John Kasich.

La zona que abarca desde la ciudad de Green Bay (Wisconsin) hasta Pittsburgh (Pensilvania) recuerda a la mitad de Inglaterra: rotas, deprimidas y en las últimas funcionan las chimeneas esparcidas por el campo en el esqueleto de lo que antes llamábamos clase media. Trabajadores (y no trabajadores) amargados y enfadados a los que Reagan engañó y a los que los demócratas -que siguen intentando persuadir de forma deshonesta pero solo quieren aprovecharse de la situación codeándose con banqueros que les puedan extender cheques- abandonaron. Lo que ha pasado con el Brexit en Reino Unido también va a pasar aquí. Elmer Gantry aparece como Boris Johnson y se limita a inventar para convencer a la gente de que ¡esta es su oportunidad! De acabar con todos, con todos los que hicieron añicos su Sueño Americano. Y ahora Donald Trump, el forastero, ha llegado para limpiarlo todo. ¡No hace falta que estéis de acuerdo con él! ¡Es vuestro cóctel molotov personal, el que podéis lanzar a los malnacidos que os hicieron esto! ¡HACEOS OÍR, TRUMP ES VUESTRO MENSAJERO!

Y aquí es donde entran en juego los cálculos. En 2012, Mitt Romney perdió por 64 votos electorales. Sumemos los votos electorales de Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin. Son 64. Lo único que Trump necesita para ganar es mantenerse, tal y como se espera, en la franja de estados tradicionalmente republicanos de Idaho a Georgia (estados en los que nunca ganará Hillary Clinton), y ganar en Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin. No necesita ganar en Florida, ni en Colorado ni en Virginia. Solo en los cuatro anteriores. Y eso le colocará en la cima. Y eso es lo que va a pasar en noviembre.

2. El último bastión de los hombres blancos enfadados. El gobierno de Estados Unidos que lleva 240 años dominado por hombres llega a su fin. ¡Una mujer está a punto de llegar al poder! ¿Cómo ha podido suceder? Delante de nuestrasnarices. Había señales de peligro, pero las ignoramos. Nixon -el traidor del género- impuso el Título IX, la ley por la que, en el colegio, las alumnas deberían tener las mismas oportunidades a la hora de practicar deporte. Y luego les dejaron pilotar aviones comerciales. Y antes de que nos diéramos cuenta, Beyoncé revolucionó laSuper Bowl (¡nuestro partido!) con un ejército de mujeres negras que, con el puño en alto, dejaron claro que nuestra dominación había terminado. ¡Dónde hemos ido a parar!

Ese es el pequeño resumen de la mente del hombre blanco en peligro de extinción. Tienen la sensación de que se les escapa el poder de las manos, de que su manera de hacer las cosas ya no es la manera en la que se hacen las cosas. La "feminazi", ese monstruo que, como dice Trump, "sangra por los ojos o por donde sea", nos ha conquistado y ahora, después de haber tenido que pasar por ocho años en los que un hombre negro nos ha dicho qué hacer, ¿se supone que tenemos que aguantar ocho años en los que una mujer nos mangonee? ¡Después de eso serán ocho años de gais dirigiendo la Casa Blanca! ¡Y luego transexuales! Ya veis por dónde van las cosas. Para entonces, se les habrán concedido derechos humanos a los animales y el presidente del país será un hámster. ¡Esto tiene que acabar!

3. El problema de Hillary. Seamos sinceros, ahora que estamos entre amigos. Ante todo, dejadme que os diga que me gusta -mucho- Hillary y que creo que le han creado una reputación que no se merece. Pero el hecho de que votara a favor de la guerra de Irak hizo que yo me prometiera que no volvería a votarla. Hasta la fecha, no he roto esa promesa. Por intentar evitar que un protofascista se convierta en nuestro presidente, voy a romper esa promesa. Me entristece pensar que Clinton encontrará la manera de meternos en un conflicto militar. Es un halcón a la derecha de Obama. Pero el dedo psicópata de Trump estará listo para pulsar El Botón, así son las cosas.

Asumámoslo: Trump no es el mayor de nuestros problemas, es Hillary. Es muy impopular: el 70% de los votantes piensan que no transmite confianza ni honestidad. Representa a la política tradicional y no cree en nada que no sea lo que le haga ganar las elecciones. Por eso estuvo en contra del matrimonio homosexual en su momento y ahora lo defiende. Entre sus mayores detractores se encuentran las mujeres jóvenes, cosa que tiene que dolerle considerando los sacrificios que ha hecho -tanto Hillary como otras mujeres de su generación- y lo que ha luchado para que las generaciones más jóvenes no tengan que aguantar que las Barbaras Bushes del mundo les manden callar y a hacer galletas. Pero no gusta a los jóvenes, y no hay día que no oiga a unmillennial decir que no la va a votar. Ningún demócrata, ni ninguna persona que no apoye a alguno de los dos partidos mayoritarios, se va a levantar emocionado el 8 de noviembre por ir a votar a Hillary como pasó cuando Obama ganó las elecciones o cuando Bernie Sanders era candidato en las primarias. No hay entusiasmo. Y, como estas elecciones solo van a depender de una cosa -de quién atraiga a más gente a las urnas-, Trump lleva las de ganar.

4. El voto deprimido a Bernie Sanders. Dejad de preocuparos por que los simpatizantes de Bernie no votemos a Clinton, porque la vamos a votar. Según las encuestas, el número de seguidores de Sanders que voten a Hillary este año será mayor que el número de simpatizantes de Clinton que votaron a Obama en 2008. Ese no es el problema. Lo que debería alarmarnos es que cuando el simpatizante promedio de Bernie se arrastre a las urnas el día de las elecciones para votar a Hillary a regañadientes, a eso se le llamará "voto deprimido" (lo que significa que el votante no se lleva a cinco personas con él para que voten también, que no se ha presentado como voluntario para hacer campaña 10 horas al mes de cara a las elecciones y que no contesta con emoción cuando le preguntan por qué va a votar a Hillary: un votante deprimido). Porque, cuando se es joven, se tiene tolerancia cero ante los farsantes y las mentiras. Para la gente joven, volver a la era de Clinton/Bush es como tener que pagar de repente por escuchar música, o volver a usar MySpace o a llevar un teléfono móvil como una maleta de grande. No van a votar a Trump; algunos votarán a un tercer partido, pero muchos se limitarán a quedarse en casa. Hillary Clinton va a tener que hacer algo para dar a los jóvenes una razón para que la apoyen; y elegir a un señor blanco, viejo, insulso y moderado como candidato a vicepresidente no es el tipo de decisión atrevida que pueda transmitir a los millennials que su voto es importante para Hillary. Que hubiera dos mujeres al frente era una idea interesante. Pero Hillary se ha asustado y ha decidido ir a lo seguro. Otro ejemplo más de cómo Clinton está matando poco a poco al voto joven.

5. El efecto Jesse Ventura. Por último, no descontemos la capacidad del electorado para hacer el mal o para subestimar cuántos millones de ciudadanos se conciben a sí mismos como anarquistas encubiertos una vez que echen la cortina y se dispongan a ejercer su derecho al voto. Es uno de los pocos sitios que quedan en esta sociedad en el que no hay ni cámaras de seguridad, ni dispositivos de escucha, ni parejas, ni hijos, ni jefes, ni policías, ni siquiera límite de tiempo. Puedes pasarte ahí dentro el tiempo que te apetezca y nadie puede obligarte a hacer nada. Puedes votar al partido que quieras o a Mickey Mouse y al Pato Donald. No hay reglas. Y precisamente por eso y por la ira que tienen algunos contra un sistema político inservible, millones de estadounidenses van a votar a Trump, y no porque estén de acuerdo con él ni porque les gusten la intolerancia y el ego que le caracterizan, sino porque pueden, simplemente. Para ver el mundo arder y hacer enfadar a papá y a mamá. E igual que cuando estás al borde de las cataratas del Niágara te preguntas por un instante cómo sería tirarse por ahí, habrá muchos a los que les encante sentir que son los que mueven los hilos y que pueden votar a Trump solo para ver qué pasa. Recordemos cuando, en los noventa, los ciudadanos de Minnesota eligieron como gobernador a un ex luchador profesional. No lo hicieron porque fueran estúpidos o porque pensaran que Jesse Ventura era un político célebre o intelectual. Lo hicieron porque podían. Minnesota es uno de los estados más inteligentes del país. Y también está lleno de ciudadanos con gusto por el humor negro, así que para ellos votar a Jesse Ventura fue como hacer un chiste práctico en un sistema político enfermo. Y es lo que va a volver a pasar con Trump.

Cuando me disponía a volver a mi hotel después de participar en el programa especial de Bill Maher sobre la Convención del Partido Republicano en la cadena HBO, un hombre me paró por la calle. "Mike", me dijo, "tenemos que votar a Trump. TENEMOS que cambiar las cosas". Eso fue todo. Para él, era suficiente. "Cambiar las cosas". De hecho, es lo que Trump haría, y a gran parte del electorado le gustaría ser espectador de ese reality show.

(La próxima semana publicaré mi opinión sobre el talón de Aquiles de Trump y sobre cómo creo que se le puede vencer).

Atentamente,
Michael Moore

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

How some Mexican and American newspapers led with Trump’s visit to Mexico

The day after Donald Trump's visit to Mexico (minus the press), many newspapers there and in the U.S. led with the story on their front pages. Here's a quick look at a few, via Newseum and Kiosko. Let's start with Mexico:







Here are a few from the U.S.:





Un antes y un después...Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos



ELECCIONES EE. UU.
Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos


Por MATT FLEGENHEIMER y MICHAEL BARBARO 9 de noviembre de 2016
Volver al artículo principalComparte esta página
Share
Tweet
Email
Continue reading the main storyFoto

Donald Trump ganó de manera inesperada, luego de una campaña explosiva. CreditDamon Winter/The New York Times


Donald Trump fue elegido el martes como el 45.º presidente de Estados Unidos en lo que fue la asombrosa culminación de una campaña explosiva, errática y llena de agravios contra las instituciones y los ideales tradicionales de la democracia estadounidense.

El resultado electoral desafió las últimas encuestas que mostraban a Hillary Clinton con un liderazgo modesto pero persistente y provocó reacciones instantáneas en todo el país y el mundo, donde los escépticos habían observado con alarma la campaña presidencial del abanderado republicano.

El triunfo de Trump, de 70 años, provocó pánico financiero y una inestabilidad inmediata entre los aliados internacionales de Estados Unidos.

Las propuestas de Trump parecen desafiar a la constitución estadounidense, como la restricción del ingreso de musulmanes a Estados Unidos. También amenazó a sus opositores con un celo autoritario y prometió demandas contra los medios que lo criticaban y las mujeres que lo acusaron de agresión sexual. En muchas ocasiones simplemente mintió.

Pero Trump creó una sólida base de simpatizantes al fusionar su discurso radical de identidad con el populismo económico que hizo eco profundamente en las zonas trabajadoras, en su mayoría de raza blanca, que se sienten excluidos de la recuperación económica en Estados Unidos.


Sus eventos electorales —rabiosos, racistas, con una pesada retórica nacionalista— se convirtieron en el crisol de un movimiento político que diariamente prometía una victoria arrolladora en las elecciones y que insistía en que la maquinaria política del país estaba “confabulada” contra Trump y sus simpatizantes.
Una derrota para la dinastía Clinton

Para Clinton, la derrota marcó el asombroso final de una dinastía que ha protagonizado la política demócrata durante una generación. Ocho años después de perder ante Barack Obama en las primarias demócratas —y 16 años después de salir de la Casa Blanca para convertirse en senadora de Estados Unidos— Clinton parecía destinada a la consagración presidencial.

La campaña de la demócrata tuvo el apoyo del carismático presidente saliente y de su esposa, Michelle Obama. Clinton se comprometió a mantener programas emblemáticos como el Obamacare, elevar los salarios de las familias trabajadoras y lograr que las universidades sean más accesibles para los estudiantes. Sin embargo, en los últimos meses, los partidarios de Clinton tomaron las elecciones como una oportunidad histórica para elevar a una mujer al cargo más importante de la nación y repudiar a un hombre cuyo comportamiento hacia las mujeres centró gran parte de la campaña.

La incertidumbre abunda cuando se habla de la presidencia de Trump. Su campaña estuvo llena de una lista de propuestas políticas que a menudo parecía mutar cada hora.

Incluso el ingreso de Trump al Partido Republicano fue bastante tardío en su carrera, lo que entre los políticos profesionales causa desconfianza sobre sus convicciones. Sus enredos en los negocios también lo seguirán a la Oficina Oval porque plantean muchas preguntas sobre potenciales conflictos de interés. Su negativa a publicar sus declaraciones de impuestos han generado dudas sobre el registro, las relaciones y los intereses financieros del nuevo presidente.

Trump prestará juramento el 20 de enero.
Una campaña intensa y radical

Los dos candidatos hicieron campaña en un momento de ansiedad nacional en torno al terrorismo islámico, mientras surgían brotes de violencia en Estados Unidos y el extranjero que interrumpieron la contienda y avivaron el temor de que ni siquiera los niños estaban a salvo. Muchos electores se sentían frustrados porque la economía mejoraba continuamente, pero eso no los beneficiaba. La tasa de desempleo bajó a 4,9 por ciento y en algunas zonas metropolitanas llegaron a faltar trabajadores porque abundaban los empleos.

Sin embargo, las diferencias personales fueron el tema dominante. La campaña se convirtió en un referendo sobre el carácter de los candidatos y una prueba de fuego para valorar cómo los electores definen la identidad estadounidense mientras el país cambia rápidamente.

Clinton se alejó de la prudencia política que imperó en la presidencia de su esposo y adoptó las ideas preferidas por los segmentos demográficos en ascenso que impulsaron dos elecciones de Obama: mujeres, personas homosexuales y millennials. Trump hizo campaña sobre una plataforma de restauración; juró que trabajaría para que volviera la grandeza de Estados Unidos, y revertiría los desafíos económicos generados por la globalización. Se enfocó en los votantes blancos y llenó su discurso de alusiones raciales, algo que no se había visto en la política presidencial moderna.

Trump se convirtió en el abanderado más detestado entre algunos sectores por la forma abusiva y burda con la que trata a las mujeres, su discurso crudo y demagógico hacia las minorías, y las burlas dirigidas hacia un grupo de electores que eran sagrados: los prisioneros de guerra, personas con discapacidad y padres de soldados condecorados.

El próximo presidente electo enfrentará las exigencias de un país fracturado. El ganador será desafiado por sus oponentes dentro de los principales partidos, así como por un electorado que anhela una economía más fuerte y un país más seguro, pero que también está profundamente polarizado en cuanto al papel del gobierno y el significado de ser estadounidense.

Trump heredará un Partido Republicano profundamente dividido por su candidatura. Al dirigir una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense, Trump alejó a grandes líderes de su partido y pocos políticos de alto perfil estuvieron a su lado hacia el final de la campaña. Es probable que los demócratas estén más unidos en su contra que contra cualquier otro presidente de la modernidad pues, más que un líder de la oposición, lo consideran una amenaza al país. Si intenta imponer medidas represivas a algunos grupos minoritarios contra los que hizo campaña, sobre todo musulmanes e hispanos, provocará una feroz resistencia por parte de los demócratas pero también entre muchos republicanos.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Vida privada...

02/11/2016 01:11 AM


Es verdad que entre los lujos más preciados del siglo XXI se contarán el silencio, el agua buena y suficiente, el espacio y la privacidad. Así lo dice Verónica Mastretta. En mi casa de infancia la idea de lo privado era oro molido y se parecía un poco al secreto. La primera vez que alguien dijo en la mesa “es mi vida privada”, el departamento que habitábamos no volvió a ser el mismo. Una de las jóvenes de la casa Pérez defendía su derecho a la intimidad, una forma de afirmarse y obtener una identidad.

En nuestros días ha ocurrido una antípoda de esa tarde histórica. Vuelvo a Umberto Eco y a su nuevo libro, De la estupidez a la locura (Lumen, 2016): “Pero tal vez a causa de la sociedad líquida, en la que todo mundo sufre una crisis de identidad y de valores, y no sabe a dónde ir a buscar puntos de referencia que le permitan definirse, el único modo de conseguir reconocimiento social es ‘hacerse ver’ a toda costa”.

¿Existe aún la vida privada o ha desparecido? Me inclino a pensar lo segundo; la privacidad ha volado en mil pedazos. Twitter y Facebook, más el segundo que el primero, representan un instrumento de vigilancia del pensamiento y de las emociones ajenas con la colaboración de quien forma parte de ellas (Zygmunt Bauman).

Si mi madre regresara de sus cenizas y yo le contara que formo parte de la fronda tuitera, me diría que estoy loco, y que por qué practico el nudismo. Y yo no sabría qué contestarle. O sí, pero solo con argumentos afectados, probablemente incomprensibles.

Como sea, todavía hay pedazos de vida privada que resisten, la libertad sigue siendo la sede de la intimidad, aunque en ejercicio de su legítima locura muchos exhiban en las redes sociales su intimidad.

En descargo digo: nunca he tuiteado una fotografía del lugar en el cual me encuentro; jamás he anunciado que voy a comerme un estofado de antología; nunca en la vida he mandado tuits en estado de ebriedad, cuando bebo, guardo el celular en el cajón de los calcetines, luego se me olvida donde lo puse y lo recupero a la mañana siguiente.

Propongo píldoras de privacidad, usted se traga una y regresa a su vieja casa, a la sala, frente a la televisión Admiral blanco y negro, cerca del teléfono de baquelita, a la carta Par avión, a la postal que atrás dice: Querido Pepe: esto que ves es la torre Eiffel, acá en París.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay