viernes, 17 de abril de 2015

Último redoble / Juan Villoro

Nacido en la Ciudad Libre de Danzig en 1927, Günter Grass pasó su infancia entre la cultura alemana y la polaca. Ese espacio desapareció de la realidad con la Segunda Guerra Mundial, pero perdura en la memoria gracias al torrente narrativo de la Trilogía de Danzig.

La Alemania de posguerra se sumió en la niebla y la noche. Theodor W. Adorno juzgó imposible escribir poesía después de Auschwitz y George Steiner, joven león de la crítica judía, desconfió de un idioma envilecido por la propaganda nazi. Los intelectuales alemanes decretaron la Hora Cero para romper con la tradición. En ese entorno devastado, emergió un insólito protagonista: el pequeño Oskar Matzerath tocó su tambor de hojalata. Su redoble marcó el inicio de la Trilogía de Danzig y el renacimiento de la lengua alemana.

Publicada en 1959, El tambor de hojalata aborda el nazismo desde la inocente e irónica perspectiva de un niño que se niega a crecer. Como en los cuentos de Hoffmann y los hermanos Grimm, el protagonista dispone de un juguete mágico: un tambor con el que impone sus caprichos.

Traducida al español en forma espléndida por Carlos Gerhard y adaptada al cine por Volker Schlöndorff, El tambor de hojalata desafió a Grass a estar a la altura de esa temprana obra maestra. No siempre lo logró, pero no dejó de intentarlo. El disciplinado Thomas Mann señalaba que el talento literario no se mide por la mejor obra, sino por la vastedad del esfuerzo. El rodaballo, Encuentro en Telgte, Malos presagios, Es cuento largo, La ratesa y Mi siglo son algunos de los títulos con los que Grass fue fiel a ese principio y que el titánico Miguel Sáenz vertió al español.

Acostumbrado a escribir de pie y leer en voz alta sus textos, Grass usó el lenguaje como una materia dúctil. Su pasión por el grabado y la cocina se extendió a la búsqueda de matices e ingredientes para las palabras, y su trato con la escultura le permitió entender sus novelas como bloques de mármol que debían ser abordados de distintos ángulos para extraer de ahí una figura.

Su paso por la política no fue menos intenso. Socialdemócrata convencido, criticó la represión de los obreros en la RDA, apoyó la política hacia el Este de Willy Brandt, condenó el militarismo de Israel, defendió el derecho de Grecia a pertenecer a Europa y se opuso a la precipitada reunificación alemana. Polemista de primer orden, se sentía cómodo ante un buen adversario. Cuando se hartó de sus combates, buscó alivio en otras inquietudes y se mudó por un año a Calcuta.

Sus posturas políticas y sus experimentos literarios no siempre gozaron de consenso, pero no pasaron inadvertidos. El gran pope de la crítica alemana, Marcel Reich-Ranicki, señaló los excesos y las deficiencias de Grass, pero reconoció que se trataba del mejor escritor vivo en lengua alemana.

Quienes lo tratamos, conocimos a un interlocutor que tardaba en pronunciarse ante asuntos de importancia y se apresuraba a hablar de comida, tabaco, futbol, animales en especial, los favoritos de las brujas o su abuela polaca. Su condición de intelectual público no lo privó de ser un hombre franco y curioso, siempre en busca de un buen guiso o un buen chisme. Enemigo de los fastos, prefería una mesa sin mantel.

En 1999 recibió el Premio Nobel de Literatura. Ocho años después publicó su libro de memorias, Pelando la cebolla, donde confesó haber pertenecido a las tropas de la SS. Este tardío mea culpa fue visto como un doble oportunismo: calló para obtener el Nobel y luego actuó como agente provocador para beneficiarse del escándalo. Al margen de la forma en que el autor construyó su imagen, Pelando la cebolla es un libro excepcional. En una escena, Grass se pierde en el bosque, espacio mágico de los cuentos de hadas alemanes. De pronto, oye ruido. Alguien anda por ahí. ¿Un alemán o un enemigo? El desconocido también advierte otra presencia; para identificarse, silba unas notas de una canción infantil. Grass capta el mensaje y silba la siguiente estrofa. En el país aniquilado por la guerra, una canción infantil salva a dos alemanes. El futuro novelista no olvidó la lección que le deparó el bosque que aún podía ser encantado.

Su muerte, ocurrida hace unos días, obliga a recordar la escena más triste de su principal novela. Oskar recibe su tambor de manos del juguetero judío Sigismund Markus. En la Noche de los cristales rotos, la juguetería es destrozada y Markus se suicida.

Pero la política puede redimirse con la fantasía: Alemania se perdió a sí misma a través de las armas y recuperó su idioma gracias a un juguete.

viernes, 23 de enero de 2015

Atrapados en la prensa / Juan Villoro

23 Ene. 2015

Conocí a Fernando de las Peñas en la escuela de nuestros hijos. Él llevaba un ejemplar de El País y eso permitió que habláramos de las noticias del día. Muchos años después, me ha escrito para compartir otra historia de la prensa, vinculada con el terrible asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo.

Formado como ingeniero electrónico, Fernando trabajó durante años para una compañía transnacional que lo llevó a París. Hace poco se retiró de la empresa para dedicarse a la lectura, estudiar historia del arte en el Louvre y recorrer las calles parisinas. A propósito de esto último, recuerda que Balzac hablaba de la gastronomía del ojo para referirse a los placeres urbanos que entran por la vista, y que el contundente Victor Hugo sentenciaba: Errar es humano, vagabundear es parisino.

Los paseos suelen llevar a Fernando a un punto definido. Desde su primer viaje a París, hace casi cuarenta años, se aficionó a comprar el periódico en un kiosco frente al Deux Magots, el café donde Sartre fumaba y escribía. Este rito lo llevó a trabar amistad con Monsieur Patrick, encargado del kiosco, que había vendido noticias desde la posguerra sin saber que formaría parte de una de las más dramáticas.

Según cuenta Fernando, el día del atentado en Charlie Hebdo, dos de sus principales caricaturistas reiteraron su costumbre de comprar el diario frente al Deux Magots: Pasadas las once de la mañana, Patrick dejó su puesto a uno de sus ayudantes y se dirigió a casa ignorando los acontecimientos en el distrito XI de París. El tráfico te da para pensar muchas cosas, pero nunca que a algunos de tus clientes los están asesinando en su oficina. Pero así era. Fernando continúa narrando la peripecia de Patrick: Poco antes de llegar a su casa en el norte de la ciudad, un par de tipos le cierran el paso y de manera enérgica, pero muy controlada -uno con un AK-47, el otro con un lanzagranadas-, le dicen: Bájate, necesitamos el auto.

Ante esa escena que parece salida de alguna paranoica fantasía cinematográfica, el periodiquero pide le dejen bajar a su perro, llama a la policía e inmediatamente lo llevan a una sede de inteligencia del gobierno, donde ofrece una de las primeras pistas sólidas sobre la huida de los asesinos del Charlie Hebdo. Mientras tanto, los hermanos Kouachi siguen en su auto y se refugian en una imprenta donde finalmente se enfrentan a los agentes del Estado y mueren, concluye Fernando.

Quienes pretendían silenciar a los periodistas ingresaron en una trama de la que no podrían salir, una trama que dependía de la forma en que se escriben, se imprimen y se distribuyen las noticias.

En la cadena de coincidencias que llevó del crimen a la captura se advierte la deliberación de lo que, a falta de mejor palabra, llamamos destino. Un designio simbólico se insinúa en esos hechos. Los Kouachi podían haber detenido algún otro auto, pero se toparon con el del hombre que reparte las noticias. Enemigos de la prensa, no escaparían de ella. Buscaron refugio en una imprenta mientras el voceador daba parte a la policía.

El más célebre comensal del Deux Magots, Jean-Paul Sartre, defendió la libertad de expresión a riesgo de ser arrestado. Durante el movimiento estudiantil del 68, el general Charles de Gaulle lanzó una cruzada contra los periódicos que más lo criticaban, Libération y La cause du peuple. En respuesta, el autor de El ser y la nada salió a la calle a repartirlos y fue detenido. Cuando De Gaulle lo supo, habló a la gendarmería para decir: En Francia no se mete a la cárcel a Voltaire. El grandilocuente patriotismo de esta frase demuestra que la libertad de expresión se ejerce en condiciones relativas.

Tiempo antes, el Presidente y el ciudadano crítico habían tenido un desencuentro. De Gaulle lo llamó maestro y Sartre respondió: Sólo soy maestro para los camareros que saben que escribo.

Hoy en día, los sucesores de esos camareros discuten las noticias con su vecino, Monsieur Patrick.

Diez periodistas murieron sin más armas que sus lápices. Como si alguien la escribiera, la realidad urdió un relato ejemplar para atrapar a los verdugos. ¿El que a prensa mata, a prensa muere?, pregunta Fernando, cazador de esta historia.







Monsieur Patrick no ha recuperado su auto, pero vende más periódicos que nunca.

viernes, 9 de enero de 2015

Don Julio / Juan Villoro

09 Ene. 2015

Por intermediación de Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero recibió una invitación a trabajar en Excélsior y una advertencia: si se entrevistaba con Julio Scherer García, no le podría decir que no.

En su excepcional crónica Los periodistas, Leñero recoge el episodio y habla de la cordialidad sofocante con la que Scherer imponía sus designios. Una invitación suya equivalía a una orden de Zeus. No había modo de zafarse. En una ocasión me llamó para hacer un reportaje en Cuba. Las principales plantas de electricidad de la isla estaban averiadas. Al otro lado de la línea, la voz que ya formaba parte de la mitología dijo: ¡Es un país sin luz! ¡Dígame que el tema le encanta! ¿Cómo despegan los aviones?, ¿cómo operan los médicos?, ¿cómo se conserva la comida?. Recordé la frase de Martí: Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. Ambas se habían convertido en una sola. Colgué el teléfono agradecido por una oportunidad que minutos antes me hubiera parecido un agobio.

Poco antes de partir supe que ya había luz en la isla. Llamé a Scherer. Con temple de oráculo, dijo: Le voy a dar la más temible instrucción para un cronista: haga lo que le dé la gana.

A don Julio le agradecías que te lanzara al mar sin salvavidas. Su carisma derivaba de una extraña mezcla de afecto y pasión inquisitiva. Te convencía de cualquier cosa como quien hace un favor. Solía fraguar sus planes en restaurantes; aguardaba a sus invitados en la puerta, como si no pudiera entrar sin ellos, y les entregaba un regalo, generalmente un libro, escogido para demostrar que conocía a su interlocutor.

Acostumbrado a embestir sus propios molinos de viento, le exasperaba que el Quijote confundiera tanto la realidad con la ficción. En una ocasión, seleccionó varios pasajes del libro para que se los resumiera. Trataban de los atributos imaginarios que se le agregan al amado. Alguien lo había considerado digno de semejante fantasía. En efecto: el cazador de datos era un romántico dispuesto a sobrellevar la amargura de la verdad con los trabajos del corazón.

De 1968 a 1976 cambió el rostro del periodismo mexicano al frente del Excélsior. Después del golpe propiciado por el presidente Echeverría, desplegó veinte años de magisterio en la revista Proceso.

En una crónica publicada en La Jornada Semanal en 1996, Vicente Leñero contó que Carlos Salinas de Gortari le dijo que había llegado el momento de trascender al director de Proceso. Este mensaje oblicuo se parecía al que recibió Scherer del gobierno de Echeverría, sugiriéndole que prescindiera de su segundo apellido así, entendió que le pedían que eliminara a su editorialista Gastón García Cantú. Scherer y Leñero se negaron a aceptar la sibilina invitación a hacer las paces con el gobierno y a recibir los favores que suelen cristalizar en inexplicables casas en Las Lomas.

En Scherer, la pasión se mezclaba con la disciplina. Admiraba el tono épico del himno soviético, la entrega de la selección alemana, la capacidad de discutir con reglas severas de los jesuitas. En compañía del sacerdote Enrique Maza, el novelista Vicente Leñero y el poeta católico Javier Sicilia, polemizaba sobre religión con la voraz curiosidad de quien busca arrancarle una exclusiva a Dios. No es casual que sus libros fueran actos de pasión. Nada lo dejaba indiferente. Se sometía al incontrovertible tribunal de los hechos, pero no se guardaba un solo sentimiento. Con el tiempo, se convirtió en inevitable protagonista de sus crónicas; los personajes provocaban sucesos para que él los narrara.

En 2010 recibió la invitación de Ismael Mayo Zambada a su guarida. A los 84 años, el reportero había ganado otra exclusiva. En forma esperada, fue criticado por no ofrecer datos que llevaran a la captura. Scherer dijo que era periodista, no delator, y anunció que si el diablo le concedía una cita, iría al infierno.

Su breve estampa de Zambada recoge la perplejidad de un testigo ante la historia bronca, a punto de estallar, y debe figurar en toda antología que registre encuentros de ese tipo, junto a la visita de Graham Greene al destartalado cuartel del insurrecto general Saturnino Cedillo o a la primera reunión de Martín Luis Guzmán con Pancho Villa.

Varias veces traté en vano de entrevistarlo. Yo hago entrevistas, no las doy, aclaraba. Su voz enfática hacía preguntas y daba órdenes de trabajo. Su avasallante personalidad existía en función de los demás. El infierno son los otros, dice un personaje de Sartre.

El portentoso Julio Scherer concibió un extraño paraíso donde los otros siempre tienen algo que decir.

Julio Scherer / Carmen Aristegui F.

09 Ene. 2015

El día en que Francia y el mundo se sacudían con la noticia del atentado contra la revista Charlie Hebdo -en el que, al grito de Dios es grande, se asesinaba a ráfaga vil a un grupo de caricaturistas críticos e irreverentes- es el mismo día en que, a horas de la madrugada, dejaba esta vida el periodista Julio Scherer. Qué mala pasada. ¿Qué hubiera dicho Don Julio de tan funesta coincidencia?

A primeras horas de la mañana, Proceso difundió la noticia a través de un texto que empezó a escribirse horas antes del deceso:

Esta madrugada, alrededor de las 4:30 horas falleció el periodista Julio Scherer García... Llevaba poco más de dos años enfermo... En abril, cumpliría 89 años. El 17 de octubre pasado hizo lo que sería su última visita a la redacción que tanto amó..., escribía, en ese texto, Alejandro Caballero, el atribulado periodista que recibió la difícil encomienda, de su director Rafael Rodríguez Castañeda, para escribir el reportaje especial con el que la revista Proceso anunciaría, horas después, la muerte de su fundador.

La noticia sacudió de inmediato. Moría el periodista y escritor más reconocido de México de las últimas décadas; el protagonista de las grandes batallas por la prensa crítica e independiente en tiempos del autoritarismo pleno; el periodista que sorteó, junto con otros colegas, el peor de los embates posibles en el México del presidencialismo a ultranza: el golpe a Excélsior, operado desde la Presidencia de Luis Echeverría. El golpe de julio de 1976 significó un parteaguas no solo para medios y periodistas, sino para la vida de la nación. La historia se encargó, como se sabe, de colocar cada cosa en su lugar. Echeverría vive, en el ostracismo, los días que le quedan en su casa de San Jerónimo. A raíz de su muerte, la figura de Scherer se ve envuelta en honores: portadas, editoriales, planas enteras, artículos de opinión y cientos de mensajes en las redes sociales. Con un minuto de silencio en el Congreso, homenajes en curso y larga lista de esquelas y reconocimientos, Julio Scherer, ya sin posibilidad de opinar ni de oponerse, muere en calidad de leyenda.

Su historia es la del joven que abandonó sus estudios para dedicarse a la prensa. Del muchacho que escaló desde el primer escalón -de joven mandadero- hasta el último como director general del periódico que llegó a ser reconocido como uno de los más importantes del mundo. La leyenda de Scherer se construyó, también, a partir de grandes reportajes, revelaciones, libros, portadas de alto impacto y una larga lista de entrevistas únicas: John F. Kennedy, el Che Guevara, Fidel Castro, Konrad Adenauer, Revueltas, Octavio Paz, Heberto Castillo, María Félix, Allende, Pinochet, Picasso y un largo etcétera que, lamentablemente, no pudo incluir a Mandela.

Si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos, dijo algún día. A veces tímido, a veces tormenta, Scherer se metió en cárceles, selvas, guaridas, cuarteles, oficinas de presidentes y campos de guerra.

En los últimos años, logró que consumados criminales contaran su vida y sus obras: Caro Quintero, El Mochaorejas, Sandra Ávila y las historias de niñas y niños criminales, que quedaron retratados en páginas de sus reportajes y libros.

Pierna con pierna, conversó con el subcomandante Marcos en la insólita entrevista, grabada en la Ciudad de México y transmitida por el canal 2.

Posó a la cámara con El Mayo Zambada para dejar registro del encuentro con el capo que lo invitó a desayunar porque tenía ganas de conocerlo. La foto se convirtió en portada y dio pie a la narración de Scherer sobre sus fallidos intentos para lograr una entrevista que nunca fue conseguida.

Implacable, incisivo pero, al mismo tiempo, dueño de una personalidad entrañable y cálida, Julio Scherer se convirtió en el periodista por antonomasia. Decidido a hacer lo que fuera para lograr sus propósitos, fue capaz de esperar, parado, durante horas, junto a un elevador hasta que saliera, por ahí, el comandante Fidel Castro. Logró, finalmente, la entrevista anhelada en el marco del triunfo de la revolución. Esta anécdota la contó a CNN su colega y amiga Elena Poniatowska la misma noche del día en que Julio murió y a un año exacto de la última aparición pública del ex mandatario cubano.

La vida de Scherer estuvo ligada estrechamente a la de Vicente Leñero, recientemente muerto también. No supo Julio de la muerte de Vicente. No supo Vicente que Julio se iría sólo algunas semanas después que él. Todos sabemos que se fueron juntos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Mujica superstar - | Ricardo Rocha



José Mujica deja a Uruguay como el país menos desigual de América Latina y con la tasa de empleo más alta de su historia

Cuando me invitaron a tener un diálogo público con él, este domingo en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, me dieron una gran alegría y el más alto honor de mi vida. Pero cuando me pidieron una biografía inicial de tres minutos supe que era una tarea imposible o necesariamente incompleta. Y es que la de este hombre no es una vida, es una peripecia; tal vez con más preguntas que respuestas: cómo es que nació en Paso de la Arena, un barrio marginado a las orillitas de Montevideo; cómo es que resiste la partida de su padre, un pequeño estanciero granjero que muere en quiebra cuando él tenía apenas seis años; cómo y porqué le da por estudiar Derecho; cómo y porqué asume o acepta que la vía no era esa, sino la de las armas, y decide integrarse en la clandestinidad al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros; qué sintió cuando en enfrentamientos armados le metieron seis balazos, cosa
que debe recordar con frecuencia porque todavía tiene entre pecho y espalda dos balas que no le pudieron sacar nunca; cómo lo marcó el ser apresado cuatro veces, haberse fugado dos y entre unas y otras haber pasado en prisión 15 años de su existencia; cómo fue que José, Pepe Mujica, logró voltear de cabeza las normas de los partidos de su país para convertirse en candidato y luego presidente de la República Oriental del Uruguay. Cometiendo en su ejercicio de gobierno dos pecados mortales, según la flexible moral de la inmensa mayoría de los mandatarios de este planeta: decir la verdad y no robarse ni un solo peso.

El que no haya aceptado mudarse a la residencia presidencial y en cambio quedarse en su modestísima casita que allá llaman chacra, que donara el 90% de su sueldo a causas nobles y que insistiera en seguir usando su globalmente célebre Vocho, definen su personalidad; pero no lo son todo.
Su obra de gobierno ha sido espectacular: promovió el matrimonio gay y el derecho al aborto; impulsó programas notabilísimos en favor de los uruguayos más necesitados, sobre todo niños, mujeres y ancianos; y sorprendió al mundo al arrebatar al crimen organizado el negocio del tráfico de drogas, decretando que sea el Estado quien se ocupe de la regulación, la siembra, la distribución y la venta de mariguana. Y para quienes lo acusan de populista, aquí están algunos datos: deja a su país como el menos desigual de América Latina; con la tasa de empleo más alta de su historia; con cifras récords de inversión extranjera en una nación en paz y segura y concluye su gobierno con un 65% de aprobación popular. Nada mal para un presidente de izquierda, que jamás olvidó ni
sus ideales ni sus sueños juveniles de cambiar al mundo. Un hombre que afirma que los políticos debemos vivir como vive la mayoría y no como vive la minoría y que aun las repúblicas se han desviado en sus usos y costumbres hacia la monarquía. Por eso se ha convertido en un referente universal de austeridad, audacia, buen gobierno y sabiduría. Como cuando pregunta: ¿Llama la atención que ande en un autito viejo? 
¡El mundo está loco! Y tiene razón: el abuso, el cinismo y la corrupción de los pocos que cada vez tienen más y la indolencia, la resignación y la desmemoria de los más que cada vez tienen menos, nos han vuelto a todos un poco locos.

El miedo y la paz / Sergio Aguayo

10 Dic. 2014

El antídoto para el miedo y la violencia es la cultura de la paz. Este principio tan elemental es ignorado por quienes gobiernan; y un botón de muestra es la manera como los principales noticieros televisivos informan sobre las manifestaciones.

México es testimonio vivo del triángulo de la violencia conceptualizado por Johan Galtung. El vértice superior sería la fuerza directa física, verbal, visible, y en la parte inferior estarían las violencias estructural pobreza material y cultural.

Somos una sociedad amedrentada de manera intencional. La delincuencia organizada aterroriza a la población para saquearla; los partidos políticos y los gobiernos excluyen la participación ciudadana independiente para saquear sin testigos el presupuesto. Ambos difunden la idea de que lo existente es inamovible, que la mejor opción es la resignación y que el buen ciudadano sólo vota, calla y aplaude. Quien lo dude intente recordar comerciales gubernamentales o partidistas promoviendo la organización ciudadana para defender activamente derechos.

Los últimos dos meses han desmentido el mito del mexicano violento y cruel y el del ciudadano pasivo. Ayontzinapa ha llenado las calles y las redes sociales de personas que vencen el miedo y protestan, en su mayoría, pacíficamente por lo que hicieron con los jóvenes normalistas el Estado y los criminales; y por la corrupción, la violencia, la impunidad y las desigualdades que anegan nuestra existencia. Dadas las condiciones, es hasta milagrosa la fortaleza de nuestra cultura de paz construida sobre el respeto a la dignidad de los otros y del planeta. También se reconfirma que, a excepción de patologías, los individuos no están predispuestos a la violencia.

¿Trascenderá esta indignación? Las redes sociales han mostrado su utilidad para la expresión de enojos individuales. Ese impulso renovador se perderá si no se transforma en tejido social permanente. Y en este terreno hay dos malas noticias: a son notoriamente insuficientes las organizaciones autónomas que existen para canalizar la acción de ese 50% de la población que desea involucrarse en los asuntos públicos; y b ya están en movimiento las fuerzas que promueven la pasividad y la desmovilización. Ilustro esto último con la manera como informaron los noticieros nocturnos de Televisa y TV Azteca conducidos respectivamente por Joaquín López-Dóriga y Javier Alatorre sobre las manifestaciones del 20 de noviembre y del 1o. de diciembre en el Distrito Federal.

Ambos reconocieron que las marchas fueron pacíficas y a esa idea dedicaron 850; el contraste que desconcierta es que dedicaron 2604 a transmitir imágenes de vandalismo, encapuchados y desmanes. Debería quedar registro visual de una sociedad ejerciendo pacíficamente sus derechos; en vez de ello queda una violencia que ni explicaron ni enmarcaron con preguntas relevantes. Por ejemplo, los conductores jamás plantearon la posibilidad de que algunas autoridades federales y capitalinas estén manipulando a estos grupúsculos sospechosamente tolerados con el objetivo de desprestigiar al movimiento y desalentar las protestas.

Las televisoras y los conductores podrían justificarse invocando la libertad de expresión olvidándose del texto de la ley: las estaciones de radio y televisión son concesiones y, por tanto, están obligadas a orientar a la comunidad de forma veraz y objetiva Artículo 4 de la Ley Federal de Radio y Televisión. ¿Fue objetivo el tiempo dedicado por las televisoras a las dos caras de las manifestaciones: la pacífica y la violenta? No lo fue pero la entidad responsable de hacer cumplir esta norma es, en primera instancia, la Secretaría de Gobernación. ¿Se atreverá a cumplir con esta obligación a partir de que una de sus prioridades es enfrentar a los violentos en la sociedad y el gobierno? Sería lo lógico dada la inversión multimillonaria que está haciendo en prevenir la violencia.

Sé que la sociedad organizada mexicana tiene una agenda cargadísima. Aun así algunos organismos deberían incorporar como prioridad la consolidación de una cultura de la paz que incluya el monitoreo del contenido que se está transmitiendo por las televisoras que, después de todo, son las principales responsables de la educación informal en México. El miedo y la paz son estados, anímico y social, tan importantes como para dejarlos en manos de Gobernación y las televisoras.

Colaboraron Clementina Chávez Ballesteros y Maura Roldán Álvarez.

www.sergioaguayo.org

Joven irrumpe en ceremonia de Nobel con bandera de México manchada de color rojo

 Por Redacción / Sinembargo - diciembre 10 de 2014 - 7:34 DESTACADAS, MUNDO, TIEMPO REAL, Video - 

Sin comentarios Un joven logró acercarse al estrado con una bandera mexicana después de que los premiados recogieran su medalla y su diploma. Foto: Especial. Ciudad de México, 10 de diciembre (SinEmbargo/EFE).– Un joven irrumpió en la entrega del Premio Nobel de la Paz, que este día fue otorgado a Malala Yousafzai y Kailash Satyarthi, con una bandera de México manchada de color rojo y dijo a la adolescente paquistaní: ”Please, Malala… Mexico”. 

De acuerdo con la prensa internacional, el joven, supuestamente acreditado como periodista, logró acercarse al estrado con una bandera mexicana después de que los premiados recogieran su medalla y su diploma. En el audio original de la entrega del premio, el cual ya circula en las redes sociales, se escucha que el mexicano le dice a la ganadora del Nobel: “Please, Malala [...] Mexico”. En tanto, el diario español El Mundo, reportó que el espontáneo gritó, pero su voz, “presumiblemente a favor de la justicia por los 43 estudiantes de magisterio asesinados en el estado mexicano de Guerrero”, resultó prácticamente inaudible. Se informó que la confusión sólo duró unos segundos cuando rápidamente un miembro del equipo de seguridad arrastró al chico, cuya identidad se desconoce pero de acuerdo con el diario español ha estado con la prensa siguiendo a los premiados que desde ayer cumplen su agenda en Noruega. 

“La persona fue detenida. Se llevó a cabo un control y la Policía trabaja verificando los hechos”, informaron las autoridades de Oslo en un comunicado de prensa, La adolescente paquistaní Malala Yousafzai y el presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, el indio Kailash Satyarthi (c-d), seguidos por miembros del Comité del Premio Nobel, a su llegada hoy a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo. Foto: EFE. Este día, la adolescente paquistaní Malala Yousafzai y el presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil, el indio Kailash Satyarthi, reclamaron hoy al recibir el Nobel de la Paz en Oslo el acceso a la educación para todos los niños. 

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“¿Por qué los países que llamamos fuertes son tan poderosos creando guerras pero tan débiles para traer la paz? ¿Por qué dar armas es tan sencillo, pero dar libros tan duro? ¿Por qué construir tanques es tan fácil, pero construir edificios tan difícil?”, se preguntó Malala en la ceremonia celebrada en el ayuntamiento de Oslo. 

Satyarthi criticó por su parte en su discurso la cultura del “silencio” y de la “pasividad” y defendió globalizar la “compasión transformadora” para impulsar otra marcha mundial contra la explotación, la pobreza y la esclavitud infantil. 
“Rechazo aceptar que el mundo sea tan pobre cuando sólo una semana del gasto global en armas es suficiente para llevar a todos los niños a las aulas”, afirmó Satyarthi. 
Y aunque elogió el progreso en las últimas décadas al reducir en un tercio la mano de obra infantil y a la mitad la cifra de niños no escolarizados, defendió acciones colectivas urgentes y pidió invertir en educación a los gobiernos, y a las empresas, más responsabilidad. “¿De quién son los niños que cosen pelotas sin haber jugado con ninguna? Son nuestros niños. 

¿De quién son los niños que extraen piedras y minerales? Son nuestros niños. ¿De quién son los niños que cosechan cacao sin haber probado el sabor del chocolate? Todos son nuestros niños”, afirmó en su discurso. 

Malala tuvo muy presente la educación, “una de las bendiciones de la vida” pero también “una de sus necesidades”, y dedicó buena parte de sus palabras al tiroteo que sufrió hace dos años por los talibanes en Pakistán por defender la educación femenina. “Tenía dos opciones, una era quedarme en silencio y esperar a que me mataran. La otra era hablar y luego que me mataran. Elegí la segunda”, dijo la joven, que a sus 17 años es la ganadora más joven en la historia del Nobel de la Paz.

 Su historia no es única, sino la de “muchas chicas”, dijo Malala, dirigiéndose a cinco amigas invitadas por ella a la ceremonia, incluidas dos jóvenes que también sobrevivieron al mismo tiroteo. “No soy una voz solitaria, soy muchas. Soy Shazia, soy Kainat Riaz, soy Kainat Somro, soy Mezon, soy Amina. Soy 66 millones de chicas que están fuera de las escuelas”, dijo en un discurso, en el que citó el Corán y recordó a Martin Luther King y a Nelson Mandela. 

A ayudar a construir escuelas a través de su fundación, sobre todo en su región natal del valle del Swat, destinará su parte del premio en metálico, dotado con 8 millones de coronas suecas (879.000 euros, 1,1 millones de dólares) a dividir en partes iguales. El atentado me ha hecho “más fuerte”, aseguró Malala, prometiendo luchar hasta que cada niño vaya a la escuela y convencida de que nadie puede pararla, “o pararnos, porque ahora somos millones”. 

La sintonía entre los dos galardonados es una muestra de que una paquistaní y un indio “pueden estar unidos en paz y trabajar juntos por los derechos de los niños”, destacó la joven, al igual que hizo en su discurso el líder del Comité Nobel noruego, Thorbjørn Jagland. Satyarthi ha liberado de la explotación a más de 80.000 niños, mientras que el coraje de Malala “es casi indescriptible”, afirmó. 
“Una joven y un hombre más viejo, una de Pakistán y el otro de la India, una musulmana y el otro hindú; símbolos de lo que necesita el mundo: más unidad. ¡Fraternidad entre las naciones!”, dijo Jagland en una ceremonia presidida por la familia real noruega.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/10-12-2014/1189538